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Encontraron los restos de desaparecido

 Por Valeria Sobel *

Encontraron los restos de desaparecido. En nuestro país ése podría ser el título de una noticia y, de hecho, con alguna variante, más de una vez es el caso. Sin que sea necesario abundar en detalles, todos sabrán que se está hablando de una víctima del terrorismo de Estado, de alguien secuestrado y asesinado por la última dictadura, de una persona que en su lucha puso y dejó el cuerpo. Habrá sin duda lectores que aunque sepan que los cadáveres de los “desaparecidos” que llegan a ser identificados son muy pocos terminarán por preguntarse, inevitablemente, si alguna vez les llegará el turno.

No sé exactamente cómo ocurre, cómo es el después del “hallazgo”. Supongo que un familiar cercano, probablemente alguno de los que dejó una muestra de sangre en el banco genético, un buen día recibe la información por teléfono. Puede que sea él quien se encargue de avisar a las otros miembros de la familia y tenga que lidiar, además de con sus propias emociones y conmociones, con la fórmula elegida para el anuncio: me llamaron del equipo de antropología forense para decirme que en tal lado encontraron el cadáver/los huesos/los restos (como lo que queda y se tira después de una comida)/a papá...

¿Qué hacer con eso? ¿Cómo enfrentarse a algo así? Todos dicen que es una etapa importante, que hace bien, que permite completar el rompecabezas, cerrar el capítulo, obtener respuestas, certezas, poder por fin compartir y finalizar el duelo. Hacer en todo caso que el pasado duela menos y que el “acá falta algo” se aliviane. No más vivir sabiendo que de un momento a otro puede pasar que te anuncien una muerte que sucedió hace ya mucho tiempo (los hijos somos hoy más viejos que nuestros padres cuando fueron secuestrados), pero que sin embargo no termina de suceder. Yo también pienso que el no saber y el que no haya una tumba es una de las peores cosas y que el seguir callándose de los que sí saben es de una asquerosa cobardía y crueldad. Sin embargo, resulta difícil concebir que de verdad haga bien saber (no ya fantasear o imaginar, saber a ciencia cierta) que tu padre fue por ejemplo uno de los que fue tirado desnudo y drogado al Río de la Plata, o que sufrió tal o cual vejamen antes de que lo mataran, o bien que lo asesinaron de un tiro en la cabeza o de dos balazos en la espalda... Y hasta es difícil concebir que realmente haga bien decidir casi cuatro décadas después qué hacer con los huesitos, qué paradero ofrecerles, qué ceremonia inventar para lo que quede de la osamenta de un padre que no pudo ver crecer a sus hijas y de un abuelo que nunca tuvo la oportunidad de serlo.

No se me mal interprete, obviamente no estoy en absoluto cuestionando la encomiable tarea de quienes contribuyen a que el limbo de la “desaparición” pueda por fin convertirse en otra cosa, además de que ayudan a que se encuentren nuevas pruebas para incriminar a los asesinos o, al menos, para que algunos de ellos duerman un poco menos tranquilos. Es, sin duda, un logro colectivo que por fin puedan ser identificadas las personas que fueron amontonadas como animales en fosas comunes o enterradas como NN (nomen nescio, en latín, es decir de nombre desconocido), sin que nunca se les haya podido hacer algo tan básico y fundamental como una ceremonia fúnebre, sin que sus seres queridos hayan podido decirse y decir algo que tendría que ser tan simple, que su familiar/amigo/novio murió en tal fecha y en tal lado (hubo que conformarse con la fecha y el lugar del secuestro, y algunos ni siquiera pudieron contar con ese dato). No sólo es importante para las familias y allegados sino para la toda la sociedad (incluso para aquellos que todavía siguen sin darse por aludidos), una sociedad que en su momento permitió que algo así sucediera. Por suerte en nuestro país poco a poco se van desenterrando silencios y deshaciendo nudos. Ya se consiguió desandar el tan amargo y decepcionante camino del punto final, tan lleno de rabia y de lágrimas atragantadas. Podemos estar orgullosos de que en estos últimos años se estén transitando con éxito otras sendas, tanto más sanas, justas y vitales que las del olvido, el miedo y la impunidad.

Igual lo más probable es que la noticia, quizá más temida que ansiada, no nos llegue nunca y esto por supuesto no es lo mejor (aunque no les quepa duda, igual se logra seguir adelante). Pero a pesar de los años que han pasado tampoco es completamente imposible que un día seamos nosotras quienes recibamos el llamado: ¿lo encontraron?

* Hija de desaparecidos.

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