Barcos hundidos

El cuento por su autor

Este cuento ya lo escribí varias veces. Una primera versión muy breve salió en un Verano12 de mediados de los 90 en esta misma página. Por entonces, el cuento de las páginas centrales del suplemento que editaba Rodrigo Fresán iba sin estos apuntes de escritura. Ese año a Rodrigo se le había ocurrido que para la primera página había que escribir relatos muy breves que debían transcurrir en distintas ciudades. Conseguí que me liberase varios lugares para inventar historias. Hice Santo Domingo (un plagio y homenaje a “Muchacha punk” de Fogwill), Tokio (un argentino que usaba su parecido a Maradona para levantarse japonesas), Dublín (mi encuentro con Andie MacDowell en una librería de usados) y Las Toninas. Este último fue el primero de los cuatro que salió y el único que no tenía un tono humorístico, sino más bien dramático: una pareja que sigue junta a pesar del desamor y que debe enfrentarse a la idea de un aborto sin contar con el dinero para hacerlo.

Reescribí ese cuento para Las griegas, mi primer libro, bajo el título “Días de sol” (deseché sabiamente los otros tres) y lo volví a corregir hace una década para la revista Lamujerdemivida. En el medio retomé el tema de tener que hacer un aborto sin contar con la plata para pagarlo en mi primera novela, Lanús.

De manera casi obsesiva, esa historia original se repite en el cuento acá publicado. Cuando me pidieron que escribiera un relato para una antología con el requisito de que debía ocurrir en la provincia de Buenos Aires, pensé que era una buena oportunidad de retomar a la parejita de “Las Toninas”, pero con veinte años más de escritura de mi parte. Se nota que me aburguesé, porque ya el tema del dinero no está en el centro del cuento y lo que más permanece de aquella historia es una pregunta a la que no le he encontrado respuesta después de muchos relatos cortos y largos publicados: ¿qué hacer para que el amor perdure?


Barcos hundidos

 

Por Sergio Olguín

Franco se asomó a la ventana de la habitación del hotel. El cielo encapotado teñía las aguas del mar de un gris sucio. Había muy poca gente en la playa, solo algunos que hacían footing y ejercicios, o que paseaban sus perros como si la costa fuera el equivalente de una plaza de ciudad. Estaba tan concentrado mirando el paisaje que no oyó cuando Micaela salió del baño. Ahí estaba, parada casi a su lado. Llevaba algo en la mano.

–En cualquier momento se larga a llover –dijo Franco.

–Mejor. A mar revuelto ganancia de pescadores.

–No somos pescadores.

–Estamos tratando de pescar una historia. Es lo mismo –dijo Micaela y se sentó en el borde de la cama. Estiró el brazo y le mostró lo que llevaba en la mano. Era un test de embarazo.

–Dos líneas azules, positivo.

Franco tomó el objeto de plástico en el que resaltaban dos marcas celestes, una más pálida que la otra, que sin altisonancia alguna indicaban que Micaela estaba embarazada. Él no sabía cómo reaccionar: ¿debía alegrarse, emocionarse como en las películas y publicidades ante una noticia así? Miró alternativamente las líneas azules y el rostro de Micaela: sonreía, pero no era una sonrisa franca, plena, sino un gesto sorprendido. O tal vez se sonría de ver su rostro con la misma preocupación.

–¿Qué vamos a hacer?

Micaela se encogió de hombros.

–Por lo pronto, ir a la playa aunque llueva. Tenemos mucho trabajo por delante si queremos avanzar con el libro.

Se puso de pie y fue hacia su mochila, la llenó con sus cosas y tomó las llaves de la habitación. Franco la siguió. Mientras cerraba la puerta, Micaela le dijo:

–Nos faltaría plantar un árbol –y se rió.

Ahora sí parecía distendida, feliz, como si por unos segundos no recordara la crisis en la que estaban ellos dos y que ningún proyecto (de libro, de tener un hijo) sería suficiente para salvarlos.

