ESPECTáCULOS › ENTREVISTA A JULIO BOCCA, QUE EN OCTUBRE LLEGA CON EL MEGAESPECTACULO EL HOMBRE DE LA CORBATA ROJA

“Siempre sostuve que la danza es para todos”

De Munro al American Ballet Theatre, Julio Bocca no perdió la brújula. “Mi abuelo Nando era albañil y amaba la ópera”, dice como para sintetizar su idea del arte, unida a la del trabajo.

 Por Silvina Friera

Cuando Julio Bocca cierra los ojos, baja lentamente las pestañas como si le costara despedirse de la visión. Quizá con este gesto contradice su propósito de retirarse dentro de tres años, cuando cumpla los 40; quizás esté relacionado con uno de los roles que interpretará en El hombre de la corbata roja, espectáculo integrado por tres programas –con coreografías de José Limón, Twyla Tharp y Ana María Stekelman– que el bailarín y el Ballet Argentino, acompañados por las primeras bailarinas invitadas Alessandra Ferri y Eleonora Cassano, presentarán a partir del 8 de octubre en el teatro Opera (ver aparte). El ballet que da el título al espectáculo fue creado especialmente para Bocca y su compañía y está basado en un cuento original de Natalia Kohen. “La historia nace de una pintura de Antonio Seguí y la obsesión que tiene una mujer con la figura principal de ese cuadro, al punto que ese hombrecito de corbata roja cobra vida y seduce a la admiradora”, cuenta Bocca en la entrevista con Página/12. “Es algo nuevo y diferente. No me gusta repetirme, porque no crecés. Hacer más o menos lo mismo es como quedarte en el tiempo, es como si hubiera hecho, tranquilamente, toda mi vida Don Quijote o los clásicos. Siempre necesito tener algo que me llene.”
Alguna vez se dijo de él que era el Guillermo Vilas de la danza clásica. El muchacho de Munro ganó la medalla de oro a los 18 años en Moscú y fue elegido por Mikhail Baryshnikov como principal dancer del American Ballet Theatre. Bocca, con ese eterno look de adolescente, asume modales y ademanes que no comulgan con la afectación que suele abundar en el mundo de la danza. Nadie como él popularizó tanto el ballet en la Argentina, cuando, para espanto de los abonados del Teatro Colón, hizo una función al aire libre para 100 mil personas. Pero, además, creó su propia compañía, formó un estudio y presentó obras en las que mixturaba lo clásico con lo contemporáneo, la danza con el teatro. “Yo pretendía y pretendo demostrar que la danza no es algo cerrado, es para todos: yo soy igual que vos, que cualquiera. Mi abuelo Nando era albañil, pescador y amaba la ópera. Cada uno en lo suyo trata de hacer lo mejor. La imagen del bailarín encerradito en esa caja de cristal es mentira. Tenemos que ir a trabajar, pagar las cuentas, los impuestos y tratar de sobrevivir”, desmitifica Bocca. Como si adivinara lo que la cronista está a punto de observar –que el bailarín está tomando un yogur bajas calorías, que lo que acaba de decir no es tan así, que la danza exige un sacrificio extremo y un cuidado riguroso del cuerpo–, Bocca se anticipa: “No vivo de yogurcito, me doy placeres como tomar cerveza, un vino tinto, comer un buen asado o emborracharme”.
“Este año estoy leyendo a rabiar: El código Da Vinci, El club Dante, Lo bello y lo triste. Sentía la necesidad de crecer, de educarme, porque yo fui hasta séptimo grado, entonces hay un montón de cosas que me quedaron pendientes. Me fascina leer y ver cómo voy armando las imágenes con lo que voy leyendo”, confiesa.
–¿Le pesan más las giras y los viajes que cuando empezó?
–No, para nada, los sigo disfrutando muchísimo porque me gusta viajar y estar arriba del escenario. Hay días en los que tenemos mucho recorrido acumulado y quizá tenemos diez horas de micro de una ciudad a la otra y se hace pesado. Pero dentro del micro pido cuchetas para dormir (risas). En Europa nos manejamos en micro para no tener problemas con las huelgas o con los atrasos del vuelo.
–Se está despidiendo paulatinamente de algunos roles, por ejemplo de Romeo y Julieta o de Copelia. ¿Sigue firme la idea de retirarse a los 40?
–Sigo con la misma idea. Los roles que dejé de interpretar son un modo de cerrar una etapa. Uno fue descubriendo y aprendiendo de esos personajes y necesita cerrar esa obra y al personaje, pero disfrutando del momento, que no sea todo de golpe, que no sea un “basta, se acabó todo”, sin tener la posibilidad de pensar que fue lindo comenzar un Romeo, cuando no sabíacómo interpretar el último acto... Son como las etapas de la vida de uno que se van cerrando de a poquito.
