CONTRATAPA

Fútbol y algo más

Por Osvaldo Bayer

Estuvimos en Düsseldorf donde los alemanes, después del partido, se fueron un poco más animados. Porque venían muy deprimidos. El escándalo de días antes donde un referí había vendido partidos a la “mafia croata” (así le llaman los diarios) había calado muy hondo en los hinchas y en la población misma. Tanto privatizar todo, hasta las camisetas y vender cada seis meses a los jugadores, esto de traer argentinitos de 15 años para prepararlos para el fútbol profesional, esto de hacer una empresa privada con la selección alemana, esto de hacer negocios con... si toda esa moda globalizadora en el fútbol parece ser que la tomaron en serio hasta los jueces de línea y empezaron a vender las tarjetas rojas, los penales y hasta los foules. (Ser árbitro de fútbol se ha convertido en el primer mundo en la profesión más peligrosa, los silba toda la hinchada.) Y justo ahora los alemanes, tan deprimidos, tuvieron que jugar un partido con la Argentina a cuyo equipo los diarios (sigan así, muchachos) lo calificaron como el mejor conjunto de fútbol del mundo. Bueno, en algo estamos bien, parece.
Pero no sólo eso; horas antes del partido en las arenas de Düsseldorf, se había producido un hecho que colmó la paciencia germana. Un referí, en un partido de cuarta, a los diez minutos empezó a mostrar tarjetas rojas para todos lados, cosa que causó una furia ciega en los jugadores, que lo empezaron a perseguir. En su atuendo deportivo, el árbitro comenzó una desesperada carrera hasta su auto y disparó a 200 km por hora. A poco de allí, por velocidad exagerada, lo detuvo la policía y comprobó que el fugado tenía un alto porcentaje de alcohol. Luego confesaría que para darse coraje antes del partido se había tomado doce lisos (así los llaman en mi querida ciudad natal, Santa Fe) de cerveza. Además de corruptos, borrachos, esto colmó la copa de la paciencia. Y, bueno, de pronto, el partido internacional. Con el ex jugador Klinsmann, como entrenador. Llamado Klinsi por las chicas –ya que es joven, lindo, encantador–, hace declaraciones por televisión que parecen palabras de amor. Esto les hace bien a los hombres del césped, basta de disciplinas y gritos militaristas, y más susurros entre tanto pelotazo.
Y bien, ya lo vieron. La actuación del equipo alemán casi logró por algunos minutos levantar la depresión germana. Jugaron bien, casi mejor que los argentinos. Pero, como titula un diario de Bonn, en un análisis post-juego, a los alemanes les faltó la “piolada” que les sobró a los argentinos. Lo de Crespo demostró que viveza no nos falta. (Lo del penal de Burdisso hizo sospechar que este muchacho, en su forma de embutar al jugador Kuranyi en el área, debe haber hecho algún curso rápido en la Bonaerense).
Bien, dos a dos. El público alemán se fue más consolado. Pero ahora vamos a lo otro. A lo que no se ve en la cancha de fútbol y a lo que origina el verdadero desconsuelo: la tranquilidad del vivir.
Quieran o no quieran, lo que está pasando en Alemania hace que todos nos preguntemos: pero, ¿cómo? ¿La globalización no iba a solucionar todos los problemas? ¿Qué pasa en el sistema del liberalismo económico para que el país de mejor panorama en Europa, Alemania, haya superado los 5 millones de desocupados? ¿Quién explica esto a los pueblos subdesarrollados? Algo no va. Pero no sólo eso sino que desde el 1º de enero se aplica un nuevo plan a los desocupados, que en realidad significa pagarles menos como subsidio que antes. ¿Cómo? ¿No va todo mejor siempre con el capitalismo? (Perdonen que nos repitamos, pero es que la pregunta nace del pecho, con mucha ironía y bronca.) Alemania: 5 millones de desocupados y menos dinero para los desocupados. La cosa no para allí: los estudiantes universitarios deben pagar a partir del próximo semestre –en los Estados donde gobiernan los conservadores demócrata-cristianos– la cuota universitaria que es bien cara por cierto: los jóvenes de familias pobres pueden sacar un préstamo que luego tendrán que pagar cuando terminan la carrera, con intereses. ¿Qué les parece? De enseñanza gratuita a pagar los estudios. ¿Qué pasa con el sistema? Pero sigamos: aumento del horario de trabajo para los empleados estatales. ¿Cómo? Pero, ¿no se decía que el trabajo se iba a reducir cada vez más en el paraíso del capitalismo y que finalmente todos íbamos a trabajar sólo los domingos? No, hay más y más: las declaraciones del presidente del directorio del Banco Alemán (Deutsche Bank), que anunció una ganancia increíble el año pasado, pero que la institución ha resuelto igual reducir la planta de trabajadores nada menos que en 6900 empleados. Pero, ¿cómo? ¿Estamos todos locos? ¿Se gana más y se deja sin trabajo a miles de trabajadores en un país con 5 millones de desocupados? Y la idea cristiana de la solidaridad social, ¿dónde se ha dejado? ¿Vivimos ya en épocas en las que el que no es vivo se jode, como decía el tango de los años ’30? ¿Pasa a formar parte de la gilada? Esto ha causado una reacción indignada en la opinión pública. Eso sí: se ha aumentado la venta de armas al Estado de Israel. Alemania le vende armas a Israel. Esto ya parece un chiste alemán.
O, mejor dicho, parece un escrito de Discepolín. El señor Ackermann, presidente del Deutsche Bank, sonríe y acaba de decir, sin problemas: “El banco debe bajar los costos para tener éxito en un mercado global de constante dura lucha”. Y se acabó. El que pague los platos rotos que vaya acostumbrándose al sistema. Los sindicatos han llamado al señor Ackermann “inmoral e irresponsable”. Pero el ejecutivo sonríe. La única respuesta es: ganar.
Pero sigamos con las últimas noticias del sistema: en el Estado alemán del Norte del Rhin y Westfalia –el Estado más grande de Alemania, donde está nada menos que la Cuenca del Ruhr–, el año pasado han cerrado 12.300 empresas. En toda Alemania, el número de cierre de empresas fue de 39.600, número sólo superado por Francia, con más de 40 mil cierres.
Nada menos que Mercedes-Benz está muy preocupada. En el año que terminó, las ganancias fueron menores en 2 mil millones de euros que el año anterior, es decir casi la mitad.
Para terminar con estos datos, la advertencia de la Iglesia Evangélica: “Las víctimas son las familias”. Y expresa: “En los últimos cuatro años, las familias pobres en Alemania han ascendido al 14 por ciento”. ¿Cómo? ¿En el primer mundo? Y agrega: “La sociedad se empobrece también en otro sentido: por cada cien adultos hay sólo 63 hijos y 39 nietos”. Crece la pobreza, la soledad. El egoísmo.
Punto final: los diarios de ayer informan que el entierro en urnas ha subido muchísimo. Morir, ahora, también cuesta caro.
Bien, podríamos seguir describiendo todos estos hechos que hacen sospechar que algo falla en el sistema. Y esto es acompañado por la preocupación política. Que es el aumento de votos para la extrema derecha, los neonazis. La discusión ha comenzado entre sociólogos y politólogos. La opinión que más espacio ha encontrado en los diarios ha sido la comparación con lo que pasó con la República de Weimar: la desocupación volcó al electorado hacia la derecha y de allí surgió Hitler, aunque nunca llegó a la mitad de los votos, pero contó con el apoyo de toda la derecha financiera en el Parlamento, para llegar al poder.
Para tratar este problema, el semanario Stern publica esta semana una nota titulada: “El ratón pardo juega ahora de gato”. Juega con la inseguridad de la gente. Si la democracia –caída en todos las soluciones no éticas del capitalismo– no reacciona y no encuentra el camino de la libertad y seguridad para sus habitantes, entonces la gente recurrirá a los ratones pardos, convertidos por la desconfianza general en las instituciones, en ratas.
Los neonazis son todavía una pequeña fuerza, pero muy gritona y uniformada. No hay que dejar de vigilarlos, igual que a todos los demagogos de café que de pronto se convierten en salvadores y empiezan a ser rodeados por el miedo, y también por el capital cínico que cuida la suyo y fabrica armas y premia a los alcahuetes consumados de la información para disciplinar a la sociedad. Recordemos, de paso, lo que el actual sistema está haciendo con la naturaleza. Aquella de la cual Humboldt decía: hay que cuidarla y protegerla tanto como al ser humano.

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