François Bon
Tiempos modernos
Entre septiembre de 2002 y enero de 2003, tres fábricas de la multinacional Daewoo cerraron en la región francesa de Lorraine y dejaron a unas 1200 personas en la calle, la mayoría mujeres. Las plantas se habían desplegado en esa zona a fuerza de subsidios estatales y exenciones impositivas que, una vez agotados, la firma surcoreana reemplazó por otros equivalentes en otros países. Aunque hubo una resistencia inicial de los trabajadores, el discurso de la “reconversión” se terminó imponiendo. El dramaturgo y narrador François Bon tomó este episodio para dar forma a un libro singular y perturbador: Daewoo (publicado aquí por Milena Caserola), que cobra inusitada actualidad en la Argentina de industrias que empiezan a ser devastadas por cierres, reconversiones e importaciones indiscriminadas.
Imagen: Editions Grasset, 2014

“A vos te reducen la jornada laboral y te dicen que si te quedás tranquila no te van a echar: mansita después de ese golpe, y cuando se vienen los despidos masivos ya no te podés defender”. La voz de la actriz que encarna a Sarai rebota entre las paredes desnudas de una sala de espectáculos que comparten dos pueblos del interior de Francia. La pieza de teatro forma parte de la trama de una novela que forma parte de una crónica que forma parte de la pieza de teatro que el dramaturgo y escritor francés François Bon escribió hace casi quince años y que recién fue traducida al castellano y editada en la Argentina bajo el título original: Daewoo. El inquietante libro parece, sin embargo, tecleado en la Argentina de hoy. 

Entre septiembre de 2002 y enero de 2003, tres fábricas de la multinacional Daewoo cerraron en la región francesa de Lorraine y dejaron a unas 1.200 personas en la calle, la mayoría mujeres. Las plantas se habían desplegado en esa zona a fuerza de subsidios estatales y exenciones impositivas que, una vez agotadas, la firma surcoreana reemplazó por otras equivalentes en otro país del planeta. Aunque hubo una resistencia inicial de los trabajadores (que llegaron a secuestrar a un gerente y, además, amenazaron con contaminar un río), el discurso de la “reconversión” se impuso y ahí quedaron, boyando en el desempleo. Esa es la postal que tomó Bon para dar forma a un libro absolutamente singular. Porque Daewoo se define, sobre todo, por ser un cruce de géneros, de intenciones y de artificios varios. Se dice novela pero comenzó como una pieza de teatro y varios capítulos son, en efecto, diálogos provenientes de ese drama. Además, el texto da cuenta de las sucesivas entrevistas del autor con los protagonistas de aquellos hechos pero el escritor contó más de una vez que no existieron tales entrevistas: recorrió las zonas donde las fábricas habían ofrecido empleo y ahora condenaban al olvido, habló con los despedidos, pero las historias del libro son ficción. “Son ficción”, repite ahora, desde una pequeña oficina que tiene en su casa y en una pausa que toma para responder preguntas por correo electrónico. “Son ficción”, insiste desde hace casi quince años. Pero la realidad se obstina.

Dice el autor que escribió para luchar contra el olvido: “Si las obreras ya no tienen lugar en ninguna parte, que la novela sea memoria”, anota Bon. Y agrega: “A este libro lo llamo novela porque es un intento de restituir todo eso a través de la escritura, procurando que las palabras también digan los silencios, los ojos que nos miran o desvían la mirada, el ruido de la ciudad tal como nos llega por la ventana”. Así, Daewoo es mucho más que no ficción porque es ficción pero una clase de ficción que se niega, que se resiste. No es posible leer la novela como novela: el formato no acepta ese acuerdo y se escapa. “La cuestión del género en la literatura contemporánea es secundaria a la escritura misma”, opina François Bon. Y avanza: “Hay docenas y docenas de grandes obras que dan el ejemplo de cómo fusionar estos registros: descripción, documento puro, investigación. Una parte de lo real, incluso si se describe con precisión, permanece invisible”.

Ya en 2002-2003, cuando sucedieron los hechos que Daewoo toma como materia prima, Bon era un usuario avezado de la –entonces– incipiente internet. De hecho, en 1997 creó uno de los primeros sitios web dedicados a la literatura cuando todo aquello no era más que una idea loca en cabezas demasiado imaginativas. Ese conocimiento acumulado le permitió el acceso a fuentes de información singulares, cuando singular quiere decir en el borde de lo ilegal: “En ese momento, la web todavía estaba muy poco protegida, por lo que pude ingresar en los archivos de la policía, los bomberos, los políticos. El libro encontró gradualmente su material real”. 