–¿Cómo imagina ese retiro?
–Ahora ya no lo imagino. Dije que me retiraba a los 40 y lo sigo manteniendo sin ningún problema, pero como estoy disfrutando el momento, el día a día, cada función, no me imagino cómo sería. Quizá me gustaría despedirme con una temporada en el teatro Opera o en el Luna Park y hacer una gran función al aire libre y volver a juntar las 100 mil personas de la primera vez que lo hicimos. Eso sería maravilloso, pero cuando llegue ese momento veremos qué se hace.
–¿Y la vida después de los escenarios?
–A veces pienso que me tomaría un año sabático, que viajaría a lugares en los que estuve, pero no tuve posibilidades de conocer, y si de golpe, al mes... se me ocurre seguir trabajando... Por suerte tengo la fundación, el Ballet Argentino, la escuela, y con mi socio, Lino Patalano, el teatro Maipo. Además tengo la posibilidad de ser maestro del American Ballet y estoy invitado para estar dentro del Consejo de la Unesco sobre la danza.
–¿Hasta qué punto el hecho de pertenecer a una clase social, a la que no le sobraba el dinero, instaló en usted una “prepotencia” por el trabajo y el esfuerzo?
–Tiene que ver con una cuestión familiar, más que de clase social. Mi abuelo siempre fue muy trabajador, con mi abuela se hicieron la casa en Mar de Ajó y en Munro. Mi vieja tenía que salir a laburar mañana, tarde y noche, para poder mantener la casa y mis estudios. Fue una familia de trabajadores y no de laburantes quejosos. Ellos disfrutaban de lo que hacían. Todo eso influyó en mí. Mi abuelo era de esos que decían “si no es hoy, será mañana o pasado, siempre hay”. Nunca pensaba que uno luchaba en vano, al contrario, decía que había siempre un camino por delante. Esa actitud me marcó y quizás explica mi disciplina y constancia con el trabajo.
–En los roles que le exigían un compromiso emocional muy fuerte, como el tercer acto de Romeo y Julieta, ¿se acordaba de su abuelo?
–A mí me ayudó mucho hablar con Norma Aleandro o con Alfredo Alcón. Les preguntaba sobre lo que me costaba en la interpretación. Y una de las recomendaciones que me hicieron fue la de usar cosas que me hayan pasado en la vida para poder alcanzar esa emotividad. En el tercer acto, cuando encontraba muerta a Julieta, no es que me imaginaba, pero me acordaba de cuando vi a mi abuelo muerto en la cama. Para mí fue una imagen muy fuerte, al punto que salí corriendo a avisarle a la gente amiga que había muerto.
–¿Su abuelo lo vio bailar?
–No, porque murió cuando yo tenía 12 años. Me vio bailar en los escenarios del lago de Palermo, cuando tenía 8 años, con el grupo juvenil de danza de la escuela. Lo único que me acuerdo de esa función es que casi me caigo en el lago: en uno de los giros salté y lo vi cerquita (risas).
–Alguna vez, mientras estaba bailando en el escenario, ¿imaginó a su abuelo sentado en la primera fila?
–No. Pero a veces cuando estoy volando y hay turbulencias, suena loco, me tranquiliza pensar en él. Mientras otros rezan, yo pienso en él.
–Con los años y la experiencia, ¿se animó a transgredir la esfera de su intimidad, como cuando confesó su bisexualidad?
–Sí, pero quizá fue por cansancio, me cansé que siempre me hicieran la pregunta de un modo indirecto. Como Jorge Lanata fue directo, me pareció que ése era el momento de sacarme un peso de encima y no estar caminando por la calle con el temor a que me estuvieran siguiendo para agarrarme con la foto justa y cagarme la vida. La vida no me la van a cagar porque estoy tranquilo y mi carrera va más allá de mi bisexualidad. Tuve la posibilidad de blanquearlo y terminar con el tema.
–Coincidieron en el tiempo su “blanqueo” y el de Juan Castro y Fernando Peña. ¿Fue una necesidad generacional?
–Quizá fue un crecimiento para cada uno. Para mí fue como dar otro paso en mi vida, aceptar un montón de cosas, estar más seguro y confiado, que eso también me sirve para el escenario. Me pasaba que antes estaba seguro en el escenario, pero sentía que mi vida iba como detrás, cuando tiene que ser al revés: lo que hacés es parte de tu vida. En España nunca les interesó mi condición sexual, en cambio acá siempre me lo siguen preguntando.

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Bocca se va despidiendo de los ballets clásicos a medida que se acerca a los 40 años, cuando abandone la danza.
 
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