ESPECTáCULOS

“El maestro Atahualpa era un hombre mágico”

La historia del japonés Shiro Otake vale la pena: de chico escuchó por casualidad a Yupanqui, se hizo devoto, hoy interpreta su música y asegura que recibe mensajes del más allá.

 Por Karina Micheletto

Shiro Otake habla del “maestro Atahualpa Yupanqui” con respeto japonés. Un único encuentro con el autor de Piedra y camino en su casa de Cerro Colorado, después de un periplo que lo trajo desde Nueva York, con lecciones básicas de español que poco le sirvieron para hacer dedo en Córdoba, le alcanzó para que la música de Don Ata lo acompañara de por vida y torciera un destino de coreógrafo con promisorio futuro en la danza jazz. Su devoción yupanquiana empezó en realidad bastante antes, a los trece años, en su Tokio natal, cuando en un programa trasnochado enganchó por casualidad El alazán, y escuchó que explicaban que Yupanqui era un trovador de tierras lejanas que en ese tema le cantaba al caballo muerto. Algo que al chico japonés preadolescente y con inquietudes musicales le sonó de lo más extravagante, pero también muy atractivo.
Con el tiempo, Otake se perfeccionó como guitarrista y plasmó en varios CD’s sus propias versiones de Yupanqui que, dice, quiere que suenen como una mezcla entre su cultura y lo que aprendió del maestro. Otake habla de conexiones en tiempo y distancia, de sucesiones misteriosas de hechos. Habla de magias cotidianas y de mensajes heredados, pausadamente y con un buen manejo de español. Vino varias veces a actuar a la Argentina (el jueves pasado estuvo en el Jardín Japonés), donde encontró un sobrenombre artístico: Shiro Otake, el arriero. Y cuenta que se sintió autorizado a usarlo cuando, frente a la tumba de Yupanqui, escuchó su voz grave que decía: “Shiro, vaya como un arriero”.
–¿Cómo apareció Yupanqui en aquella primera audición radial?
–Fue en 1976, y por entonces Yupanqui era bastante conocido en Japón, diría que mucho más que ahora, porque había ido tres veces a tocar allá. Por eso era lógico que lo pasaran por la radio, pero para mí era un sonido totalmente nuevo. Yo era un chico que estudiaba guitarra y escuchaba Los Beatles, Led Zeppelin. Lo que escuché me fascinó, sentí como una puerta que se abría delante mío. Fue como un choque eléctrico.
–¿Y cómo se las ingenió para seguir aprendiendo sobre Yupanqui, con 13 años y viviendo en Tokio?
–Para mí también es un misterio. Ya entonces era, digamos, un tipo raro, y además un amante de la música. Desde chico traté de conseguir buena música y me interesaba en gente en la que no se fijaban otros chicos de mi edad. Pero recuerdo que fui a una tienda de discos y, para mi sorpresa, había varios de Yupanqui. Escuché todo lo que encontré. Empecé a estudiar guitarra clásica, y seguí escuchando a Yupanqui. Hasta que a los 26 años me fui a Nueva York con una beca para estudiar danza jazz.
–Parece difícil pasar de bailarín de danza jazz a intérprete de Yupanqui.
–Yo quería ser coreógrafo, director de teatro. Cuando llegué a Nueva York me hospedé en la casa de una familia latina. Un día empecé a tocar la guitarra y el dueño de casa vino corriendo y me dijo: “Tocás igualito que él”. Me contó que tenía un amigo, Eduardo Martínez, que era folklorista y de Cerro Colorado y como un hijito de Yupanqui. Cuando Martínez me escuchó tocar me preguntó por mis temas preferidos. Le dije que me gustaban mucho El camino del indio, El alazán, Los ejes de mi carreta, pero sobre todo Canción para Doña Guillermina. Resultó que Doña Guillermina era su abuelita. Entonces me dijo: “Tienes que ir a Cerro Colorado”. Yo ni siquiera sabía dónde quedaba la Argentina, pero entendí que tanta conexión quería decir algo. Y viajé.
–¿Cómo fue el encuentro?
–Lo primero que me impresionó fue lo fuerte de su mirada, la luz que tenían sus ojos. Era mucho más chiquito de lo que me imaginaba, pero me pareció un hombre mágico. Me saludó y me dijo: “Bueno changuito, tóquese algo”. Toqué El alazán y Los ejes de mi carreta y me aplaudió con pocas ganas, yo no sabía si era una aprobación o no. Pero cuando hice Danza de la paloma enamorada me interrumpió y trajo su guitarra. “Esta parte se toca así”, me dijo. El sonido de aquella corrección se juntó con el de la naturaleza, y yo sentí que desde entonces todo mi cuerpo quedaba cubierto de esa magia.
–¿Cómo lo reciben aquí? ¿Lo ven como un bicho raro?
–A lo mejor sí. Pero para mí es natural. Yo soy japonés, pero mi casa está en Nueva York y amo la Argentina. De todos esos lugares sale mi música. No me considero un sucesor de Atahualpa ni mucho menos. Quiero hacer una mezcla entre mi cultura y la música de Yupanqui. Tal vez me lleve el resto de mi vida. Pero en cualquier lugar en el que esté llevo el sonido de Atahualpa, que tocó enfrente mío en Cerro Colorado.

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El músico japonés se hace llamar “Shiro Otake, el arriero”.
 
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