Así, en ese cruce de técnicas, géneros, intenciones, clasificaciones, la palabra novela no tiene, para él, más que un peso estratégico. “Puse ‘novela’ en el título solo para afirmar que este trabajo siguió siendo literatura. También es un fenómeno reciente: en el siglo XIX, en Francia, un gran libro como Rojo y Negro de Stendhal se titula Modales y Madame Bovary de Flaubert no es novela sino Modales de provincia”, señala.

Menos novedoso, menos original, el tema se mantiene vivo e intenso como en 2002. Fábricas que se evaporan y renacen en el otro lado del mundo, mujeres y hombres que son empujados con cinismo a la marginalidad, aparatos estatales bobos o cómplices, la invisibilidad y el olvido de los descartados. El autor tiene una hipótesis sobre la pervivencia de este libro que sigue editándose y que en la Argentina vio la luz este año en una hermosa edición de Milena Caserola (antes, solo estaba traducida al castellano su novela Mecánica, por Mardulce). “La explotación capitalista todavía tiene un futuro brillante, la globalización del capital es un hecho. La devaluación del trabajo por la repetición de tareas, en una sociedad basada en el consumo masivo, tampoco ha terminado. Tanto mejor si este trabajo en un caso muy específico, en el espacio y el tiempo, mantiene la relevancia”, escribe desde su casa. 

Hace unos meses, explicó en otra entrevistado que “estamos viviendo en una sociedad sin trabajo, algo que de alguna manera parece nuevo, aunque se trata de la cara de una cuestión más antigua. Las fábricas cerradas, desiertas o sencillamente demolidas siguen siendo eventos cotidianos en la actualidad”.

Y cuando refiere al mundo industrial, François Bon sabe bien de qué habla. Su padre fue mecánico y él mismo tomó un camino parecido en la adolescencia. Estudió ingeniería aunque nunca se recibió y trabajó varios años en las fábricas de acero que evoca en Daewoo, y en compañías europeas de Moscú, Praga, Bombay, y Gotemburgo. Ese magma de experiencias nutrió su mirada sobre el vendabal que se desató en la región de Lorraine cuando las tres plantas de Daewoo se esfumaron. “No podría distinguir mi primer trabajo entre pequeños empleos de adolescente, o pasantías de verano durante la escuela de ingeniería. Por otro lado, para uno de estas ocupaciones temporales, alrededor de 1976, pasé algunos meses como dibujante técnico en una usina de instalación de televisión Thomson en Angers. Era una fábrica casi exclusivamente femenina, con una labor extremadamente repetitiva. Es cierto que la primera vez que entré en la fábrica de Daewoo me vino brutalmente aquella imagen y puede haber contribuido a la emoción inicial”.

El lenguaje perdido de las grúas

El escritor está sentado en su pequeña oficina, rodeado de papeles y se desplaza de un lado al otro en una silla con rueditas. A la derecha, una biblioteca “hágala-usted-mismo” enchapada en madera oscura en la que se amontonan los libros. A la izquierda, un mueble de los mismos genes aristocráticos que la anterior y, atrás, otro cuerpo pero negro escoltado por una guitarra eléctrica. Al frente, la mesa de trabajo en la que destaca la computadora Mac, la cámara, el micrófono... la tecnología manda. “Mi paisaje en estos días es más bien la computadora y el escenario de una película en la que trabajo. De lo contrario, en el año escolar, enseño dos días a la semana en una escuela de arte. Es importante para mí este contacto directo con la gente de 20 años”, se entusiasma.

Bon es protagonista de un canal de youtube muy activo en el que dicta cursos, comenta libros, lee obras de Lovecraft que él mismo tradujo, comparte sus viajes, opina sobre las noticias de la semana, responde preguntas. Hace años apostó por la literatura por y para internet y trabaja con entusiasmo en ese universo aún minoritario. Es un hombre de 64 años, canoso, corpulento. Siempre viste de negro, tiene una voz profunda (podría ser locutor) y lo atraviesa una jovialidad constante. Casado, padre de cinco hijos, sus perfiles de Facebok y de Instagram dan cuenta de sus desplazamientos como autor y como docente, pero sobre todo exhiben una mirada, un modo de interpelar a su entorno: el autor es un arqueólogo preciso que rescata del olvido restos de una industrialización que ya no es pero que pervive: grandes  moles oxidadas, brazos de grúas descartadas, un vagón de tren que lleva décadas inmóvil. Recorrer sus fotografías en volver en el tiempo pero, también, comprender lo que espera a la vuelta del futuro.

