CONTRATAPA

El orangután y la orangutana

 Por Sandra Russo

La foto de la orangutana Sandra recorrió el mundo, y no podía ser de otra manera: una orangutana alojada desde hace 20 años en el Zoo de Buenos Aires había sido beneficiaria de un hábeas corpus presentado en su nombre. La medida no fue adoptada por algún “juez municipal”, sino por la Sala II de la Cámara de Casación Penal, que instó, en un fallo criticado por algunos medios por “breve”, a reconocer a la orangutana como “un sujeto no humano”. Hasta ahí, la orangutana Sandra fue una noticia colorida de esas que ganan espacio fácilmente en los medios, incluso en algunos de los que, en la Argentina, en otros tiempos tenían la inercia de incluir en sus tapas cada nacimiento de animal raro en el Zoo. Pero esta vez no fue un nacimiento sino un hábeas corpus de lo que hablaban. Daba para más.

El fallo habla de “una interpretación jurídica dinámica y no estática” que hace reconocer al animal “el carácter de sujeto de derecho, pues los sujetos no humanos son titulares de derechos, por lo que se impone su protección en el ámbito competencial correspondiente”. Uno se queda preguntándose cuál será ese “ámbito competencial correspondiente”, y se queda preguntándose, por otra parte, si no estaremos ante la punta de un ovillo que, desenredado, nos pondría frente a un nuevo paradigma en relación con los sujetos de derecho, que según la bibliografía que sí cita el fallo –dos obras del juez Raúl Zaffaroni, entre ellas La Pachamama y el humano–, debería exceder con creces a “los animales que se nos parecen”, como los orangutanes o los chimpancés, y debería incluso salir del reino animal y adentrarse en otros reinos, sobre todo y básicamente en el reino diverso, dolido y en riesgo de la naturaleza en su versión concreta, como lo son los mares y los ríos contaminados, los bosques talados, las montañas perforadas por las mineras, los suelos agotados de los monocultivos, en fin, el hábitat multifacético de tantas especies cuya supervivencia flaquea.

Quiero decir: si se tira de la punta del ovillo de la respuesta a la pregunta que plantea el hábeas corpus a favor de la orangutana (Pregunta: ¿son los animales sujetos de derecho? Respuesta: sí), se abren cuestiones que a mí, por lo menos, me parecen a su vez la llave del futuro, especialmente la de esta región cuyos recursos naturales no sólo son y serán obvios motivos de intentos de saqueo, por un lado, y por el otro cuyos gobiernos populares tarde o temprano deberán dar el debate entre el cuidado del medio ambiente y el desarrollo.

Recuerdo haber leído en su momento una entrevista que le hicieron a Raúl Zaffaroni en la revista de la CTA, cuando precisamente acababa de salir su libro La Pachamama y el humano. El título, sin saber todavía de qué iba el libro, me sonó lisérgico. Le preguntaban cómo se había ido aproximando al tema, hasta llegar a la idea de que la naturaleza debe ser considerada una entidad jurídica, como en las constituciones de Ecuador o Bolivia. Su respuesta fue que siempre le había llamado la atención una discusión que se daba en el Derecho Penal: era sobre cuál es el bien jurídico en el delito del maltrato a los animales. Decía Zaffaroni que se han dado varias respuestas a esa pregunta, que han existido un debate y opiniones encontradas, pero que la única respuesta que le parecía lógica era que el bien jurídico, en el caso del maltrato, era el animal. Y eso lo llevaba a otra pregunta: ¿cuál es la relación de todo el Derecho con “lo no humano”?