II

Micaela y Franco habían comenzado a salir casi diez años atrás, cuando los dos recién comenzaban la carrera de Letras. Micaela era de Azul y había venido a Buenos Aires a hacer sus estudios universitarios. Alquilaba junto con otras dos chicas de Azul un departamento en Barrio Norte. Franco, en cambio, vivía con sus padres en Florencio Varela. La facultad les resultó una aventura que les cambiaría la vida y los uniría desde entonces. Se fueron a vivir juntos tres años más tarde, cuando Franco consiguió vender artículos de manera habitual en diarios y revistas de Buenos Aires y Micaela comenzó a trabajar de preceptora en un colegio católico, de la misma orden a la que ella había concurrido en la secundaria. Más tarde, Micaela se recibió y pasó de preceptora a profesora de Lengua y Literatura. Franco tardó más tiempo en convertirse en redactor de un diario importante de la ciudad.

No se casaron, no habían tenido hijos. Disfrutaban de la compañía mutua y no hacían planes para el futuro, aunque ninguno de los dos podía imaginarse un mañana sin el otro. Franco había pensado en que no estaba mal ser padres y se lo había dicho a Micaela hacía unos dos años. Micaela prefería postergar el momento, al menos hasta que terminara su maestría de Escritura Creativa, algo que iba mucho más lento de lo planeado.

Resultaba difícil definir en qué momento había comenzado la crisis, aunque seguramente fue después de que Micaela le dijera que por el momento no quería tener hijos. Como una hiedra en el muro, la crisis había crecido silenciosamente, pero sin pausa. Se había desparramado por sus vidas, trepado por sus cuerpos, lo abarcaba y cubría todo: el deseo sexual, las ganas de compartir, la necesidad de buscarse para estar juntos. El fastidio pasó a ser la moneda corriente con la que se pagaban los gestos de la pareja. Sin embargo, los dos resistían ante la idea de separarse. No sabían vivir sin el otro. Como marineros en alta mar, desplegaban todas las señales para comunicarse de barco a barco. Evitar el choque final era lo que querían.

En medio de la desazón y el desinterés, de a poco había nacido un proyecto que los ilusionaba: escribir un libro juntos.

Franco soñaba con publicar un volumen de crónicas periodísticas, zafar de esas notas aburridas que escribía cotidianamente en el diario y desplegar su prosa en historias que merecieran reunirse en un libro, lejos de la vacuidad del periodismo de batalla. Micaela había escrito desde siempre: poemas, cuentos, comienzos de novelas. Había publicado algunos textos en revistas literarias y conservaba todavía un blog en el que subía algunos de sus textos. Nada de lo escrito hasta ese momento podía formar parte de una obra seria, pero se ilusionaba con la idea de ver su nombre en las mesas de las librerías.

La idea nació de los dos a la vez, como solía ser cuando todavía se comunicaban amorosamente. Más de una vez, Micaela había contado que cuando era chica solía ir de vacaciones familiares a Mar de Ajó. Su padre la llevaba a recorrer los vestigios de barcos hundidos en las aguas del mar Argentino: los buques Margarita y Anna, los vapores Vencedor y Mar del Sur: embarcaciones que terminaron sus días frente al Municipio de la Costa. Le contaba historias de esos naufragios que ella fue memorizando como se aprenden las historias de la infancia.

Una agencia de noticias había publicado fotos de uno de los naufragios durante una poderosa bajamar. Franco las vio, se acordó de las historias de Micaela y le imprimió unas copias. Mientras miraban juntos las fotos, ella le preguntó:

–¿Por qué no escribís una nota sobre ese naufragio? Las fotos ya las tenés.

–Vos deberías escribir un libro. Una novela, o algo así, con todo lo que te contaba tu viejo.

–Podríamos escribirlo juntos.

–Sí, podría ser.

III

Noviembre no era el mejor mes para ir a la playa, pero Franco y Micaela decidieron adelantarse a las vacaciones de verano, cuando la costa argentina se llenaba de veraneantes. Podían andar más tranquilos, el hotel les saldría más barato y se distraerían menos con la idea de quedarse tirados en la arena, mientras el sol y la vida los quemaba impiadosamente.