Será por esa mirada que las voces de aquellas mujeres despedidas en 2002-2003 lo conmovieron desde las páginas de la prensa de entonces. No le eran ajenas: “En ese momento, trabajaba con el Centro Nacional Dramático de Nancy, en Lorraine, y el cierre de las plantas Daewoo, en una región ya afectada por el cierre de las fábricas de acero años antes, tuvo un gran impacto”, rememora. Dice que las historias de vida le llegaron por los diarios: “Las palabras de estas mujeres, palabras de lucha y de resistencia, nos conmovieron mucho. Decidimos darles una forma teatral e ir a interpretar estos textos en las mismas instalaciones de las usinas Daewoo”, apunta.

La primera persona del plural incluye al director teatral Charles Tordjman con quien imaginó esa obra de teatro que visibilizara a las obreras expulsadas del mercado laboral. Así comenzó un raid de visitas, de entrevistas, de expediciones a los galpones de Daewoo ya abandonados, de documentación. Bon comparte aquel proceso: “Para escribir una obra de teatro, como para una película, se redacta mucho material preparatorio. Por ejemplo, que los personajes de la sala hablen por sí mismos en forma de entrevistas falsas. En un momento dado, todos estos materiales, incluido el texto de la obra futura, me pareció que tenían su propia autonomía y que me pedían su publicación”.

El autor entiende que aquel era un contexto muy particular en Francia: “En ese momento, hubo un período social extraño en Francia: se respondía con violencia a la violencia sufrida. Y eso se vio en el caso Daewoo, cuando las trabajadoras secuestraron simbólicamente al gerente de la fábrica”. El conflicto que se extendió desde septiembre de 2002 hasta enero de 2003, fue retratado por los medios que pusieron en foco preferentemente en las acciones de las ex obreras (en algún momento amenazaban con verter ácidos en un río para contaminarlo) y no tanto las maniobras de vaciamiento. Tampoco miraron los suculentos subsidios que el Estado francés inyectó en la multinacional coreana y su falta de controles suficientes: “El poder nos dice: seamos prudentes, hay que esperar, veremos si existe una chance para que la cosa siga, y con ese tipo de mensajes engaña a los trabajadores. Los poderes públicos les pusieron la alfombra roja sin exigirles en lo más mínimo una garantía seria sobre la permanencia de los empleos, y usaron la fábrica de Mont-Saint Martin para chuparse la guita del Estado”, dice uno de los personajes.

Y no se equivoca. En octubre de 2002, la justicia de Francia le dio tres meses a una de las plantas de Daewoo para demostrar una rentabilidad económica que la multinacional nunca buscó ya que se nutría de una catarata de ayudas públicas. ¿Para qué ser rentables? Finalmente, se descubrió que la fábrica no pagaba los aportes ni tampoco los impuestos, mientras que el Estado miraba para otro lado y la deuda acumulada trepaba hasta los 3,4 millones de euros solo en cargas sociales. Las subvenciones estatales que recibió Daewoo se estiman en 35 millones de euros.

Aunque el escándalo financiero es desmesurado, Bon pone el ojo en las obreras, en esas mujeres. “Y así, de repente, las chicas y yo tomamos conciencia de una civiliación vieja. Se da vuelta una página, pero en esa página estábamos nosotras”, se lamenta una de esas voces. Son actrices cuando retoman las palabras en sucesivos ensayos hacia una presentación que nunca llega. Son recuerdos, cuando el cronista que protagoniza los 49  capítulos del libro las entrevista y les pide que recuerden a una ex compañera que se divorció, a otra que se enfermó de cáncer, y a la siempre presente Sylvia, que no soportó la depresión y se suicidó. Se aburren en sus casas. Se desesperan. La oficina de reconversión debería buscarles un empleo, pero no hay empleos. La mayoría tiene miedo: “¿Por qué la gente tiene miedo? Porque todo el mundo tiene historias como la de Daewoo a dos pasos de su casa, despidos, desocupación, o un hijo que no encuentra dónde hacer una pasantía. Por eso”.

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