En esas líneas, ya se estaba disparando la película que no dan nunca en ningún cine y de la que no se habla en ningún diario, y en la que, según mi propia película, la que veo cuando diariamente leo la realidad mundial, regional y argentina, se juega la suerte de cualquier proyecto alternativo al modelo capitalista depredador, por un lado, y altamente consumista, por el otro. En esas líneas estaba encriptada la necesidad de discutir las contradicciones de todos los modelos, la urgencia de desmalezar el presente y abrirlo a discusiones que tantas veces son escamoteadas no tanto por los ajenos, sino sobre todo por los propios. En esa discusión uno de los términos razonables y urgentes es la necesidad de seguir generando puestos genuinos de trabajo para poblaciones que aún mantienen a amplios sectores fuera de la inclusión real, pero otro de sus términos debe ser a qué costo, con qué límites, con qué regulaciones, con qué parámetros éticos respecto del planeta y de la vida en él.

Leyendo esa entrevista a Zaffaroni vi pasar primero la imagen del maltrato a un animal, un perro abandonado, un caballo extenuado por su carga, un tigre destinado a alguna campaña electoral, los leones de los circos, los animales de los zoos. Y vi sacar de esa escena tan cotidiana, tan puntual, tan incluso con posible nombre del perro o del caballo, una pregunta que salía disparada hacia el cuestionamiento de la producción capitalista a gran escala, y hacia el debate sobre esa inevitable tensión entre el respeto por la naturaleza y el desarrollo.

Ecuador y Bolivia, los países de la región cuyas Constituciones ya han incorporado a la Pachamama, la Madre Tierra, la naturaleza o como se prefiera llamarla como un bien jurídico a custodiar, lo han hecho guiados por nociones ancestrales que han custodiado los pueblos originarios durante los largos siglos en los que sus voces no incidían en la realidad de esos países. Tanto un país como el otro, pese a eso, viven a pleno esas tensiones entre el crecimiento y el respeto a la Tierra, precisamente por la dinámica que obliga a encuadrar cada caso y a cotejar permanentemente esos derechos encontrados o en contradicción.

Releyendo un viejo discurso del canciller de Bolivia, David Choquehuanca, encontré otras nociones que expresan ese cambio de paradigma del que, todavía en susurros, nos habla el caso de la orangutana Sandra. “Nosotros queremos un cambio para volver a nuestro camino de equilibrio, no solamente entre los hombres, buscamos una armonía fundamentalmente entre el hombre y la naturaleza.” Corría 2006 y decía Choquehuanca: “Este gobierno inaugura una etapa histórica donde en vez de hablar de desarrollo, del vivir mejor, nosotros hablamos del vivir bien. Todos los programas de desarrollo, desde los gobiernos, desde los Estados, desde las iglesias, desde las ONG, buscan vivir mejor. Nosotros simplemente queremos vivir bien”. Choquehuanca describía, a continuación, las expresiones que en todos los idiomas de los pueblos bolivianos conservaron la idea de ese “vivir bien” que el Occidente siempre suena a poco. Ser khapac, ser kamiri, ser yambae, son aspiraciones de un “vivir bien” que implica tener lo necesario pero también no mentir, no explotar a nadie, no atentar contra la naturaleza. “Todos somos parte de la vida, todos dependemos de todos, todos nos complementamos. Cada piedra, cada animal, cada flor, cada estrella, cada árbol, cada ser humano, dentro de nuestra concepción, somos un solo cuerpo. Estamos unidos a todas las otras partes o fenómenos de la realidad. Vivimos de la Madre Tierra y también para ella, y en constante diálogo con ella. Ella nos da vida, alimentos, vestidos y techo. Sacamos de ella lo que necesitamos para nuestra vida comunitaria y le devolvemos lo que ella necesita para reproducirse.” Y ya acercándose al núcleo de esta columna, agregaba: “Nuestra lucha va más allá de la búsqueda de la libertad. Queremos libertad, pero vamos más allá. No buscamos una sociedad complementaria solamente, queremos una vida complementaria. No solamente buscamos justicia. Cuando decimos que buscamos justicia es una propuesta excluyente porque estamos hablando sólo de los seres humanos, no tomamos en cuenta todo. Nosotros hablamos del Pachakuti. No solamente hablamos de justicia, nuestra lucha va más allá de la justicia. Queremos el equilibrio”.

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Imagen: afp
 
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