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Domingo, 23 de noviembre de 2008

EL BAUL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Cuenta sencillita

Hace algunas décadas resolví aprender economía del bienestar con E. J. Mishan. Yo era entonces joven y estudioso. Tuvimos una entrevista y me preguntó qué pasaría si, en la conocida fórmula del multiplicador, 1/(1-c), es c = 1. Me pareció una pregunta capciosa, como buscarle cinco pies al gato. Sin embargo, hoy creo que es un punto profundamente realista y con gran relación con el bienestar. El valor de c mide cómo se utiliza un nuevo ingreso. Con el ingreso percibido, ¿qué se hace? Se gasta –caso llamado consumo– o no se gasta –lo que se llama ahorro–. La parte c del ingreso vincula a cada persona con las demás, pues en una economía de cambio, toda transacción tiene dos caras, como Jano: el gasto de uno es un ingreso para otro, ingreso que el otro a su vez convierte en nuevo gasto y nuevo ingreso, y así siguiendo, hasta expandirse los ingresos varias veces el ingreso original. Pero hay ingresos altos, medianos, bajos y nulos. Según el nivel de ingresos, cambia el contenido del gasto. No es natural que un ingreso muy bajo se gaste en frivolidades. Desde los tiempos más remotos se reconoce que hay un orden de prioridad en el gasto, que comienza por la alimentación. En los ingresos extremadamente bajos el gasto comienza por la comida y no continúa por otras cosas. En ingresos muy altos el gasto en alimentos es un gasto apenas significativo, entre muchos otros. Un nuevo ingreso, percibido por los estratos más altos, motivará mayor consumo suntuario, con significativo componente importado; por ejemplo, champán francés. Cuanto mayor sea la filtración hacia el exterior, más débil es el multiplicador. Un nuevo ingreso, percibido por estratos muy modestos, alcanzará sólo para bienes de primera necesidad –alimentos– que se producen en su totalidad dentro del país. Cuanto menor es la filtración externa, más potente es el multiplicador. Este último es el caso en que un nuevo ingreso de Y = 100 provoca un consumo de C = 100, y por tanto la propensión a consumir, c = C/Y = 100/100 = 1. De aquí sale una conclusión de política económica: un ingreso adicional, entregado a los ingresos más bajos de la sociedad, se gastará íntegro en el mercado interno, haciendo máximo el efecto expansivo. El camino más corto a la expansión económica es un firme apoyo económico a los sectores sociales con ingresos mínimos. Ya lo dijo el General: “Con alimentos y energía, éste es el país del futuro”.

Otra cuenta simple

El haber del jubilado, en el sistema de reparto, es una aplicación de la teoría del fondo de salarios, que sostuvieron Adam Smith y James Mill. Decía que el haber se computaba dividiendo el fondo de salarios por el número de perceptores. En el caso del régimen de reparto, el fondo para pagar haberes se constituye con los aportes de los trabajadores en edad activa registrados, o como suele decirse, “trabajadores en blanco”. El número de perceptores, por su parte, no tiene nada que ver con el de trabajadores registrados. ¿De qué depende una y otra cifra? O lo que es equivalente: ¿por qué el jubilado percibe una miseria? En primer lugar, porque al numerador del cociente sólo aporta la mitad de la población económicamente activa, la que trabaja en blanco. Trabajar en negro, aparentemente, permite al trabajador el salario íntegro, sin ninguna deducción, aunque a la larga ese margen se traslada al empleador al permitirle contratar trabajo por un salario menor. Pero a la larga, precisamente, deja al trabajador en edad de retiro completamente desamparado. En segundo lugar, el denominador del cociente es el número de beneficiarios, o jubilados, número que depende de la prolongación de la vida y de la edad jubilatoria mínima que fija el Estado. El cuadro resultante, además, no ha sido estático nunca. Se forma un ciclo vital del régimen jubilatorio de reparto: al empezar el régimen, con muchos aportantes y pocos beneficiarios, el régimen joven es altamente superavitario y se constituye en candidato al saqueo por el Estado. En su fase madura, con muchos aportantes y muchísimos más beneficiarios, los fondos que ingresan no alcanzan para dar a todos los ancianos una jubilación digna y el régimen jubilatorio se convierte en un factor más de déficit público. Si dejamos de lado la edad mínima y la prolongación de la vida, es escandalosa la proporción de no aportantes. ¿Puede un régimen jubilatorio solidario fundarse sobre una población insolidaria? Parece que debiera cambiarse el régimen o cambiar a la población. Cuanto menos, es claro que la conminación a aportar, a través de la persuasión moral, es insuficiente, y debiera pasarse a otro régimen en que el trabajo en negro fuese más caro que el trabajo en blanco. Si aportan todos los que hoy trabajan en negro, en lugar de dos aportantes por jubilado, pasamos a cuatro, con lo que el régimen de reparto queda a salvo. Por ahora.

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