Micaela se había puesto un saquito de hilo debajo de la campera de lluvia. Franco llevaba un buzo, el mismo que usaba para ir a correr cuando estaban en Buenos Aires. Soplaba un viento cada vez más fuerte y no faltaba mucho para que la tormenta cayera sobre Mar de Ajó. Caminaron por la avenida Costanera y llegaron hasta el cruce con Libertador San Martin. Se suponía que levemente al sur de la calle principal de la ciudad estaba encallado el buque Margarita. Se subieron al mirador que estaba sobre el comienzo de la playa, pero a pesar de ser la hora de la bajamar, no se veía nada en el horizonte, solo la espuma de las olas.

–Muy rara vez se ve –dijo Franco.

–Al final de unas vacaciones, un día como hoy, de tormenta, con mi viejo vimos unos hierros que salían del mar. Parecía la dentadura rota de un dinosaurio. Eran los restos del Margarita.

–¿Por qué le decís Margarita si el barco se llamaba Margaretha?

–Porque acá todos le dicen Margarita. Es más: esto se llamaba Playa La Margarita. El primer hotel importante que hubo acá también se llamaba así. Margaretha le dicen los tilingos.

Micaela se cerró la campera con un gesto de tener frío. Franco pensó en abrazarla para darle calor pero no lo hizo. Mantuvo la vista en el horizonte, en el barco inexistente a sus ojos.

–Era un barco alemán –dijo–. Tampoco entiendo por qué le pusieron un nombre que suena a italiano. Tal vez por la Margarita de Dr. Fausto.

–No creo. Si fuera así se llamaría Margarete, que es como se llama en la tragedia de Goethe.

–¿Cómo sería esto en 1880?

–No había nada. Un lugar desolado. Playa, campo, la Pampa Húmeda, algunas personas que vivirían a la intemperie.

–El Margaretha debía ser un barco sólido.

–Cruzó el mundo desde Alemania para acá. Y pensaba cruzar el Cabo de Hornos y llegar hasta Chile.

–¿No venía de Carmen de Patagones hacia Río de Janeiro?

–Uff, se dicen tantas cosas del Margarita. Mi viejo me contaba que entre los restos del naufragio encontraron decenas de toneles de pólvora. Eran para el gobierno chileno que en ese momento estaba en guerra con Bolivia y Paraguay. ¿Caminamos? Tengo mucho frío.

Micaela casi tiritaba, se hacía más pequeña dentro de su campera. Dejaron el mirador atrás y fueron por la avenida Costanera.

–Necesito tomar algo caliente. ¿Vamos a un bar? –preguntó Micaela y después retomó la conversación: –De pronto, en medio de la nada, se hunde tu barco. El capitán seguramente nunca imaginó que su final iba a estar en el sur, en un país del que debía ignorar todo, frente a unas playas anónimas.

–En el diario estuve buscando información. Encontré un artículo que dice que el capitán no murió ese día. No se hundió con su barco. Eso de morir junto a la nave es un mito. El tipo volvió a Alemania. Ahí lo enjuiciaron y lo condenaron a varios años de prisión. Parece ser que fue él quien hizo hundir el barco para cobrar el seguro.

 –No tuvo que haber sido de esa manera. Mi papá no me lo contó así.

–A veces los padres mienten.

Entraron en el primer bar que encontraron abierto. Ella se pidió un café con leche; él, un café y una ginebra. Bebía la copa de a sorbitos, mientras ella lo miraba.

