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Domingo, 12 de abril de 2009

La sociedad con China

 Por Jose Alberto Bekinschtein *

La flamante secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, eligió Asia como destino para su primer viaje fuera del país. Es un mensaje a registrar. Tanto como el de George Soros: “Lo que haga China tendrá casi la misma influencia que el presidente Obama en el futuro de la economía mundial, y las relaciones sino-estadounidenses serán la relación bilateral más importante del mundo”.

En los últimos veinte años, en la Argentina se ha hablado mucho de la emergencia de Asia y, sobre todo de China, como actores fundamentales a tener en cuenta para cualquier estrategia de inserción internacional. El volumen de comercio con el área ha crecido por arriba del promedio con el resto del mundo e incluso se han verificado inversiones de cierta importancia en diversas actividades manufactureras y de servicios.

Sin embargo, los patrones de intercambio y de inversiones han estado muy atados a un esquema “tradicional” de exportaciones primarias, importaciones de bienes industriales finales e inversiones en procesos extractivos mineros o de armado local de bienes de consumo durables. Se trata de un molde de vinculación bastante mezquino en relación con las posibilidades abiertas por la evolución reciente y esperada por ambas partes. También es inadecuado a la ecuación de poder mundial a que puede conducir la crisis internacional expresada en los “mensajes” citados.

En el caso de China especialmente, la relación con países de la región latinoamericana se ha caracterizado por la búsqueda deliberada de fuentes de aprovisionamiento de ciertas materias primas e insumos necesarios para su producción industrial y, en el caso del sector agrícola, para reemplazar crecientes pérdidas de áreas cultivables y sobre todo de recursos hídricos en las planicies del norte de su país.

Desde el lado argentino la conducta ha sido más bien defensiva y reactiva. Las restricciones comerciales aisladas, aun muchas veces legítimas, están lejos de cumplir el rol de una estrategia inteligente, tanto en el sentido más etimológico de la palabra (intelligere: escoger entre opciones) como en el usual “capacidad de entender o comprender” (“lo que sucede”). Y lo que sucede clama por una visión de conjunto.

En los últimos cincuenta años China redujo premeditadamente su área sembrada de soja en casi un 30 por ciento en favor de cultivos de mayor valor agregado unitario o menos agua intensivos. Los principales proveedores: Brasil, Estados Unidos y la Argentina ingresaron entonces al mercado chino como piezas previamente definidas por Pekín dentro de su planificación a largo plazo del balance alimentario de su país. Todos ganaron, evidentemente, pero la iniciativa estratégica estaba allá y no aquí. Ganar en el presente no asegura el futuro.

El “paquete fiscal” de obra pública de unos 600 mil millones de dólares con que el gobierno chino apuesta a desafiar la destrucción de sus industrias exportadoras ante la crisis ratifica el camino de progresiva ocupación para usos no agrícolas de tierras cultivables. El umbral de 120 millones de hectáreas considerado necesario para alimentar al país ha sido perforado. La ominosa devastación de los acuíferos que surten (o surtían) las llanuras central y del norte ya no puede ser compensada por avances tecnológicos en la producción agrícola sobre tierras con 5000 años de cultivo ininterrumpido.

Mientras tanto, la incorporación de unos 300 millones de campesinos a la sociedad urbana y la creciente riqueza de amplias capas de población ha cambiado la dieta urbana. Cuando llegué por primera vez a Pekín en 1980 la carne estaba reservada para grandes y escasas ocasiones. Desde entonces el consumo promedio por persona ha pasado de 20 a 54 kilogramos, contando todo tipo de carnes. En 2008 por primera vez, China ha tenido un balance agroalimentario negativo. Se está en presencia de un punto de inflexión.

Consecuencia del progresivo reconocimiento de las dificultades crecientes que enfrenta el modelo de autosuficiencia alimentaria de los ‘50 es el paralelo interés en el mercado y la producción mundiales como abastecedores ya no marginales de la demanda interna.

Las perspectivas así abiertas son amplias siempre que podamos poner en valor tanto la capacidad de negociación como de proposición necesarios para que la provisión de alimentos no sea entendida como la provisión de granos pura y dura. Tal el desafío. Se trata de pasar de un esquema de imbricación pasiva a otro de negociación creativa e interconectada. Las políticas y decisiones en ambas direcciones del comercio y la inversión no pueden seguir aisladas unas de otras, ni sólo construidas a base de presiones coyunturales.

Disponiendo de un marco estratégico negociado por ambas partes, nuestras industrias frigoríficas, procesadoras de alimentos, de elaboración de vinos, y otros “produce” regionales podrían invertir en función de ciertas expectativas de mercado. Convenios largamente postergados de sanidad alimentaria que eliminaran barreras y arbitrariedades se implementarían. Nuestros productores encararían como sus pares de Australia, Nueva Zelanda, joint ventures de producción y comercialización; los organismos de investigación y soporte técnico convendrían objetivos de colaboración en investigación aplicada en biotecnología, procesamiento de alimentos adaptados al mercado y gusto oriental; y se podrían encarar inversiones conjuntas que cuidaran de integrar al máximo la cadena de valor en el país. El particular “socialismo con características chinas” que caracteriza el modelo económico chino abriría el camino de acuerdos en que intervinieran gobiernos locales y municipales chinos que, a través de empresas propias y asociadas, manejan las cadenas de distribución y las grandes superficies.

En sus tratados internacionales los chinos incluyen invariablemente los conceptos de “igualdad” y “beneficio mutuo”. A ellos habrá que apuntar para que la Argentina pueda ser una de las respuestas a la cuestión “quién alimentará a China”. Compromisos respecto a no “primarización”, a aperturas razonables y vigiladas y a participaciones equivalentes en la cadena de valor por las empresas de ambas partes podrían formar parte de acuerdos en pos de ese objetivo que conviene a ambos. Quizá sea hora de transferir una parte de los esfuerzos volcados en la pugna doméstica por una renta estática a la construcción de esa propuesta común donde confluyan producción primaria, agroindustria y Estado.

* Economista, fue consejero económico en Beijing y director general de empresas multinacionales en China.

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Imagen: AFP
 
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