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La simulación

¿El verano mismo no es una simulación? ¿Los adolescentes no tiñen sus conquistas de aventuras, no se esconde la edad como si fuera un talismán, no se juega a ser otro por esos pocos días de descanso? ¿Por qué no colarse en alguno de esos terrenos reservados para Personas Muy Importantes –es decir Clientes de Grandes Billeteras– y disfrutar de los goces que allí se ofrecen?

 Por Marta Dillon

Es como si los propios pasos se amortiguaran a medida que un pie y el otro se apoyan, sin discreción alguna sobre los escalones, como si el material de que fueron hechos –listones de madera clara, pino curado hasta parecer otra cosa– estuviera destinado a digerir las estridencias y transformarlas en susurros. ¿O será la sonrisa amable de quien cree que está atendiendo a un cliente Vip? Ser muy importante tiene sus privilegios, calzarse el mote y pisar sus lugares sagrados como si una fuera tan importante no es para despreciar. Así sucede, por ejemplo, con esto de encontrarme en una caseta de masajes, del mismo material de la escalera, luz y sombra entre los listones para ayudar a un mareo de rayas que hipnotiza, facilita tenderse boca abajo y dejarse untar por quien sabe de esto, con alguna crema con menta que lleva las manos aquí y allá; en los pies, donde ahora todos saben que están todas las terminales nerviosas del cuerpo humano; en el cuello, donde siempre supimos que se alojan las tensiones de la vida cotidiana, y en la cabeza, en la cabeza la presión de los dedos sobre puntos estratégicos que no sé muy bien a qué remiten pero me dejan así tendida. Ahora boca arriba, una toalla blanca cubriendo pudorosamente la falta de otra ropa, el sonido del agua, constante un poco más allá, debajo del deck de madera, donde corre en una fuente sin fin, no como el tiempo, aunque su pretensión es simularlo, porque el tiempo no se recicla y si esta agua dejara de moverse, o se perdiera de su contorno, no duraría el movimiento más de un suspiro. ¿Sabrá el masajista que no soy tan importante como supone cualquiera que cruce la sagrada valla de la joven de sonrisa y computadora en plena playa de Cariló? Que estoy aquí sólo simulando que este placer me corresponde, que por un rato formo parte de la gran simulación del verano en la costa atlántica con sus marcas auspiciando eventos y sitios que en esta temporada encontraron su auge en otra simulación, la de la adscripción a las disciplinas orientales para la salud y relax: shiatsu, sushi, reflexología, meditación, yoga y jardines zen. ¡Los jardines zen fueron furor entre los regalos de fin de año! Proporcionales al tamaño de la empresa que los entregó, arena, piedras, soporte y rastrillo perfectamente envueltos y fundamentados aun a sabiendas de que ningún regalo empresario, por muy bueno que sea, servirá a sus clientes para ninguna otra meditación que la de las cuentas o el provecho que se pueda obtener del intercambio con dicha empresa. Y sin embargo allí fueron los jardines secos, con su explicación sobre el valor de las piedras como experiencias, sean buenas o malas –siempre enseñan–, de la arena de cuarzo como sustento y transformadora de energía –como se transforman las semillas en la tierra y hasta los cuerpos, cuando vuelven a ella– y el rastrillo, como ese que abre los caminos que se transitan a diario, que se pueden cambiar, borrar y volver a dibujar, aunque en ese trance se vayan acumulando cada vez más piedras entre las líneas. Jardines zen como muestra de opulencia, a pesar de que hace al menos seis siglos hayan nacido como una manera de conjurar la restricción.
Cuenta la historia que hacia principios del siglo XII las parcelas de tierra en Japón comenzaron a ser cada vez más pequeñas y que los jardines secos, con pequeños ojos de agua destinados a alimentar sólo la vista, nacieron como necesidad de inducir la sensación de grandes ambientes. Con arena cuidadosamente rastrillada, piedras, agua en algunos casos, alguna caña de bambú en otros, se podían crear escenarios esenciales –los picos de las grandes cumbres asomando entre las nubes, las islas en el mar, una manada de tigres tratando de cruzar un río, desde el período Kamakura, en 1185, hasta el período Muromachi, que terminó en 1573, se pueden encontrar cientos de explicaciones– que ayudaran a la mente a desenredarse de sus pensamientos para dejar ¿hablar? a la pura percepción. El principio fundamental era evitar las distracciones, porque de eso, dicen, se trata el zen, de caminar cuando se camina, sentarse cuando toca sentarse, pero sobre todo, no titubear. Ir derecho al punto y después dejar que la mente fugue, que se calle, que no complique las cosas simples de las que se alimenta esta filosofía. Porque, para los maestros zen, sólo se halla todo cuando se pierde todo; el entusiasmo se encuentra en la riqueza del vacío. Ahí está el sentido innato de la existencia –¿la nada misma atravesada por la evidencia?
Y si el zen lo que propone es tomar conciencia de que realmente no se tiene nada y que nunca se ha tenido nada: “Nada que dar, nada que recibir, nada que perder y nada que ganar; ser exactamente así de pobre y sin embargo ser rico en posibilidades inagotables”, según el maestro zen Ummon, ¿qué hacen las empresas regalando jardines zen para sus mejores clientes? ¿Será un eufemismo, un anticipo, una manera de revalorizar la experiencia de la pérdida que dos años atrás parecía desquiciante y hoy se ha transformado en temporada feliz y sin cupos en las playas? ¿Qué diría Muso Soseki, sacerdote zen y creador del más bello jardín de rocas de Kyoto, si supiera que esas pocas cosas que él dispuso para ayudar a la mente a encontrar su blanco se han convertido en objeto suntuario, en puesta en escena del relajo para gente que, en general, no lo necesita y que además usa el jardín zen para leer revistas y diarios de actualidad? ¿Se levantaría de la tierra que lo cobijó en 1351, después de haber quitado la piedra número 16 del jardín más famoso de Kyoto sólo porque el emperador de entonces la alabó especialmente por sobre las otras 15? “Así está perfecto –dijo al retirarla–, no existe nada que sobresalga y así puede ser visto en toda su armonía. Un jardín, como la vida, tiene que ser visto en su totalidad. Si nos detenemos en la belleza de un detalle, el resto parecerá feo.”
Así es como se ven de feos los pies sin tratamiento de belleza de esta simuladora que come sushi como si perteneciera a este lugar en el que los pasos descalzos no se escuchan como sí se escuchan las marcas de cada cosa que se consume, aunque sea té oriental o agua cristalina. Pies que pueden parecer un detalle de esos que distraen de la fantasía de dejarse servir porque total de eso se trata el placer algunas veces, dejar que las cosas lleguen, levantar un poco la voz si es necesario, ver el mar a lo lejos, a una distancia perfecta que lo hace apetecible pero no llega ni el frío ni el viento, ni la aglomeración de la orilla. Aquí, en este oasis de paz llamado jardín zen, aunque no sea más que una terraza de madera donde todo se detiene, el pensamiento puede hacer silencio sólo para engendrar el germen de otro, nítido, preciso, tanto como las piedras –experiencias– que se rodean de huellas de rastrillo sobre la arena que todo lo transforma. Ese pensamiento –¿o percepción?– es claro y habla. Dice: huyamos de aquí antes de que se den cuenta.

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