ESPECTáCULOS › JOAN MANUEL SERRAT, OTRA VEZ EN LA RUTA, DESPUES DE SUPERAR SU ENFERMEDAD

“Empezar de nuevo es estimulante”

El cantautor catalán se embarcó en una gira, Serrat 100x100, que antes de fin de año lo traerá a Buenos Aires. Después de haber derrotado un cáncer, se muestra en plena forma y dice: “He obtenido muchas enseñanzas de esta aventura”.

DESDE MADRID

Está tan saludable, tan pletórico, que parece que nunca estuvo enfermo. De hecho, cuando se le pregunta cómo está, meses después de la operación de cáncer de vejiga que lo obligó a interrumpir una gira muy ambiciosa, Serrat sinfónico, da la impresión de que él considera esa enfermedad como una herida cicatrizada por completo. Da vergüenza preguntar por la salud a alguien que ya no está enfermo. “Que no soy ex paciente, ¡coño, que ni siquiera soy paciente ya!” Pero no queda más remedio que preguntarle. Cuando anunció que estaba enfermo y que lo iban a operar, fue como si enfermaran al unísono varias generaciones de españoles y latinoamericanos que han vivido pendientes de sus canciones, haciéndolas suyas, convirtiéndolas en parte íntima de sus autobiografías.
Para hablar de lo que pasó antes y después de aquella operación, Serrat nos convocó un día muy especial, el último 28 de abril, cuando él tenía que ofrecer un concierto en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona.
Ante él, esa tarde, aparte de los médicos, los administrativos y los enfermeros, lo escuchaban sobre todo, y sin perderse una nota, emocionados, muchos enfermos que quizá estaban pasando por el mismo instante delicado que él ya sufrió. “Hemos pasado algunos por esto, y otros pasarán. Sólo el ánimo –dice al final de su concierto– nos convoca la suerte.” Sobrecogía, francamente, aquel ambiente, y todas las canciones llevaban dentro, en esas circunstancias, la carga simbólica que tiene en sitios así cualquier canto a la vida, y puede decirse que todas las canciones de Serrat son un canto a la vida. Cuando estaba a punto de entrar en aquel escenario del hospital, Serrat recibió una llamada, y respondía: “Aquí estoy, a punto de debutar (...) Estoy tan bien que al médico le da vergüenza comprobar el nivel magnífico en que me encuentra. ¡Esta está ganada!”.
Esta batalla está ganada. Hace cerca de dos años, cuando a Serrat le diagnosticaron el cáncer que le extirparon en noviembre, dejó el vino, un sacrificio que, en su caso, cuando se ha hecho viticultor con marca de vino en el mercado, era como la metáfora de un hachazo en el ánimo. Aquel Serrat mostraba en el rostro la ligera melancolía pálida de una incertidumbre. Pero se recuperó enseguida, y de pronto ahora es este artista saludable que se dispone a animar con su ritmo vital, y con sus canciones, a los enfermos del Vall d’Hebron.
Serrat aclara enseguida por qué salió aquel día de octubre de 2004 a contar que tenía cáncer: “¡Yo no quería contar nada a nadie!, eso que quede claro. A mí me diagnosticaron un cáncer, y tenía en curso un proyecto de conciertos, Serrat sinfónico. Y lo fui llevando a cabo sin que nadie, sólo los de mi cercanía, supiera qué pasaba; pero cuando el oncólogo me dijo: ‘Mire usted, cada mes que pasa es más grande la posibilidad de que se le produzca metástasis. Así que hay que operar’, suspendí la gira, y le dije a la gente: señores, me pasa esto. Y eso me obligó a suspender tres meses de gira: ni Estados Unidos, ni México, ni Argentina. Y había que dar una explicación de por qué yo colgaba los hábitos. Pero yo no quise contar nada; hubo que contarlo, simplemente, y traté de contarlo de la manera más concreta y natural, desdramatizando una historia que es sumamente corriente en nuestro alrededor, que la estás tocando con los dedos en tu cercanía”.
Pero no estuvo solo, claro. “Hay una parte importante en esta historia, que es el consuelo y la compañía que me dio la gente. He reconfirmado unos afectos que me han ayudado mucho a pasar este trago: amigos, desconocidos, medios de comunicación que han respetado esta situación, que no han aprovechado para hurgar en donde nadie tiene que hurgar, porque ésta es una situación personal e íntima”. Le escribieron miles de mensajes, algunos proponiéndole curaciones milagrosas; le enviaron medallas, piedras, estampitas: “Estas cosas no las pasa uno solo, las pasa con todoun entorno, y si uno estimula al entorno, éste le devuelve la jugada; así que muchas enseñanzas he obtenido de esta aventura”. ¿Y no hubo rabia, que algo así me pase precisamente a mí? “No. Jamás. Cuando el médico me dice cruda y duramente lo que me ocurre, y salgo a la calle y empiezo a ver gente pasar, y me digo: ¿y tú qué coño sabes lo que les está pasando a ellos? Probablemente aquella gente paseaba a mi lado dramas con los que yo no hubiera cambiado mi propia situación personal. Seguro que a algunos les hubiera dicho: no, oiga, que yo me quedo con mi mal, que el mío al menos es curable.”
