EL MUNDO › LA PERSPECTIVA DE LAS DEPORTACIONES ES COMO UNA CONDENA PARA MéXICO

Una forma de maltratar al vecino

La calle mexicana está azorada y la prensa se pregunta “¿y ahora qué?”. El problema se planteará cuando Estados Unidos quiera expulsar a todos los indocumentados. Se termina la aparente relación de socios y amigos que decían mantener los gobiernos anteriores.

 Por Eduardo Febbro

Página/12 En México

Desde Ciudad de México

La primera intervención pública de quien Slavoj Zizek llama “el presidente energúmeno” sentenció el perfil del futuro. Donald Trump participó en el programa “60 Minutes” de CBS y allí confirmó que en cuanto asuma su mandato expulsará a millones de inmigrantes. Según aclaró, “lo que haremos es echar del país o encarcelar a todos los que tienen antecedentes criminales, traficantes de drogas, miembros de bandas, probablemente dos millones, podrían ser hasta tres millones. Los vamos a sacar del país. Están aquí ilegalmente”. Esa es apenas la primera pincelada del cumplimiento de sus promesas electorales. Luego habrá más. Trump precisó que después de que las fronteras estén “seguras” y “todo esté normalizado” se tomará una “decisión” con respecto a los otros inmigrantes, probablemente los indocumentados. La perspectiva de estas expulsiones es una condena para México.

Como lo había adelantado el ex jefe de la diplomacia mexicana, Jorge Castañeda, en una entrevista con Página/12, la problemática se planteará con “la deportación de todos los indocumentados, que son como 12 millones, de los cuales 60 por ciento son mexicanos. El problema se presentará cuando haya que recibir a toda esta gente con el agravante de que muchos guatemaltecos, salvadoreños, hondureños van a decir que son mexicanos para que los deporten a México”. Esa parece ser ahora la perspectiva. La calle mexicana está azorada y el diario El Universal, en su edición dominical, se pregunta “¿y ahora qué ?”. El editorialista (Gabriel Guevara) anota sin embargo el enjambre de líneas de que está compuesta la relación entre México y los Estados Unidos. Esta relación “es de una variedad y complejidad impresionantes: Seguridad, comercio, migración, movimientos financieros, combate al crimen organizado (que incluye narco, tráfico de armas y personas y se extiende hasta nuestra frontera sur), inversiones, medio ambiente”. La pregunta que se extiende en el centro de esa complejidad consiste en saber si Trump puede, en su impulso xenófobo, destruir esa relación cumpliendo con sus delirantes promesas de campaña. De una forma u otra, una nueva realidad ha irrumpido y esta lo puedo perturbar todo. El semanario progresista Proceso escribe al respecto: “Se acabó la ‘relación privilegiada’ de ‘vecinos, amigos y socios’que supuestamente Estados Unidos mantenía con México. Ahora el gobierno de Enrique Peña Nieto está obligado a diseñar de manera urgente una estrategia para contener los efectos perniciosos de las medidas que Donald Trump prometió a sus electores y que fueron eje central de su campaña: expulsión masiva de indocumentados, ampliación del muro fronterizo y renegociación del Tratado de Libre Comercio. En ciertos casos, como en este último, el Capitolio puede imponer al nuevo presidente límites legales y financieros. En el fondo, sin embargo, en las urnas afloró lo que otrora era políticamente incorrecto: el racismo y la xenofobia”.

Las cifras iniciales de deportaciones que adelantó Trump no contienen una novedad substancial con respecto a lo que llevó a cabo el presidente actual. A lo largo de sus dos mandatos, Barack Obama deportó a dos millones y medio de inmigrantes con prontuario criminal. A secas, lo anunciado por Trump se inscribe casi en la continuidad. Pese a su imagen de santo presidente, Obama fue el jefe del Estado que más inmigrantes expulsó entre los 11 o 12 millones de indocumentados que, se calcula, viven en los Estados Unidos. Esas deportaciones se ejecutaron sin amenazas ni retóricas compulsivas, contrariamente a Trump. Desde el inicio de su campaña, el ahora presidente electo sumergió a su vecino mexicano en un vendaval de intimaciones de todo tipo al tiempo que calificó a los mexicanos de “narcotraficantes” y “violadores” y reiteró muchas veces, incluso luego de reunirse con el presidente mexicano Peña Nieto en agosto pasado, que México pagaría el costo del muro que Trump contempla construir en la frontera entre los dos países. Se calcula que su costo oscila entre los 12 y 24 mil millones de dólares. En otro editorial dedicado al tema del muro, el diario El Universal destaca que “de llevarse a cabo un proyecto de tal calibre, las relaciones comerciales con México, su tercer socio más importante en este rubro, se desplomarían”. Cabe recordar que ya existe un muro de más de mil kilómetros y que esta jamás sirvió para su propósito inicial, es decir, la regulación del tráfico de clandestinos.

La canciller mexicana, Claudia Ruiz Massieu, cursó instrucciones a los consulados mexicanos en Estados Unidos para que se mantuvieran en alerta tanto para proteger a los ciudadanos con dificultades como para evitar fraudes migratorios y provocaciones. La provocación, más bien, proviene hoy del Estado norteamericano y su nuevo presidente. México aparece como un país indefenso ante las fauces del León Trump. Rayano, vulgar, Trump exhibe ante un electorado sediento de venganza racial el cuerpo de la víctima que ha elegido pisotear y torturar para colmar los apetitos de de los blancos que lo votaron. Rafael Castro Medina, un ex alto responsable diplomático del gobierno del anterior presidente Felipe Calderón, estima que México no cuenta con los “instrumentos” para poder negociar con Trump. ¿Acaso el mismo Donald Trump puede desplegar su pirotecnia amenazadora? El costo sería muy alto. El Center for American Progress estima que la prometida deportación de inmigrantes tendría un costo de 114.000 millones de dólares pagados por los contribuyentes estadounidenses. El rey de América se comprometió a llevar a cabo esas deportaciones en un plazo de 18 meses, un plazo “irreal” según la muy conservadora American Action Forum (AAF), para la cual se requieren por lo menos dos décadas para materializar esas deportaciones.

México es un país inquieto bajo las garras de un gigante que juega a desestabilizar a su vecino. ¿Cuánto habrá de verdad en la retórica de Trump cuando asuma su mandato? Ildefonso Guajardo Villarreal, secretario de Economía, considera que “no es lo mismo ser res que carnicero”, entiéndase, una cosa es ser candidato y otra presidente. Puede que esto sea cierto en lo que atañe a una parte de las provocaciones trumpistas (las comerciales), pero no en lo que toca a la cuestión de la inmigración. Los inmigrantes son el eslabón más débil de la cadena y Trump los azotará con toda la violencia y la grosería del racismo globalizado.

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En las marchas de Nueva York contra Trump se vieron carteles contra su proclama xenófoba.
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