CONTRATAPA

Homo Santo

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Rodríguez ya no cree que pueda creer. Nunca. Jamás. Atrás quedaron los bautismos y comuniones de sus padres como reflejo automático y la primera negación –con gran culpa y, por lo tanto, temor ante lo sagrado– de ir a la iglesia. Ahora y desde hace tiempo, ya se le hace imposible. Hace fuerza, pero no sale nada. Y las otras religiones lo pillan muy lejos. Así que ha leído a conversos de-luxe como Chesterton, ha estudiado a incrédulos de nivel como Richard Dawkins y Christopher Hitchens intentando hallar en sus postulados agujeros por donde ver el Paraíso. Y acaba de comprarse lo nuevo de Alain de Botton –Religion for Atheists–, donde se intenta conciliar posiciones y gozar de lo mejor de ambos mundos. Pero nada. Ese Papa (que insistió en que no se ordenará a mujeres o derogará el celibato porque “la Iglesia no ha recibido del Señor ninguna autoridad sobre esto”) y esos cardenales y esos obispos y esas monjas acusadas de tráfico de bebés y esos sacerdotes pederastas, le parecen más gárgolas entre tinieblas que iluminados al servicio del prójimo. Rodríguez lee que las crisis económicas estimulan al fervor religioso (tal vez porque sólo queda esperar una intervención divina; quizás porque sólo puede comprenderse lo que ocurre como un castigo bíblico; o porque, como postula alguien, a menos consumo mayor espiritualidad) y que siete de cada diez españoles creen en Dios. También, de paso, se entera de que España contribuye a la Unión Europea con siete de cada diez nuevos desocupados. Y que, tal vez, eso sí le toque a él cualquier día de estos. Ya se sabe: llamada de Personal y salir de allí con estigmas y hablando en lenguas mientras sus compañeros le preguntan quo vadis? Pero hay una esperanza: el 50 por ciento de los desocupados españoles son jóvenes.

Y Rodríguez ya no es joven ni volverá a serlo.

DOS Y ahora es Semana Santa y Rodríguez & Co. está en Sevilla, en la casa ancestral. Su hijo cree en Messi, su hija en Anonymous, su mujer en Steve Jobs, y en las calles, los creyentes en todo lo demás lloran saetas porque llueve y no pueden salir los pasos y las estatuas se quedan en capilla. Las devotas lágrimas de todos los años porque, se sabe, suele llover por esta época. Y eso no hay Dios que lo arregle del mismo modo en que es ciencia que, cada vez que haya un terremoto, una iglesia martirizará sin piedad a sus feligreses derrumbándose sobre ellos por obra y gracia de la divina providencia. Rodríguez se pregunta una vez más por qué no cambian la fecha de la fiesta. Después de todo, hasta los más fieles admiten que Jesús no nació el 24 de diciembre y que se ubicó allí al inmaculado parto para abducir cristianamente arraigado festejo pagano. Pero no hay caso: a gemir y rasgarse las vestiduras de fantasmas litúrgicos. Y la misma misa de siempre: todos mirando al cielo no para vislumbrar al Padre Nuestro sino para intentar desentrañar el misterio mucho más antiguo del clima. Salvo que este abril ya no desfila la hermandad del Zapatero de los Alucinados Brotes Verdes para que pueda hacerlo la del Rajoy de los Presupuestos Desagradables y la Alternativa Infinitamente Peor. Y en el noticiero, los despachos desde Estados Unidos ofrecen las estampitas de candidatos invocando a Dios sin parar. Después, informe sobre lo nuevo de la blasfema Madonna incluyendo canción titulado Soy una pecadora y, sorpresa, parece que los hijos de John, Paul, George y Ringo (es decir: Sean, James, Dhani y Zak o Jason) van, all together now, a seguir la senda de sus mayores. Se llamará –nombre más cerca de la boy band que del rock group– Next Generation. James McCartney declaró que “todo irá bien con la voluntad de Dios y la ayuda de la naturaleza”. Pero más les vale cuidarse: si los Beatles alguna vez tuvieron problemas por eso de afirmar que eran “más populares que Jesús”, es más que posible que a Next Generation la crucifiquen los adoradores de –dos ya están en las alturas– los Padres Suyos. Después, las malas nuevas: suben cigarrillos y gasolina y la prima de riesgo española vuelve a ascender a los cielos.

TRES Para el Viernes Santo, parte de la cada vez más partida Familia Real ya está en Mallorca dando gracias, sin decir gracias, porque sólo les redujeron un 2 por ciento en la asignación para sus gastos reales. Poquita cosa si se lo compara con la baja de 16,9 por ciento de media en ministerios y del 33 por ciento a los sindicatos. Aleluya: a la Iglesia no se le descontó ni un euro y a seguir dando hostias a fieles y ostias a infieles, gays y mujeres que abortan rumbo al infierno. Y los demoníacos ingleses y alemanes ya han tomado por asalto las playas –bárbaros entregados al culto de Johnny Walker y Jack Daniel’s– y saltan en éxtasis desde balcones de hoteles y vomitan aceras y muestran las tetas. Los penitentes locales los soportan como si se tratase de una dura prueba de fe. Después de todo y antes que nada, dejan billetes. Muchos rubios llegaron a Sevilla y contemplan todo con cierto desconcierto. ¿Cuántos modelos de Jesús y Virgen María hay? ¿Cómo se entiende que el Vaticano condene la clonación cuando no para de multiplicar vírgenes y nazarenos? A Rodríguez tanta idolatría –condenada por mandamientos y evangelios– le produce un mareo raro. Ve aureolas en todas las cabezas de su familia, cae de rodillas. Sus padres, emocionados, piensan que ha recuperado la fe. En el baño, Rodríguez se mira al espejo y se descubre cubierto de manchas rojas. Un médico diagnostica “picadura de la primaveral oruga procesionaria”. Rodríguez se pasa el sábado en cama en coma y el domingo resucita y, ¡oh!, el canal La Sexta ha decidido revolucionar la tradicional liturgia catódica. Nada de péplum bíblico. Lo que emite es algo mucho más a tono con los tiempos que corren y tropiezan y caen: maratón de cine catástrofe con extraterrestres, robots, dragones, rayos y centellas. Antena 3, para no ser menos, bota la miniserie Titanic. Todo se hunde y ya es la hora del regreso. De noche –en una autopista más lenta que un vía crucis, desbordando de millones de náufragos en procesión que, lo proclaman las últimas encuestas, creen sin duda alguna en que las cosas nunca estuvieron peor– Rodríguez tiene una revelación mística, un El código Rodríguez. Ha resuelto el enigma de los años perdidos de Jesucristo. ¿Qué hizo y por dónde anduvo el hombre entre sus doce y treinta años de edad? ¿Estuvo en la India? ¿En Qumrán puliendo superpoderes y bronceándose a orillas del Mar Muerto? ¿En Britannia junto a Merlín o en América disfrazado de Quetzalcóatl, como postulan algunos delirantes? ¿O pasando largo fin de semana perdido con su verdadero padre? Nada de eso, piensa Rodríguez. Jesús –como buena parte de la juventud española– estuvo viviendo en lo de sus padres y sin trabajo, hasta que una mañana tuvo una idea un poco rara y...

Así, de pronto –como iluminado por un rayo de luz descendiendo desde lo alto y arropado por un coro de voces más armoniosas aún que la de los santísimos y mesiánicos Fab Four en “Carry That Weight”–, Rodríguez, por primera vez en mucho tiempo de soportar esa carga, cree.

En poco, en muy poco.

Pero algo es algo.

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