SOCIEDAD

Los cartoneros que juntan madera de la calle para fabricar muebles

Son siete y organizaron una cooperativa. Aprendieron el oficio.
Ahora reúnen maderas, diseñan y fabrican muebles con sus propias manos. Los domingos los venden en la Feria Artesanal de Mataderos.

Cuando llegan las ramas, los carpinteros se paran ante ellas e idealizan algún mueble sugerido por sus recorridos sinuosos. “Miramos las cosas”, explican. Visualizan una silla, una mesa, un sillón que para ellos ya están cifrados en las ramas intrincadas y arbitrarias. El mismo arte emplean al hacerse de noche, cuando se dedican a cartonear por las calles porteñas. Desde hace un año, en el marco del programa de Recuperadores Urbanos de la comuna, siete personas se aferran a los restos de árbol dejado por el podado público para ascender en lo laboral. Poseen un taller en Villa 20, del barrio de Lugano, donde trabajan como cooperativa.
“La gente se fue. Era por el monetario que venían”, considera Gustavo Orellana, uno de los artesanos. El taller de Carpintería del programa de Recuperadores Urbanos empezó en abril del año pasado. Habían asistido a la convocatoria 20 personas de Villa 20 y Villa Soldati. “Por eso la cooperativa se llama Sol 20”, explica Cristian, que con 19 años es “el benjamín” del grupo y “el cerebro” en el diseño de muebles. Y es el único que queda de Soldati. “Fue instantáneo. Cuando nos dijeron que se acababa el plan, muchos se levantaron ahí nomás y se fueron”, dice Cristian. Al final, quedaron siete. “El plan” es un subsidio mensual de 200 pesos que les entregaba el programa Nuevos Roles. Lo cobraron por seis meses y no fueron prorrogables. “Ahora vendría bien esa plata. Pero bueno, es lo que hay.”
Quien habla es Reina Maqueira, que con 66 años se dedica a trabajar las maderas. No es extraño que con su edad, que en otra escala social la coronaría como adorable abuela, esté junto a jóvenes lidiando con clavos, martillos y sierras. “De chiquita trabajábamos con mi familia monteando con hacha en Nuevo París, Uruguay”, cuenta. Vino a la Argentina en la adolescencia y aquí nacieron sus dos hijos y sus cuatro nietos. “Para mí afuera ya no hay nada”, advierte la mujer adentro del taller. Nota que en este microemprendimiento “falta poco para la orilla. Te da cosa”. Según Reina, el deseo de éxito se debe a que “todos hinchamos para el mismo lado”, y que “lo que tenemos que decir lo decimos todos los días”. “Si salimos es por nosotros”, asegura Gustavo. Hasta que el emprendimiento pueda brindarles sustento, los carpinteros tienen que seguir cartoneando. También reciben “la caja”, un paquete de alimentos que se les entrega una vez por mes en la villa.
Explican que sus muebles están hechos con “árboles de la calle. Lo que me tiene contento es eso. No tenemos que gastar plata en la materia prima”, dice Gustavo. La mayoría son plátanos, “que son de madera dura, también hay cedros”, indica. Son cedidos por la Dirección de Espacios Verdes, que los deja en el Parque Iberoamericano, cercano a la villa. Es el único uso que se puede dar a esas ramas, que de otra manera serían quemadas o enterradas. Van a buscarlas en carro, a pie, o con una camioneta que les presta la comuna. “También tenemos que alquilar una motosierra”, cuenta Gustavo. Les cuesta 65 pesos, que extraen del fondo común que conformaron cuando tenían el plan. Con ese dinero financian el flete que todos los domingos lleva los muebles a la Feria de Mataderos.
En el puesto, la vendedora es Reina, que para cobrar “le miro la cara al cliente”, bromea con su gorra de un equipo de rugby estadounidense. “Te matan a preguntas, tocan el cuero de los respaldos y se fijan que sea de buena calidad, que no se vean los clavos. Quieren que las cosas estén perfectas.” Con tanta exigencia, “nos felicitan muchas veces. Todos paran a ver”, agrega Reina. Cada semana reciben pedidos que rondan los 500 pesos. Reparten una porción de ganancias y destinan el resto al fondo común, para mejorar las herramientas. De hecho, en una mesa hay instalada una sierra que en realidad es de mano, milagro del ingenio acorralado.
“Lo que no falta es ingenio”, redunda Gustavo, que señala a Cristian. “Mucha inventiva tiene. El piensa y nosotros lo hacemos. Saca las medidas justas a las maderas. Cuando algo no sale bien le da vueltas, le sale humo del cerebro”, ilustra. Desarmado ante tanto halago, Cristian se defiende: “Jamás hice nada de carpintería. A lo sumo usé el martillo”.Gustavo, pese a la eficiencia con que obra las maderas, sostiene que “todavía me siento aprendiz. Quiero lograr detallada y perfectamente lo que yo quiero, sin defectos”. Es porque “si lo hacés bien, vas a tener siempre trabajo”. Esta experiencia la obtuvo de uno de sus oficios, que conoció a los 12 años. “Toda mi vida hice changas de albañil. Después, mayormente fue cartonear”, dice. Reina, para no dejar dudas de su profesionalidad, aclara que “ningún mueble está mal hecho. Son rústicos”.
Orgulloso, Gustavo muestra lo que más le gusta hacer en madera: casas de pajaritos. En Villa 20, hacen y reparan bancos, estantes y muebles para una salita, una biblioteca y una escuela. En las paredes del taller tienen fotos de la primera silla que hicieron. Hay otra de Cristian, sentado ante un papel masticando un lápiz, titulada “El cerebro”. También, un poco oculto, está el infaltable poster de la rubia modelo Verónica Manso, posando en corpiño y bombacha. “Esa es la inspiración de Cris”, se lava las manos Gustavo. “Antes estaba más a la vista –cuenta Cristian–, pero la despegaron para poner en ese lugar el botiquín.”

Informe: Sebastián Ochoa

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Gustavo Orellana; Maxi, coordinador; Cristian, el cráneo;Reina Maqueira, y Mercedes, coordinadora.
 
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