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Domingo, 31 de mayo de 2009

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Una idea de Smith

En 1776 Adam Smith lanzó una idea nueva en la economía, en su célebre libro Riqueza de las naciones, a saber, que el fin del sistema económico es maximizar la satisfacción de las necesidades de los consumidores. Hasta entonces coexistían dos posiciones: la mercantilista, que recomendaba a los gobiernos apoyar a los sectores productivos capaces de incrementar la disponibilidad de metal monetario (oro, plata), principalmente la industria y el comercio; por otro lado, la fisiocrática, que recomendaba apoyar al único sector capaz de incrementar el produit net (producto neto), a partir del cual se originaba el revenu o ingreso fiscal. La posición de Smith implicaba reducir la salida de bienes de producción nacional (exportaciones) y permitir la entrada de bienes de producción extranjera (importaciones). En efecto, las exportaciones (X) reducen los bienes disponibles en el interior del país, y las importaciones (M) los incrementan, según la fórmula BD = PBI – X + M, donde BD es bienes disponibles, PBI, producto bruto interno. La política económica de Smith coincide con la aplicada en más de una vez por la Secretaría de Comercio. Es más difícil imaginar que esta política pudiera ser llevada al extremo de reservar los bienes de producción interna sólo para el consumo interno, o sea, reducir las exportaciones a cero. El comercio exterior es un intercambio, donde lo que se trae de afuera se paga con nuestra producción; y como compraventa, los productos extranjeros se pagan con las divisas que obtenemos vendiendo al extranjero nuestros productos. La exportación cero da ingreso cero de divisas y capacidad de importar también nula. Ningún país puede obtener bienes de otro sin dar algo a cambio, como ocurría en el pasado entre las metrópolis y sus colonias. La solución no está en los extremos sino en algún punto intermedio. Lo mejor no es un mínimo de exportaciones sino un óptimo. Por otra parte, esta política no dice nada respecto de cómo los consumidores acceden a los bienes producidos para el mercado interno. Con una distribución desigual del ingreso, es inevitable que los más desfavorecidos no puedan alcanzar aquellos bienes considerados de primera necesidad. Y lo peor es que tales bienes son encarecidos por el propio Estado, al aplicarles un IVA de alícuota altísima, pudiendo obtener las mismas sumas de otras fuentes con mayor capacidad contributiva.

Demanda y oferta

Si usted es economista y necesita analizar un fenómeno de mercado –por ejemplo, el precio de la carne– difícilmente prescinda de considerar el viejo mecanismo de la oferta y la demanda, y casi seguramente intentará representar el caso en un gráfico de oferta y demanda. Pero acaso no sepa que el iniciador de esta práctica fue Henry Charles Fleeming Jenkin (25 de marzo de 1833-12 de junio de 1885), ingeniero y electricista, aunque lejos estuvo de desempeños mediocres: graduado en la Universidad de Génova en 1850 y vuelto a su país en 1851, trabajó en el diseño y tendido de cables submarinos; luego fue socio de Lord Kelvin y, desde 1866, profesor de Ingeniería en Londres y Edimburgo. Como sucedería con otros matemáticos e ingenieros (A. Marshall, A. W. Phillips, etc.), la familiaridad con técnicas gráficas le permitió aportar a la teoría económica recursos expresivos que, en este caso, tendieron un puente entre un J. S. Mill puramente literario y un W. S. Jevons apoyado en el cálculo infinitesimal sin anestesia. Entre sus trabajos, publicados entre 1868 y 1884, destaca The Graphic Representation of the Laws of Supply and Demand, and their Application to Labour (1870), donde Jenkin representó en un solo gráfico un sistema de dos ecuaciones (oferta y demanda) con dos incógnitas (precio en chelines y cantidad en quarters), con las siguientes aclaraciones: “La oferta total (whole supply) de un artículo se entenderá como designando la cantidad total del artículo por venderse allí y entonces. La oferta en este sentido es mensurable, y puede expresarse en toneladas, quarters, etc. La oferta a cierto precio denota la cantidad que a un precio dado los poseedores, allí y entonces, están dispuestos a vender. La oferta a cierto precio también es mensurable. La demanda a cierto precio denota aquella cantidad que, allí y entonces, los adquirentes comprarían a ese precio. Dibujemos una curva, cuyas abscisas representan precios y cuyas ordenadas las ofertas a cada precio. Esta curva se llamará curva de oferta”. Es cierto que Dupuit en 1844 representó gráficamente la curva de demanda, pero en Inglaterra el principal precursor de esta técnica fue Jenkin. Marshall reconoció a ambos autores. R. D. Collison Black acota que la publicación de la Graphic Representation de Jenkin fue el estímulo que condujo a Jevons a publicar en 1871 su Theory of Political Economy.

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