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Domingo, 22 de marzo de 2009

ENFOQUE

Modelo soja & shopping

 Por Fabian Amico *

La eterna discusión entre el Gobierno y la Mesa de Enlace puso en evidencia las orientaciones económicas que emergen de la discusión sobre la política agropecuaria. Pese a algunas concesiones obtenidas inicialmente por el sector (en el tema ganadero, lácteo, la suba del precio de referencia del trigo destinado al mercado interno), la Mesa de Enlace volvió a pedir una vez más la rebaja de las retenciones a la soja. El Gobierno se negó a hacerlo argumentando que no quiere afectar la recaudación en medio de la crisis internacional. Los representantes del agro aseguraban que hay otras alternativas de recaudación.

En el trasfondo de esta discusión hay un bloque de fuerzas políticas y sociales propugnando un retorno al modelo agroexportador, ahora basado en la soja. Un modelo de país que ya ha demostrado, durante más de treinta años, su más completo fracaso. Los representantes más duros de este bloque se reunieron recientemente en torno del megaevento de negocios Expoagro, donde adoptaron la soja como bandera. Cada intervención y cada discurso pareció tener como objetivo competir con los demás para ver quién está más a la derecha y quién sustenta las posiciones más radicalmente conservadoras, en una dinámica realmente bizarra.

Sin embargo, esa necedad no puede convertirse así nomás en una virtud propia. Preso de una larga confusión, el Gobierno coloca la discusión con los empresarios agropecuarios en un terreno ambiguo, como si el problema fuera la recaudación fiscal o solamente un problema de justicia distributiva, con todo lo importante que esto pueda ser. Se descuida la atención sobre un problema aún más importante, como es su efecto sobre la estructura productiva del país.

Marcelo Diamand decía que en Argentina los productos agropecuarios son relativamente más baratos que los industriales por dos razones. Una: la extraordinaria dotación de recursos naturales del país; otra: el retraso del desarrollo industrial interno, debido a las crisis y las políticas de ajuste de las últimas décadas. Así, si se fija un tipo de cambio bajo (un peso “caro”), acorde con la productividad “natural” del agro, los precios agropecuarios son competitivos a nivel internacional pero los precios industriales no. Esta asimetría entre precios relativos internos y los internacionales supone que para otorgarle competitividad a la producción nacional de exportables, especialmente de bienes industriales, tiene que haber tipos de cambio diferenciales para los diversos productos. Este es el único modo genuino en que la industria pueda contribuir con exportaciones a obtener las divisas que insume su propio desarrollo.

Un ejemplo: si para la rentabilidad de la soja alcanza una paridad de 2 pesos por dólar, para hacer viables las exportaciones de textiles o maquinarias es necesario un dólar a 4 pesos. Si el tipo de cambio se fija en el nivel de la soja (como en la convertibilidad), no hay necesidad de retenciones ni hay inflación, pero desaparece más de la mitad de la producción y el empleo industrial. Si el dólar se fija en el nivel “industrial”, más alto, se genera una renta extraordinaria para la soja, que aumenta el precio de la tierra y del conjunto de los alimentos, y profundiza los desequilibrios estructurales del país.

No hay muchas opciones: se deben “administrar” las señales de precios del mercado internacional, para “traducirlas” en función de una estructura productiva interna que haga factible el desarrollo económico y social. Si los precios relativos internacionales se traducen al mercado interno sin interferencia (como las retenciones u otras intervenciones posibles del Estado), el campo pasaría a ser un mero apéndice del mercado mundial, como en los viejos tiempos del modelo agroexportador, y el país se desindustrializaría sin pausa. Pese a lo que se repite sin fundamento en los medios respecto de la incidencia del sector agropecuario, el conjunto del agro y del sistema agroalimentario genera menos del 20 por ciento del empleo, con lo que el resto de la población del país sobraría. Pero ni siquiera eso es seguro, porque las oscilaciones de los precios internacionales de productos primarios son muy bruscas: ¿qué modelo agroexportador resultaría en un mundo como el actual con caída de los precios de la soja y otros commodities?

En Argentina la discusión sobre la apropiación de la renta que generan los productos agropecuarios fue una discusión que apunta a adjudicar un carácter de bienes públicos a los productos del sector, dado su rol estratégico en la provisión de divisas y en el alivio de la restricción externa. Por otro lado, la fijación de tipos de cambio diferenciales podría traducirse en salarios en dólares relativamente más bajos (que en el fondo es un reflejo de la productividad media de la economía). Pero el hecho de que el salario real pueda ser relativamente bajo en dólares no implica que no pueda ser más alto en pesos, o sea en poder adquisitivo interno. Ello depende de la relación entre tipo de cambio y salario real, y del grado de disociación que la política económica pueda establecer en cada momento entre precios internos e internacionales de los bienes-salario que exporta el país. Por caso, en la convertibilidad había salarios altos en dólares, junto con desindustrialización, alto desempleo y una paulatina caída de salario real en pesos.

Estos temas fundamentales siguen ausentes de la agenda pública en general y en particular en las actuales discusiones sobre la política agropecuaria. Si esta situación persistiera, retornaría al centro de la escena la “maldición de los recursos naturales”, a saber: los países que sustentan su desarrollo en sus recursos naturales abundantes (petróleo, cobre, tierras fértiles), nunca llegan a superar el subdesarrollo.

En ausencia de este debate fundamental, la estrategia de la Mesa de Enlace de “ir corriendo el arco” a medida que obtiene concesiones, terminará por consumar la anhelada eliminación de las retenciones, incluidas las que rigen sobre la soja. No sería extraño entonces que el país ingrese, con renovados bríos, en una nueva ronda del modelo soja & shopping, como en los años noventa, cuando Argentina hizo todo lo que la Mesa de Enlace hoy pregona con fanatismo. Y así nos fue.

* Economista del Grupo Luján. Universidad Nacional de Luján.

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