ESPECIALES › 25 AñOS > EL SíMBOLO DEL ARRIBO DE LA DEMOCRACIA SIGUE SIENDO TEATRO ABIERTO

La calle estaba muy dura

En la democracia el teatro ya no tenía enfrente al gran enemigo de la censura. Pensaron que perdería fuerza pero, en los ’90, la recuperación de la historia encarnó en muchas obras. La Ley Nacional del Teatro fue un triunfo de la democracia.

 Por Hilda Cabrera

“A ver, che, si las anotan en la agenda, que la calle está dura.” Ese era el saludo –vía tarjeta del Día del Periodista– enviado en los ’90 por el director de un teatro nacional, dramaturgo y latinoamericanista que conoció el exilio. Entonces la calle estaba dura para una actividad que necesita imperiosamente del público. Se vivía en democracia y el pulso era de la calle. Ganarla después de la apertura democrática significaba dejar atrás los miedos y poner alas al deseo de libertad enraizado desde antes en la escena y expresado en obras metafóricas, poderosas y poéticas. El símbolo de ese tiempo anterior fue y sigue siendo Teatro Abierto 1981, ciclo que ganó calle y sala por el empuje de sus integrantes, la calidad de los trabajos y el fervor del público. A esa propuesta siguieron otras, y más obras para revisar el pasado (incluida la guerra de Malvinas) y transparentar un ideario esperanzado en el que se agolpaban preguntas.

¿Qué hacer? Lo de siempre: animar al público con trabajos nacidos de las ganas de expresarse y sin escatimar estilos. Renacieron grupos y se conformaron otros, de sala y calle, barriales, comunitarios. Algunos subsisten y son invitados a festivales internacionales. Todo esto en Buenos Aires y ciudades de provincia con tradición teatral, cuyos elencos sufrieron persecución. Claro que aquellos entusiasmos no fueron parejos ni la experiencia igual para los más jóvenes: pasaron años antes de que los estudiantes de teatro, salvo excepciones, adquirieran conciencia cívica. ¿Consecuencia de la eliminación de materias y la cesantía de profesores? Es probable que el desconocimiento, sumado al paso del tiempo y el gusto por otras formas de expresión, profundizara el rechazo hacia el teatro elaborado en años anteriores. Resultaba viejo para las nuevas generaciones de autores y para los directores-puestistas fascinados por la reinvención de la dramaturgia y el “teatro de imagen”. Fue así que algunos autores lastimados por el desdén se preguntaron si la palabra había perdido peso y la gente de teatro rehuía el compromiso. Se dijo incluso que sin el enemigo omnipresente (la censura) el teatro no tenía contra quién luchar.

Ese discurso acabó cuando divisaron otros enemigos vestidos de demócratas y cuando la nueva dramaturgia (que contó con agrupamientos e individualidades valiosos) abrió camino en la década del ’90, calificada de frívola, no tanto por las zonceras vertidas en espectáculos olvidables sino por el jolgorio encarnado en políticos, funcionarios y ciudadanos cómplices. Aun en ese contexto era posible generar anticuerpos y optar por comprometerse con la coyuntura sociopolítica o apresar otros aspectos de una democracia que era y sigue siendo tumultuosa e imperfecta. El antídoto es el básico en todo tiempo y lugar: defender la independencia del propio trabajo desde el aquí y ahora.

No existen paraísos en la democracia, tampoco garantía de justicia, pero estas falencias no impiden atravesar las distintas coyunturas con humor. De ahí la variedad de monólogos y sketches que desde la apertura subrayan las ruindades y torpezas de políticos y funcionarios encumbrados pero también las de los ciudadanos del llano. El humor y la pasión por la escena originaron bandas y grupos que mixturaron con gracia elementos del nuevo varieté y el clown, la comedia y el sainete, la música y la danza. Metidos en temas cómicos o serios, jugando con el lenguaje y el movimiento, sorprendieron a un público que les fue fiel.

Zarandeados por las reiteradas crisis económicas y las políticas culturales adversas, los teatristas supieron organizarse y vencer la indiferencia de los que estaban al frente de las instituciones. Esa batalla la dieron los independientes, imbatibles cuando decidían tomar por asalto el Congreso ante la sorpresa de empleados y políticos que, inspirados a la vista de tantas figuras prestigiosas allí reunidas, creían llegado el momento de mostrar ductilidad artística y recitar un soneto clásico. Arte mayor, sin duda. Fue así que entre idas y vueltas se logró en 1997 (después de cuarenta años de indiferencia ante los reclamos) la Ley Nacional de Teatro, y a partir de su sanción la creación del Instituto Nacional del Teatro que, con sus más y sus menos, produjo un importante cambio a nivel país, así como años más tarde Proteatro en el ámbito de la Ciudad Capital. Resucitadas las Fiestas Nacionales, se puso en marcha el primer Festival Internacional de Buenos Aires, discutido en materia de organización e invitados. La pionera en muestras internacionales fue la ciudad de Córdoba, que organizó con éxito su Festival Iberoamericano en 1984.

Con o sin apoyo la actividad teatral se expandió a los barrios, desarrollándose en espacios abandonados, como galpones y fábricas, o en el living de alguna casa. Antes no pudo frenarse el cierre y la demolición de teatros. En el período 1983 a 1991 cayeron alrededor de veinte, desde el modesto Parakultural hasta el histórico Odeón, de Corrientes y Esmeralda, visitado por celebridades del mundo. Inaugurado en 1891 y demolido en enero de 1991, pasó a ser playa de estacionamiento a pesar de haber ostentado la calificación de Monumento Histórico. Resolución que en 1987 firmó el entonces ministro de Educación Jorge Sábato.

En 2001, otro año de debâcle, la autogestión permitió reconstruir la geografía teatral de Buenos Aires. Los artistas multiplicaron roles: de modo que un autor era a la vez actor y director de su obra e incluso encargado o dueño de sala. Esto permitió la coexistencia de estéticas sin fricciones, y al público el acceso a obras de formato tradicional y de ruptura sin inútiles enojos de parte de los creadores. La tendencia a “pensar el teatro” fue en aumento. Se organizaron foros y encuentros para teorizar, y se alentaron cruzamientos y muestras con espectáculos que recuperaban con sentido político (no partidario) asuntos caros a la historia argentina, como la memoria, la identidad y el exilio. Algunos irritados han desvalorizado tales expresiones tildándolas de piezas para un catálogo de mártires. Otros, por el contrario, advierten que con estas puestas se ha ido recuperando una aspiración que desapareció con el golpe del 24 de marzo del ’76: tender un puente con los sectores vulnerados de la sociedad (a los que se acercó también aquel dramaturgo preocupado porque la calle estaba dura) para canalizar inquietudes desde el teatro.

Lo valioso de la escena del presente es la diversidad de estéticas y obras, sean éstas elaboradas o inconexas, artificiosas o pegadas a ciertas realidades, como aquellos trabajos que señalan actos impunes y humillaciones cotidianas que no son ya las de una dictadura sino las de una democracia sin justicia social. Un estado de cosas en el que se advierte el gusto por sondear secretos, derribar mitos y generar corrientes de sensibilidad que no pasen por el tamiz de los formadores de opinión adoradores del consenso, al que por variadas razones se confunde con libertad o pensamiento crítico.

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Imagen: Rafael Yohai
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