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Domingo, 24 de marzo de 2002

Engranado

Dilema: Seguir el consejo de Henry Ford de pagar buenos salarios para vender más o el de los neoliberales de no dar aumentos por miedo a la hiperinflación.

Por Roberto Navarro

Henry Ford decía a principios del siglo pasado que les pagaba bien a sus empleados para que pudieran comprar los autos que él vendía. La posición del Gobierno y del establishment económico local es al revés: las empresas no pueden aumentar salarios para mantener el poder adquisitivo de los trabajadores porque no venden nada. ¿Cuál será la receta adecuada?
El consenso de los economistas es que con un dólar arriba de 2,50 pesos la inflación anual será, como mínimo, de un 50 por ciento. De esta manera, si los salarios siguieran planchados durante el 2002, los trabajadores perderían la tercera parte de su poder adquisitivo. El equipo económico no quiere ni oír hablar de aumentos salariales porque dice que potenciarían la inflación y que la mayoría de las empresas está más cerca de echar gente que de subir sueldos. Pero, luego de una década de reducción de la dotación de personal y de fuerte caída de ingresos, los salarios sólo participan, en promedio, en el 13 por ciento de los costos empresarios. Es decir, un aumento salarial de un 10 por ciento sólo incrementaría los costos de las compañías en un 1,3 por ciento. De no concretarse una recomposición de salarios, la brutal caída del poder de compra desembocará en una depresión aún más profunda.
La masa salarial entre sueldos públicos y privados, jubilaciones y pensiones suma 90 mil millones de pesos anuales. La mayor parte de ese dinero se vuelca al mercado interno. Si esos ingresos no se actualizan, con una inflación del 50 por ciento se le estaría restando al alicaído mercado doméstico más de 40 mil millones de pesos de consumo. El ministro de Economía y los neoliberales aducen que si se impulsara un aumento salarial se abriría la puerta a una puja sectorial que alimentaría aún más la inflación. Pero el actual proceso inflacionario está sustentado en el aumento de costos de producción que generó la devaluación. Y un eventual incremento salarial sumaría muy poco en esos costos. Tampoco generaría aumentos de precios por mayor demanda porque las empresas tienen una enorme capacidad ociosa. Por el contrario, un aumento de las ventas reduciría los costos fijos en relación con la facturación.
El último dato que registra el Indec sobre la participación de los salarios en los costos de producción data de 1997. En ese año los ingresos de los trabajadores significaban, en promedio, el 16,4 por ciento de los costos empresarios. Pero en el último lustro el mismo Indec registró una caída salarial promedio del 22 por ciento y una baja del resto de los precios de la economía del 4 por ciento. Es decir que en la actualidad la participación de los salarios en los costos de producción sería de aproximadamente un 13 por ciento.
Se estima que la inflación del primer trimestre del año rondaría el 10 por ciento. Para recomponer rápidamente esa caída y no profundizar la recesión habría que incrementar los salarios de marzo en la misma proporción. Para las empresas significaría un costo adicional del 1,3 por ciento respecto del mes anterior. Para muchas pymes, aun ese mínimo aumento, será difícil de cumplimentar. Pero no hacerlo significará para esa misma empresa menores ventas durante abril. Así se vuelve al dilema que abre la nota. Seguir el consejo de Henry Ford de pagar buenos salarios para vender más o el de los economistas neoliberales argentinos de no dar aumentos mientras no se incrementen las ventas.
Hay sectores para los que una eventual alza salarial resultaría en un incremento de costos ínfimo. Para Siderar y Aluar, por ejemplo, el costo salarial actualizado es de apenas el 6 por ciento. Aumentar los jornales de sus trabajadores un 10 por ciento sólo subiría sus costos un 0,6 por ciento. Lo mismo ocurre con los sectores de química y agroquímica. Para las empresas de servicios privatizadas el costo salarial promedia el 7 por ciento. Otras compañías que vieron caer fuertemente sus costos en salarios son las productoras de alimentos, como Molinos y Arcor, entre otras, que acaban de aumentar el precio de los bienes que comercializan en más de un 30 por ciento. Lo mismo ocurre con las compañías que exportan gran partede su producción, que redujeron los costos salariales en dólares en un 60 por ciento tras la devaluación. Para las petroleras el costo salarial está por debajo del 4 por ciento.
Para Javier Lindemboim, director del Ceped, “la única manera de reactivar la economía es aumentando la demanda y para eso es necesario recomponer salarios”. Según el economista, un aumento en el ingreso de los trabajadores no alimentará la inflación. “El proceso inflacionario lo produjo la devaluación; una suba de salarios sólo significaría defender el poder adquisitivo anterior a la salida de la convertibilidad, que ya se había deteriorado fuertemente en los últimos años.”
La posibilidad de una recomposición salarial abrió un debate dentro de la Unión Industrial Argentina. Juan Carlos Lascurain, empresario metalúrgico y miembro del comité ejecutivo de la entidad, afirmó a Cash que “en este momento es imposible hablar de aumentar salarios. Lo que tenemos que hacer es crear trabajo; luego los ingresos se irán recomponiendo gradualmente”. En cambio, Norberto Eiris, fabricante de matrices para producción de videos y titular de la UIA de San Luis, opinó que “si no se busca una recomposición de ingresos vamos a una eclosión social. Con salarios congelados habrá más recesión, menos producción, menos trabajo y caída del consumo. Una espiral perversa que hay que detener”.
Con una devaluación de la moneda de un 30 por ciento y una inflación de un 15 por ciento podía haberse postergado un aumento salarial. Con un dólar por encima de los 2,50 y una inflación estimada en más de un 50 por ciento un congelamiento de salarios tendrá un efecto de pobreza devastador. Luego de la disparada del dólar, los exportadores de alimentos explicaron que debían aumentar el precio de la harina, el aceite y otros productos porque se regían por parámetros internacionales; otras empresas justificaron sus ajustes de precios en el incremento de los insumos importados; las compañías de servicios privatizadas explicaron que es imposible mantener el actual esquema tarifario porque tienen fuertes pasivos en dólares; los bancos necesitan indexar los créditos para poder actualizar los fondos de los depositantes. ¿Los trabajadores no necesitan del mismo modo recomponer sus ingresos para mantener su ya deteriorado consumo?

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Salarios Devaluacion

El equipo económico no quiere ni oír hablar de aumentos salariales porque dice que potenciarían la inflación.
Y que la mayoría de las empresas está más cerca de echar gente que de subir sueldos.
Los salarios sólo participan, en promedio, en el 13 por ciento de los costos empresarios.
Entonces, un aumento salarial de un 10 por ciento sólo incrementaría los costos de las compañías en un 1,3 por ciento.
De no concretarse una recomposición de salarios, la brutal caída del poder de compra desembocará en una depresión aún más profunda.
La masa salarial entre sueldos públicos y privados, jubilaciones y pensiones suma 90 mil millones de pesos anuales.
Si esos ingresos no se actualizan, con una inflación del 50 por ciento, se le estaría restando al alicaído mercado doméstico más de 40 mil millones de pesos de consumo.

 
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