EL PAIS › OPINION

Malvinas, nación y derechos humanos

 Por Matías Farías, Cecilia Flachsland y Violeta Rosemberg *

A lo largo de nuestra historia, distintas tradiciones políticas hicieron suyo el enunciado “las Malvinas son argentinas”. Esas tradiciones, sin embargo, no pensaron de igual modo la identidad nacional. Para comprobarlo no hay más que enumerar los nombres de algunas de esas personas y agrupaciones: Paul Groussac, Forja, Hipólito Solari Yrigoyen, Abelardo Ramos, Mohamed Alí Seineldín, Alfredo Palacios, Atahualpa Yupanqui, los “Cóndores”... Las Malvinas son argentinas, sí, pero ¿es la misma Argentina la que expresa cada una de esas tradiciones?

En los últimos días fueron varias las voces que volvieron sobre el tema y permitieron constatar que Malvinas sigue funcionando como contraseña para discutir lo que se piensa sobre la nación. En estos casos, además, a través de Malvinas se expresó, en realidad, lo que se piensa sobre el kirchnerismo. Nos permitimos decir que en algunas de esas intervenciones existió una cierta pereza intelectual: como ya tienen resuelto qué es el kirchnerismo, de antemano tienen resuelto también cómo fueron en estos últimos doce años sus políticas en torno a Malvinas.

Uno de los ejes de esta política fue el contundente reclamo de soberanía sostenido por el Estado argentino. Esto se evidenció en los apoyos que se lograron en América Latina y otras partes del mundo y en la creación de la Secretaría de Asuntos Relativos a Malvinas dentro de la Cancillería. Pareciera que esto es suficiente para que el liberalismo de izquierda y de derecha inscriba al kirchnerismo dentro del nacionalismo argentino retrógrado e “irredentista” del siglo XX. Sin embargo, lo que estas miradas se olvidan de mirar es el otro gran eje de las políticas en torno a Malvinas, que consistió en invitar a abrir la imaginación política sobre este tema clave del pasado nacional. La sola visita al Museo Malvinas o el conocimiento sobre las políticas educativas al respecto dan cuenta de la pluralidad, e incluso, del conflicto de miradas que existieron sobre el tema, aún dentro del mismo espacio político.

Esa pluralidad y conflictividad requirió un trabajo de articulación política que fue en definitiva la que hizo posible, por ejemplo, que Jorge Giles haya sido director del Museo y Mario Volpe, ex combatiente y referente clave del Cecim (Centro Ex Combatientes Islas Malvinas), su vicedirector; que se haya pensado críticamente y sin concesiones la relación entre la guerra de Malvinas y la dictadura (desclasificación del Informe Rattenbach y otros archivos que permiten reabrir las causas por delitos de lesa humanidad cometidos durante la guerra; pedido de identificación de los NN en el Cementerio de Darwin; creación del Museo en el predio de la ex ESMA) pero que, a la vez, se haya resignificado la palabra patria; que se puede hablar de héroes para reconocer a quienes lucharon en las islas sin que eso implique reivindicar a los militares que cometieron delitos de lesa humanidad.

Esa articulación política –polémica, desde luego, ya que para los “malvineros” era demasiado “progresista” y para los “progresistas”, demasiado “malvinera”– da cuenta de que no se puede hablar del kirchnerismo en singular. Reducirlo a una mirada unívoca sobre Malvinas y, por ende, a una versión monolítica de lo nacional sería tan ridículo como reducirlo a una única mirada sobre los años setenta. Sería interesante, pues, que los exégetas del presente y del futuro del kirchnerismo asumieran también el desafío de leer estas tensiones que habitan en las políticas públicas sobre Malvinas que, evidentemente, tuvieron un gran impacto ya que de lo contrario no se entenderían las reacciones que suscitan.

Entendemos que las políticas de estos últimos años constituyeron una prolongación –llena de desplazamientos y condensaciones– de dos escenas fundantes para el kirchnerismo: el acto mediante el cual Néstor Kirchner ordenó descolgar los cuadros de Videla y Bignone del Colegio Militar y el “No al ALCA”. Esos dos hechos fueron, condición de posibilidad para articular ideas y afectos asociados a conceptos que la dictadura y la transición democrática habían distanciado entre sí: patria, democracia, derechos humanos, latinoamericanismo.

Y más profundamente el kirchnerismo entrevió que en el enunciado “las Malvinas son argentinas” se jugaban, antes que el supuesto afán de irredentismo mesiánico-territorialista, profundas demandas sociales de reconocimiento de larga y más reciente duración, desde la reparación a los caídos y sobrevivientes de la guerra hasta el reconocimiento de los pueblos originarios que pelearon en las islas como una forma de integrarlos a la historia nacional; desde la recuperación de un hecho como el “Madrynazo” en tanto escena díscola de la transición democrática hasta la reivindicación del Gaucho Antonio Rivero junto con la reedición del libro de Paul Groussac hecha por la Biblioteca Nacional y el Ministerio de Educación de la Nación. Estas iniciativas, entre tantas otras, dan cuenta de un interés por pensar la cuestión Malvinas desde una óptica que integre la justicia y los derechos humanos. Es fácil sacarse de encima este problema reduciendo la política kirchnerista a la agitación de la “causa”, más difícil es pensar por qué la frase de Cristina Kirchner “la patria es el otro”, que coloca en el centro de la construcción política la cuestión del reconocimiento, fue pronunciada por primera vez en 2013 en el Monumento a los Caídos en la ciudad de Puerto Madryn y no en otro lugar.

Los que firmamos esta nota tuvimos el honor de trabajar en diversos espacios públicos que desarrollan políticas en torno a Malvinas, podemos dar innumerables pruebas de todo lo que se hizo: series para canal Encuentro y PakaPaka; convocatorias masivas sobre el tema en todas las escuelas; cantidad de escenas de intercambio con docentes y estudiantes en todo el país; materiales educativos distribuidos por millones; viaje a Malvinas con una escuela pública por primera vez desde 1982. Y también sabemos todo lo que falta si pretendemos que Malvinas, además de un reclamo de soberanía constitucionalmente consagrado, siga funcionando como un símbolo que invite a pensar qué significa vivir en una nación justa.

* Integrantes del Programa de Educación y Memoria que funcionó en el Ministerio de Educación de la Nación.

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