EL PAíS › DANIEL FILMUS

Un académico peronista

 Por Nora Veiras

“Ese sos vos”, le dijeron en su casa. Para la mayoría del público, era raro ver al taciturno ministro de Educación, Daniel Filmus, levantar el tono en una discusión. En el debate televisivo, cruzó sin miramientos a Jorge Telerman con el error que había cometido al ubicar la autopista de la Ribera en territorio porteño. Este sociólogo que ayer cumplió 52 años y enfrentó por primera vez una campaña electoral compensa su timidez con un carácter que está lejos de la docilidad. Eso sí, respeta las jerarquías y se cuadra. Es, sin duda, un hombre del presidente Néstor Kirchner. Por su deseo se convirtió en candidato a jefe de Gobierno porteño y ahora tendrá que dar batalla en un complejo ballottage. Mantiene la esperanza en que los díscolos votantes capitalinos elijan movidos por el antimacrismo antes que por el antiperonismo.

Era un adolescente cuando en los ’70 empezó a militar en la Federación Juvenil Comunista. La fuerza estudiantil que por entonces fue cuna del debut político de muchos. Sin ir más lejos, Aníbal Ibarra y Telerman abrevaron en esas aguas. Treinta años después sería Ibarra el que convocaría a Telerman y a Filmus como secretarios de su gabinete, presentados entonces como los dos peronistas del equipo aliancista. Entre Filmus e Ibarra las coincidencias se afianzaron mucho más allá de aquella añeja pertenencia a la “Fede”. Con Telerman, las diferencias se agudizaron y los comicios de ayer marcaron un límite de difícil retorno.

Filmus terminó de cursar en el ’77 en la convulsionada Facultad de Filosofía de la UBA. Ya entonces se había incorporado a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Se acercó a las filas del general Perón cuando empezó a trabajar en el Sindicato de Seguro, en un proyecto de capacitación. Desde entonces, principios de los ’80, supo ingeniárselas para mantener la militancia, pero priorizando una carrera académica de la que se enorgullece. “Soy investigador del Conicet, profesor concursado de la UBA, ex director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), un intelectual”, desglosa cuando habla de sí mismo ante los incrédulos periodistas que buscan definirlo más allá de sus pergaminos en el área de Educación, especialidad en la que se posgraduó en la Universidad de Campinas, Brasil, y en la que se consolidó como un referente.

Como joven sociólogo supo hacer una encuesta para el equipo del entonces aspirante a presidente Antonio Cafiero, que le dio malas noticias al hombre que años después llegaría a gobernador bonaerense: pronosticó que sería Italo Luder quien ganaría la interna del PJ. Así fue. Cada vez que le hablan del valor de las encuestas recuerda aquel episodio para mostrar que “la realidad es la única verdad” o, más acá, como diría Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Confía en ese instrumento, siempre ha recurrido a él para medir su performance y saber qué quiere la gente. Y, por eso también, es un obsesivo de la construcción de “la muestra”: más de un consultor fue citado a su despacho de ministro para analizar resultados ante las dudas del sociólogo-candidato.

Las cercanías a la renovación peronista lo llevaron al gabinete de Carlos Grosso, primero como director general y luego como subsecretario de Educación del entonces intendente designado por Carlos Menem. Se mantuvo en el cargo a pesar del bochorno del negociado de la escuela-shopping, ese engendro en que la corruptela del entonces Concejo Deliberante transformó un edificio escolar histórico en un reducto compartido con locales comerciales en pleno barrio de Once. Sin embargo, fue él quien le aportó al entonces concejal Aníbal Ibarra gran parte de la documentación que alimentó una denuncia judicial contra Grosso por esa causa. Renunció al cargo cuando se desbarrancaba esa gestión y recaló poco después como director de Flacso. En el ínterin, el segundo ministro de Educación de Menem, Jorge Rodríguez, le ofreció el viceministerio, cargo que no aceptó. Sí participó junto a la después ministra Susana Decibe de la elaboración del llamado Plan Social Educativo, un programa de compensación para las escuelas más pobres del país. Se desempeñó como asesor de Decibe. La buena relación entre ambos trocó en desencanto cuando él se diferenció de la reforma educativa que ella supo impulsar.

Los nuevos vientos del kirchnerismo, que en conjunto hizo caso omiso del menemismo compartido, lo encontraron con una imagen engrosada por su buena gestión como secretario de Educación porteño. Días después de haber sido ungido como candidato a vicejefe de la fórmula para la reelección de Ibarra, Kirchner lo convocó para la cartera educativa nacional. Aceptó y, en ese momento, evitó el estrés de la campaña. Casi cuatro años más tarde, acaba de vivirlo a la enésima potencia, no ya como vice sino como cabeza de fórmula.

Cada vez que le ofrecieron un puesto busca el consejo del hombre que signó no sólo su vida sino su militancia: Salomón. Su padre, un comerciante en telas del Once que no terminó la primaria, llegó al país con 4 años desde Moldavia, y ahora a los 83 sigue a su hijo como nadie. Recorta los diarios, arma trípticos de campaña y hasta imagina slogans porque “la gente tiene que conocer a Daniel”, repite ante los amigos-asesores del candidato. La otra pata de su familia son su hija Malena de 17 años, del primer matrimonio, una chiquita de 5 años de su unión con Marisa, su esposa psicoanalista, y sus tres hermanos.

“Le costó esta campaña porque él es un hombre de consenso. Su característica no es confrontar”, dicen sus amigos. La confrontación quedó en manos de la fuerza de choque de la jefatura de Gabinete con Alberto Fernández a la cabeza. Como saldo de la primera ronda, a Filmus le quedó un minucioso conocimiento sobre los problemas de la ciudad. Estudió para no pisar en falso ante la evaluación pública, mucho más descarnada que cualquier tribunal académico. También le quedó el orgullo de no haber claudicado ante la tentación mediática que le proponía más espacio a cambio de metarmofosearse en algún sketch.

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