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Domingo, 17 de julio de 2005

JAMES MORRIS, DIRECTOR DEL PROGRAMA MUNDIAL DE ALIMENTOS DE LA ONU

“El círculo de la pobreza”

De los 850 millones de personas que pasan hambre en el mundo, más de 300 millones son niños. Por sólo 25 euros se puede alimentar a un niño en la escuela durante todo un año.

Por Monica C. Belaza *


James Morris (EE.UU., 1943) lleva tres años al frente de la mayor agencia de ayuda alimentaria del planeta. El Programa Mundial de Alimentos de la ONU, creado en 1963, ha distribuido hasta la fecha 47 millones de toneladas de comida. En 2004 alimentó a 113 millones de personas. Aun así, se calcula que 25.000 mueren de hambre cada día: es decir, 9 millones al año. A pesar de estas desalentadoras cifras, Morris confía en que, con una mayor inversión de los gobiernos, se puede alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio planteados por la ONU en 2000, encabezados por la reducción a la mitad del hambre y la pobreza para 2015.

¿Cuál debe ser la prioridad en estos momentos para erradicar el hambre?

–De los 850 millones de personas que pasan hambre en el mundo, más de 300 millones son niños. Si se acaba con el hambre infantil, muchos de los Objetivos del Milenio se podrían cumplir, como reducir la mortalidad infantil y el sida. Por sólo 25 euros se puede alimentar a un niño en la escuela durante todo un año y el cambio que esto va a suponer en su vida es increíble.

¿En qué consiste ese cambio?

–Todo a su alrededor se transforma: disminuye el número de hijos que va a tener, aumenta su esperanza de vida. Si un niño está bien alimentado, se reducen a la mitad sus probabilidades de sufrir sida. Y las niñas, en vez de tener hijos a los 11 años, los van a tener a los 20. Así se rompe el círculo de la pobreza. Los niños, en lugar de ser un problema, pasan a participar en la vida económica del país.

¿Cómo se unen alimentación y educación?

–De los 56 millones de niños que alimentamos el año pasado, a 18 millones se les dio la comida en la escuela. Así se consigue que sus familias los lleven. En Dodoma (Tanzania), en una escuela con 400 niños, después de implantar el programa había 800. Y un 22 por ciento de ellos pasó al segundo grado, frente al 4 por ciento que lo hacía antes.

¿Y en los países en los que las niñas no suelen ir al colegio?

–A través de la comida también estamos consiguiendo que más niñas reciban educación. En Pakistán, por ejemplo, el número de niñas escolarizadas se ha triplicado. Se les da aceite en la escuela para que lo lleven a sus casas, con lo que se logra un doble efecto. Por un lado, las familias que antes dejaban a las hijas en casa cortando madera o buscando agua, las envían al colegio. Por otra parte, el status de la niña dentro de la familia mejora, ya que se vuelve proveedora.

¿Dar alimentos directamente no genera dependencia?

–Sólo proporcionamos comida a las personas que están en situaciones extremas: emergencias, madres embarazadas o lactantes, niños, enfermos de sida. Pero no estamos en sitios donde no hacemos falta. En China, por ejemplo, acabamos de cerrar nuestro programa. Pero la comida directa muchas veces es necesaria para romper el círculo de la pobreza del que hablaba antes. Porque sólo las personas alimentadas pueden trabajar y desarrollar su comunidad.

¿Cómo funcionan los programas de alimentos por trabajo?

–Damos comida a los campesinos, por ejemplo, mientras ellos trabajan preparando los sistemas de irrigación, que son los que les van a permitir ser autosuficientes y producir sus propios alimentos.

¿De qué manera incide el sida en los proyectos que impulsan en Africa?

–La alimentación debe ser una prioridad en la lucha contra esta epidemia. Cuando das alimentos a los enfermos se alarga su esperanza de vida. Pero no sólo hay que dar comida. Unos ocho millones de granjeros, más de los que hay en todo EE.UU. y Canadá, han muerto y los niños ya no tienen con quien aprender a cultivar. Hay 14 millones de huérfanos a los que hay que enseñar a trabajar la tierra para que en el futuro puedan alimentarse por sí mismos.

Algunos países han rechazado alimentos de su programa por ser transgénicos. ¿Los siguen utilizando?

–Nuestra política es la siguiente: cuando compramos comida, pedimos al país vendedor que certifique que esos alimentos son aptos para el consumo de sus propios ciudadanos. Después, verificamos que cumplen los requisitos de calidad y seguridad de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la OMS (Organización Mundial de la Salud). Cuando los ofrecemos al país receptor, les damos toda la información que tenemos. Y los países pueden aceptarlos o no. Si no los quieren, los utilizamos en otro sitio.

* De El País, de Madrid. Especial para Página/12.

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