Los médicos le recomendaron, dice, algo terrible: “¡Dejar de beber!”. Y fue espantoso. “Lo llevé bien, tomándome una copa a escondidas durante muchísimo tiempo. Realmente no es que yo sea un bebedor, pero el vino es algo que me gusta. Y también me impusieron una dieta. Nada importante. ¡Y no hacía falta que me dijeran lo fundamental: que siguiera activo! A mí no se me ocurrió en ningún momento que tendría que suspender la gira, no se me pasó por la cabeza, hasta que no hubo más remedio. Y en la época de tratamiento, pues yo hacía que los días de recuperación, que eran los más duros, no coincidieran con los conciertos que iba dando. Yo calculaba: el lunes me trato, así que el martes y el miércoles no estoy en condiciones, ¡pues el jueves actúo! Me organizaba, entre la clínica y el representante, para que la gira no fuera perjudicada. ¡Y cuando me operaron, enseguida que me desperté, aparte de preguntar cómo iba el Barça, lo primero que hice fue calcular cuándo podía reiniciar mis actividades artísticas!”
Serrat habla entonces de la gira que comenzó a principios de mayo. “Es volver a recorrer el mundo. A veces digo que hago las giras para encontrarme por ahí con los amigos y comer con ellos. ¡Comer y beber, qué coño!” Dijo que hasta que se sintiera totalmente restablecido no se subiría a un escenario. El anuncio de esta gira, su celebración, es mucho más importante que cualquier rueda de prensa sobre el estado de su salud, y el propio título, Serrat 100x100, parece un parte médico.
La música lo ayudó a sobrellevar este período de su vida, pero él tiene argumentos más sólidos para explicar que se siente pletórico. “Tengo unos hijos cojonudos y una mujer maravillosa, y unos amigos espléndidos, y el afecto de la gente.” Ahí está Yuta Tiffón, su mujer, una profesora de música que comparte con él, en esta mesa llena de manjares breves pero suculentos, la alegría de beber. Decía el poeta leonés Victoriano Crémer: “Dios, qué vida, da rabia beber sin alegría”. Tendría que ver el poeta la alegría de Serrat bebiendo ahora. Es como un forzado, y aunque parece relajado y feliz ante el vino y ante los manjares, tiene en la cabeza la gira que le va a confirmar a él mismo el estado de salud en el que se encuentra. La ha preparado concienzudamente, ha rehecho canciones para adaptarlas al nuevo formato musical (guitarra, piano, los instrumentos simples con los que empezó hace cerca de cuarenta años). “Hemos tenido que desnudar todo tipo de acompañamiento; dejar la canción, yo no diría que en paños menores, porque las canciones sí que están siempre en paños menores, pero algo así. Ha habido que recantarlas otra vez. Sí, es como empezar de nuevo, y es, bueno, es estimulante. La sencillez es arriesgada, pero es tan arriesgado cantar así, con las canciones desnudas, como cantar con el tremendo arropamiento de la sinfónica. Lo importante es hacerlo bien.”
Deja un mensaje, antes de empezar a cenar: “Le diría a la gente que no esté tan preocupada por mí, que estoy bien, de verdad; que les agradezco mucho la preocupación que me han expresado, y que la entiendo, pero que si estuvieran en mi piel dirían: ‘Pero, ¿y éste, éste es el que dicen que ha estado enfermo? Hombre, éste está muy saludable. ¡Que se ponga un poco enfermo, por favor!’”. Cuesta verlo triste, y puede estar melancólico. Su naturaleza es la alegría. “¿Qué me pone alegre? La alegría de mis hijos. Comerme un melocotón. Que el Barça gane.” En la cena anunció que le iban a dar al día siguiente un premio en Asturias, e improvisó con la letra deuna canción suya sobre los recuerdos de la infancia, Cançó de breçol, una crónica de lo que le esperaba al día siguiente en Oviedo: “Por la mañana, papaya; / al mediodía, jamón; / por la noche, fabadita. / ¡Anda y duerme, trocotrón!”.

* Extratos de El País Semanal. Especial para Página/12.

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“Le diría a la gente que no esté tan preocupada por mí, que estoy bien, de verdad.”
 
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