–La historia que contaba mi viejo era mejor –dijo Micaela, tal vez para evitar seguir observándolo. –El Margarita venía repleto de mercadería lujosa, comida, telas, joyas, toneles de vino, hasta un piano. Y también viajaba una compañía teatral francesa. Cuando el barco comenzó a hundirse, los actores fueron los primeros en subirse a un bote con intención de llegar a la costa que estaba relativamente cerca. Pero se pegaron flor de susto cuando vieron que desde la costa venía hacia ellos una horda de salvajes. Los franceses pensaban que eran caníbales o algo así. Se dieron vuelta y comenzaron a gritar “au secours, au secours!” hacia lo que quedaba del barco. Casi que preferían morir ahogados que en manos de nuestros gauchos.

“Cuando los franceses ya estaban por tirarse al agua, uno de los primeros que llegó hasta el bote fue hacia donde estaba la actriz principal (andá a saber como la reconoció y cómo se dio cuenta tan rápido de que hablaban en francés) y le dijo: “Madame, bienvenue”. Ahí los franceses se aflojaron y aceptaron ser rescatados por los argentinos.”

Franco sonrió con su mirada más beatífica, la que usaba cuando ella inventaba o exageraba alguna historia.

–Tu viejo también tendría que haber sido escritor.

–Pará, la historia no termina ahí. Los franceses estaban tan contentos de haberse salvado del naufragio que decidieron hacer una representación teatral para los gauchos argentinos en medio de la soledad de estas tierras. Pusieron Andrómaca de Racine. Y como habían rescatado también el vestuario, actuaron con la ropa original de la obra.

–Y se bebieron el vino que estaba en el barco.

–No. El vino apareció mucho después. A comienzos del siglo XX Mar de Ajó comenzaba a crecer, a parecerse a una ciudad. Unos obreros estaban haciendo unas perforaciones buscando agua potable cuando de pronto brotó vino. Imaginate la escena, el sueño de todos nuestros amigos: que de la tierra brote alcohol. Eran los toneles de vino del Margarita que permanecieron durante tres o cuatro décadas enterrados.

Se quedaron en el bar viendo cómo se largaba la lluvia. Franco se puso a tomar notas en una libreta que llevaba con él. Micaela paseó indolente con su celular por sus cuentas en las redes sociales. Se sentía algo mareada. Tal vez fuera la tormenta, no haber comido nada sólido desde temprano o el hecho de que estuviera embarazada. Si fuera así era su primer síntoma. Después llegarían todos los demás.

–¿Qué pensás? –preguntó él cuando la vio concentrada en un punto indeterminado entre la taza de café con leche y el vaso de agua.

–En que me hubiera gustado estar en ese viaje del Margarita, naufragar en Mar de Ajó y que los gauchos me rescataran.

Micaela no sabía por qué pero tenía unas ganas inmensas de ponerse a llorar.

Llegaron al hotel después de cenar en un bodegón. Se quitaron la ropa como lo hacían habitualmente, sin pensar que estaba el otro enfrente. Se acostaron. Micaela se puso de espaldas a Franco. Al rato sintió la mano de él acariciándole la espalda. Ella se quedó quieta, no hizo ningún gesto mientras la mano de él bajaba hacia su cintura. Se quedó dormida antes de que pudiera cambiar de opinión y girase hacia él.

IV

Hacía ya varios meses que Micaela había dejado de tomar los anticonceptivos. Se cuidaban con forros, como en los primeros tiempos del noviazgo. Tal vez Micaela, pensaba Franco, había dejado de tomar la píldora porque la cantidad de veces que tenían sexo en el mes no lo justificaba. Si ésa era la razón, ella nunca lo explicitó.

Tuvo que haber sido aquella noche en la que él llegó tarde de la redacción. Habían discutido por una pavada durante la cena, pero terminaron en la cama. Los forros se habían acabado. Siguieron igual adelante. Ella pensaba tomar la pastilla del día después, pero no lo hizo. Tenía una semana complicada de exámenes y los días pasaron sin que ella fuera a la farmacia. Confiaba en que, como había ocurrido en otras oportunidades, no quedaría embarazada.

