EL PAíS › MAS DATOS DEL INDEC: CRECIO EL EMPLEO EN NEGRO Y LA DESOCUPACION DE HOMBRES

Peor es nada, pero no salvan a nadie

Los empleos que se crearon en el último año son precarios, en negro y de ingresos bajísimos. Así, las ramas de actividad que experimentan mayor recuperación en los indicadores laborales son precisamente las que han dado fácil cabida al empleo informal y al cuentapropismo. La industria prefiere utilizar más horas extra que contratar nuevos trabajadores.

 Por Claudio Scaletta

De acuerdo con los datos oficiales sobre desocupación y pobreza, difundidos anteayer por el Indec, el rubro más dinámico de la economía en términos de generación de empleo resultó ser “servicios comunitarios, sociales y personales”, que absorbe el 23,9 por ciento de la población ocupada del Gran Buenos Aires, cerca de la mitad del país en términos cuantitativos. El sector que más cae en su participación relativa fue la industria, que emplea al 14,2 por ciento de los ocupados del principal aglomerado urbano del país, y donde el costo salarial se redujo a la mitad desde el 2001. Además, las mujeres consiguen trabajo más fácil que los hombres. Estos son sólo algunos de los números presentados por el Indec y reinterpretados e informados con entusiasmo por el ministro Roberto Lavagna. De ellos surgen dos realidades: que la Argentina salió de su peor pozo recesivo de 2002, año contra el que resulta difícil descubrir indicadores que hayan empeorado, pero también que los efectos de la crisis sobre el mercado laboral y la estructura del empleo presentan un carácter más permanente de lo que en el Palacio de Hacienda parecen dispuestos a asumir.
Entre estas consecuencias se destacan la continuidad del empleo en negro, precariedad laboral, la sobreocupación y los bajos salarios. También la profundización del carácter estructural de estos fenómenos que, a su vez, se complementan con el tipo de esquema productivo emergente de la crisis: las ramas de actividad que experimentan mayor recuperación en los indicadores laborales son precisamente las que dan fácil cabida al empleo informal y al cuentapropismo.
Los datos del Gran Buenos Aires, donde la Población Económicamente Activa (PEA) es de casi 5,6 millones de personas son significativos. Cuando se desagrega por sexo el comportamiento de la desocupación se observa que en los últimos dos años se produjo un cambio de tendencia. El desempleo ya no es mayor entre las mujeres que entre los hombres, como sucedía históricamente. En la medición de mayo de este año se encuentra que mientras el 17,1 por ciento de los varones está desocupado, entre las mujeres la cifra llega al 15,4. Una de las explicaciones de ese fenómeno se debe a que, en muchos casos, las mujeres suelen aceptar trabajos peor remunerados y en condiciones de mayor flexibilización. Cuando la desocupación se recorta a los jefes de hogar (resultados sesgado en la muestra debido a la existencia de los planes asistenciales), el cambio de tendencia resulta aun más fuerte. El desempleo entre los jefes es del 12,7 por ciento y entre las jefas el 9,7 por ciento.
Otro dato representativo en esta dirección es el de la “distribución porcentual de la población ocupada por rama de actividad”. Esto es, cuánta gente trabaja en cada sector de la economía. Dejando de lado algunas explicaciones estructurales, tales como la tendencia histórica de las sociedades capitalistas a trasvasar empleo desde las manufacturas a los servicios, en la Argentina se presentan algunos fenómenos que, si bien pueden englobarse en esa dinámica, responden a una realidad muy distinta. Cuando se observan los números del principal aglomerado urbano del país, se encuentra que el único sector que aumenta su participación en la generación de empleo es el rubro “otros servicios” que pasó de 18 por ciento en mayo de 2001 a 20,9 en 2002 y a 23,9 en 2003, siempre en mayo. En este espacio se encuentra el subrubro más dinámico de la economía argentina “otras actividades de servicios comunitarios sociales y personales”, es decir uno de los sector más abiertos a la informalidad y al cuentapropismo.
Todos los restantes sectores muestran bajas en sus participaciones relativas. Sólo la construcción arrojó una suba de 5,1 al 6,0 por ciento en el último año. La recuperación, sin embargo, sigue dejando a laactividad por debajo de su demanda histórica de mano de obra. Es decir, la suba sólo se explica por el bajón del 2002. El comercio, la administración pública y el servicio doméstico, aunque con leves bajas en sus participaciones, se mantuvieron en niveles similares a los de los últimos cinco años (18,1; 6,5 y 7,3 por ciento, respectivamente, en la última medición).
La caída más fuerte se produjo en la industria manufacturera, que pasó de absorber un promedio del 16,5 por ciento de la población ocupada entre 1999 y 2002 a un 14,2 en mayo de 2003. De acuerdo con un reciente trabajo del Centro de Estudios para la Producción, dependiente de la Secretaría de Industria, el rasgo más saliente de la dinámica del empleo industrial es “el uso más intensivo de la mano de obra” (esto es, más horas trabajadas por obrero ocupado). El estudio del CEP encontró que mientras la producción industrial del primer trimestre del año creció el 20 por ciento, el empleo sólo lo había hecho el 0,4 por ciento. A esto se agrega “el alto nivel de informalidad con que operan ciertas firmas”, en especial en sectores atomizados que sustituyen exportaciones y donde operan pequeños productores”. En este contexto, donde la competitividad se basa en la mano de obra barata, el empleo formal significaría una inversión que los empresarios no están dispuestos a afrontar, más cuando a corto plazo resulta menos oneroso recurrir a las horas extra. Y si a alguien le queda alguna duda sobre la baratura de la mano de obra, las cifras del CEP son contundentes: “Mientras que a finales de 2001 los salarios conformaban el 22 por ciento del total del costo industrial, actualmente constituyen solamente el 13 por ciento del mismo”.
En síntesis, los datos oficiales muestran que el problema no es sólo la desocupación, sino también las difíciles condiciones que padecen más del 50 por ciento de quienes tienen algún trabajo. Enfatizar esta problemática, y no sólo limitarse a la imprescindible creación de empleo, es atender a las necesidades de una significativa porción de la población. Enunciar, como suele destacarse desde el Ministerio de Trabajo, que la formalización del empleo es el último paso, es establecer como pauta que la “competitividad” y la “rentabilidad” empresaria puede fijarse sobre las actuales condiciones que sufre la mayor parte de la población que tiene algún trabajo.

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A fines de 2001 los salarios conformaban el 22 por ciento del total del costo industrial, actualmente constituyen solamente el 13.
 
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