SOCIEDAD › LUCAS RUBINICH, SOCIOLOGO E INVESTIGADOR

“La política no es sólo administración sino también invención”

Los espacios transversales y progresistas son posibles, pero hay que tener cuidado con no repetir los problemas del Frepaso. Rubinich, veterano de ese grupo, señala la tentación del eficientismo, de despolitizar la cuestión social y caer en “filtraciones neoliberales”.

 Por José Natanson

Para Lucas Rubinich, la construcción de un espacio transversal de centroizquierda es posible, siempre y cuando no caiga en los errores del Frepaso. “Se había incorporado una mirada vinculada a una especie de eficientismo democrático, muy pegado a una idea desproblematizadora de la desigualdad social, que ponía el acento exclusivo en la corrupción y la eficiencia de las instituciones”, critica Rubinich, director electo de la carrera de Sociología de la UBA y responsable de la revista Apuntes de Investigación. En diálogo con Página/12, Rubinich también analizó el discurso de Néstor Kirchner y cuestionó a quienes critican la retórica del Presidente.
–El viernes Aníbal Ibarra, Hermes Binner y Luis Juez lanzaron en Córdoba un espacio político común. ¿Tiene lugar un espacio de perfil progresista que articule con el Gobierno sin formar parte del PJ?
–Siempre hay espacio. Lo que ocurre es que la experiencia anterior de los espacios alternativos, la tercera fuerza con características progresistas como fue el Frepaso, tuvo resultados poco satisfactorios. Y esto tuvo que ver con que si bien los dos grandes partidos fueron inficionados por el discurso neoliberal, lo fue mucho más el Frepaso. Ciertos sectores intelectuales y políticos incorporaron una mirada que andaba circulando por el clima internacional, que tenía que ver con una especie de eficientismo democrático, muy pegado a una idea desproblematizadora de la desigualdad social, que ponía el acento exclusivo en la corrupción y la eficiencia de las instituciones. Un ejemplo concreto es la reivindicación de cierta forma de anticorrupción. Por ejemplo, cuando en algunos programas de televisión progresistas se reivindicaba el no cobro de honorarios por parte de algunos funcionarios municipales. Eso, que puede parecer una cuestión trivial, es un elemento fundamental. Si bien es cierto que la derecha neoliberal insistía sobre ese tipo de cosas, fue complicado que ese sector, del cual, aclaro, yo mismo participé, levantara esas banderas. Fue un proceso de despolitización de la cuestión social. Era la agenda básica del clima de los tiempos neoliberales y dejaba de lado elementos importantísimos de las grandes tradiciones políticas argentinas.
–¿Como cuáles?
–Ciertas formas políticas clásicas que, con todos sus problemas, siguen siendo productivas. La forma del partido, la forma democrática en el interior de un partido. El Frepaso recogía ciertas propuestas individualistas acerca de los mejores, de los mejores santificados por los medios de comunicación o por actividades que trascendían a la política. No fue sólo una cuestión menemista incorporar outsiders. Otro ejemplo de esto, no en el Frepaso pero sí en la sociedad, son algunos liderazgos alternativos absolutamente legítimos que surgían de experiencias de la sociedad civil.
–¿Por ejemplo?
–La nueva filantropía, las ONG encargados de ayudar a sectores castigados. Independientemente de que estas personas lo hagan sinceramente, eso, de manera estructural, nos devuelve a muchas décadas atrás. Una cosa es ser ayudado en tanto pobre y otra es ejercer los derechos de ciudadano. Una cosa es que una ONG, sinceramente insisto, encuentre los medicamentos que alguien no puede conseguir, y otra es ejercer el derecho a la salud en un hospital.
–¿No fueron respuestas coyunturales a situaciones de crisis?
–Sí. Pero también se trabajó ideológicamente sobre esto, y se promovió una mirada antipolítica. Pero ahora el clima ha cambiado. Con todas las situaciones problemáticas en torno a Kirchner, hay que admitir que volvió a revalorizar la política. La idea de un administrador, que sólo está dispuesto a hacer lo posible, sin problematizar ciertas relaciones, aparece, al menos en términos simbólicos, dejada de lado. Eso es rescatable. Es cierto que hay una coyuntura internacional favorable, unrelativo agotamiento del discurso neoliberal, una situación económica internacional más favorable. Pero en este contexto se puede reaccionar de una manera u otra. Y Kirchner actúa revalorizando la política.
–¿Qué significa en concreto?
–Que la política no es sólo administración sino también invención. No digo que Kirchner sea un utopista, sino que en un contexto de tanta degradación retoma ciertos elementos de productividad y de invención.
–¿Qué es lo novedoso del discurso de Kirchner?
–Lo primero es la revalorización de la política, la idea de que la política puede servir para algo. Las consecuencias de la antipolítica, ese discurso que circula por las ONG, por los analistas neoliberales, pensaba la política como un espacio de pura administración, de alta gestión, de la cosa dada. Y, por otro lado, esta revalorización de la idea de nación, que es importante para esa noción cultural de pertenencia a un espacio común.
–¿No es una idea arcaica en un momento de desdibujamiento de las fronteras nacionales? ¿No es contradictoria con algunos objetivos, por ejemplo con el de profundizar la integración regional con Brasil?