Desayunaron temprano en el hotel. Por suerte había salido el sol y el viento parecía menos fuerte que el día anterior. Los esperaba un taxista de Mar de Ajó para llevarlos hasta las playas del sur y tratar de observar algún resto de los naufragios de los buques Vencedor y Anna. Si les quedaba tiempo pensaban ir hasta el faro de Punta Médanos donde cerca de ahí habían ocurrido otros dos naufragios.

El taxista era un viejo jubilado que al comienzo los miró con cierta desconfianza, pero cuando se enteró de que estaban haciendo un libro sobre los naufragios de la zona quiso hacer su aporte:

–Desde San Clemente hasta acá hubo casi unos veinte naufragios. Barcos importantes algunos. Alemanes, ingleses, también argentinos.

–Es un mar muy traicionero, ¿no? –preguntó Franco para sostener la charla.

–El mar no es lo único malo que sufrieron esos barcos. También el pillaje de los carroñeros.

Micaela y Franco prestaron más atención. El taxista continuó con su monólogo.

–Cada vez que un barco encalla aparece un montón de tipos para vaciarlos. Se llevan todo: el cargamento, el instrumental de navegación. Y desmontan los muebles, las pertenencias personales de los pasajeros y marinos. No dejan nada. Después lo venden en la playa misma o se lo llevan para sus casas. Pasó con barcos que naufragaron hace ciento cincuenta años y pasó con el último que encalló hace unos veinte. Si ustedes recorren las casas, los campos, los departamentos de la zona van a encontrar piezas muy valiosas de esos barcos.

–Hay un edificio de Mar de Ajó que tiene el ancla del Margarita, ¿no?

–Lamento decirle, señorita, que eso no es verdad. Esa ancla no es del Margarita. Como tampoco es del Margarita la virgen de la iglesia. Esas son invenciones de algunos lugareños para crear historias que consumen los turistas.

El auto abandonó las calles de Mar de Ajó y se metió en la playa. Franco se preguntó si no terminarían ellos también varados en la arena teniendo en cuenta que era un auto común y corriente y no una camioneta cuatro por cuatro. Pero por lo visto, el chofer conocía bien el camino porque se mantenía por la arena firme sin ningún problema. Resultaba extraño moverse a buena velocidad entre el mar y los médanos.

–Acá estamos a la altura del buque Vencedor. Yo no los quiero desilusionar, muchachos, pero a esta altura del año y con estos vientos no van a poder ver ningún resto de naufragio.

Micaela y Franco bajaron del auto mientras el chofer se quedó fumando un cigarrillo. Caminaron hacia el mar, como si acercarse les permitiera descubrir con la vista algo que no podían ver a mayor distancia. El mar ya no estaba gris, sino azul oscuro, como un cielo caído. El calor del sol a esa hora se veía atemperado por el viento que venía del mar.

–Creo que lo mejor es que me ponga a buscar artículos y libros sobre los naufragios. Este trabajo de campo nos va a resultar muy útil. Vos podés inventar alguna historia con lo que te contaba tu viejo. Podés imaginarle una vida a la actriz que se salvó del Margarita y que hacía de Andrómaca. La veo casada con un gaucho, poniendo una hostería frente al mar y representando obras teatrales en francés para los cuatro o cinco viajeros los viernes a la noche.

Franco había dicho esto mirando al mar y sintiendo la presencia de Micaela a su lado, pero ella permanecía callada. No le respondió nada. Franco la miró. Micaela lloraba en silencio.

–No creo que sea una buena idea que escribamos este libro. No quiero que tengamos un hijo. Va a ser mejor que cada uno siga por su lado.

Era el momento en que Franco debía agitar las banderas para que los buques no chocaran y se hundieran en el mar, pero ya no le quedaba más fuerzas, ni ideas de cómo hacer eso que en algún momento resultó tan sencillo: mantenerse unidos.

El taxista les tocó bocina. Micaela dio media vuelta y regresó al auto. Franco fue detrás. Le dijo al taxista que no iban a seguir por la costa, que querían regresar al hotel. El taxista apagó el cigarrillo y arrancó el auto. Recorrieron el camino inverso sin que ninguno de los tres dijera una palabra.

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