–No me parece. La revalorización de una historia, de una tradición, permite una construcción política exitosa. Es políticamente productiva. Kirchner lo hizo en una clave que podía haber sido utilizada por cualquiera de los dos grandes partidos, que tuvieron en algún momento una mirada que reivindicaba la soberanía nacional. Por otro lado, creo que no es contradictoria esta mirada con las corrientes de integración. La integración al Mercosur y la identidad nacional no son contradictorias.
–Kirchner apela a la idea de nación, pero lo hace desde el peronismo, el mismo partido que durante los ‘90 aplicó un programa opuesto ¿Cómo analiza esta relación?
–Con ciertos fundamentos, los analistas, tanto los neoliberales como los provenientes de la tradición progresista, miraron con desconfianza un fenómeno como el peronismo, que no se adecuaba a las formas ideales. Las nuevas formas de la política no pueden dejar de lado tradiciones significativas de los grandes partidos. Y el peronismo, igual que el radicalismo, tiene esas tradiciones. Es un partido nacional donde confluyen perspectivas ideológicas diferentes. Entonces no me parece raro que de un partido nacional y complejo aparezca una mirada contradictoria con la anterior. Son formas políticas que integran miradas diferentes, pero se desprenden de una misma tradición. Yo no me asustaría tanto, no haría una comparación tan rápida con el PRI. Efectivamente se desacomoda de un modelo ideal de sistema político democrático. Lo que está ocurriendo es que los dos grandes partidos entraron en crisis y se están recomponiendo. Lo hacen de manera diferencial, expresando de manera diferente a distintos sectores de la población. Eso también contiene una perspectiva democrática, por más que aparezca todo dentro del peronismo.
–¿Y el riesgo de la hegemonía?
–Hay una necesidad coyuntural de pensar más hegemónicamente por parte de Kirchner. Necesita construir un espacio propio, que puede diferenciarse formalmente del PJ o no. Las luchas internas de los partidos tienen que ver con ciertas formas de democracia. Y que los partidos no funcionen de manera abiertamente democrática no habilita para censurar esas formas, que, por más que estén en crisis, posibilitaron, entre otras cosas, la llegada a la política de personas de diferentes niveles culturales y sociales.
–¿La posibilidad de que el PJ ocupe la totalidad del espacio político no es un riesgo?
–Quizá sí. Hubo, por ejemplo, un deterioro fuerte del progresismo de centroizquierda. Y la posibilidad de coptación por parte de Kirchner existe. Hay espacios que se mantienen, como el ARI o el Partido Socialista, y es lógico que sea así. Pero en las sociedades contemporáneas los partidos engloban, incluyen diferentes miradas. Con el peronismo hay que abandonar ciertos prejuicios para el análisis. Fue un actor relevantede un período complejo y como tal tuvo dioses y demonios. Pero hay que bajar los decibeles. Se ha reestablecido cierta mirada, sobre todo en el momento previo a la asunción de Kirchner, de progresismo gorila. Fue significativo que sectores que navegaron en un democratismo con tintes progresistas miraran con simpatía candidaturas como la de López Murphy.
–Otro de los cuestionamientos es el supuesto exceso retórico del Presidente. ¿Qué opina de esta crítica?
–Me llama la atención cuando escucho a algunos amigos e intelectuales preocupados por la retórica exitista de Kirchner. Hubo un gran proceso de transformación en el mundo intelectual y cultura. Desde ya en aquellos intelectuales identificadas con el neoliberalismo, pero también desde nuevas generaciones, y también en muchos identificados con cierta retórica progresista. Se hicieron intentos legítimos por pensar nuevas formas. En la transición, por ejemplo, la reivindicación de la democracia, que es importante, a veces cayó en el posibilismo. El margen de maniobra para la política como un espacio de invención quedó reducido. Esta mirada es heredera de ese reconocimiento de los poderes como algo infranqueable. Y yo creo que éste es justamente uno de los elementos más rescatables de Kirchner, esa capacidad de la política de salir de esa medición casi milimétrica de las consecuencias que podría tener decir algo fuera del sentido común hegemónico. Es saludable que se salga del sentido común hegemónico. Tampoco es cuestión de pensar que por esto va a haber grandes catástrofes.
–El argumento es que la retórica juega en contra de algunos objetivos del Gobierno, por ejemplo en la renegociación de la deuda.
–Es una mirada técnica, demasiado inmediatista. Hay consecuencias estructurales que no se solucionan con el discurso. La desestructuración de la sociedad no se va a solucionar con un discurso. Pero se genera algo. Y uno tiene que complejizar el análisis y comprobar que no es lo mismo una situación que la otra. Antes de la existencia de este discurso había una serie de mínimas condiciones, existían indicadores culturales diferentes a los de ahora. Esto tiene que ver con cierta aceptación y confianza, va de la mano de un discurso que pone nuevamente la cuestión de la nación como un objetivo central. Creo que no produce demasiada irritación, y que en cambio genera algo que está atado con alambre, pero que existe: la reconstitución simbólica de la pertenencia a una nación.

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