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Domingo, 5 de octubre de 2014

POLéMICA TECNOLOGíAS Y DESARROLLO

Luditas y extractivismo

Transgénicos e hidrocarburos con la técnica de fracking plantean cuestiones socioeconómicas y ambientales.

 Por Miguel Teubal *

En el Cash del 17 de agosto pasado, Vladimir L. Cares, ingeniero en Petróleo, comenta sobre el concepto de ludita que surge a comienzos del siglo XIX en Inglaterra, cuando grupos de trabajadores textiles protestaban por la aplicación de maquinaria que generaba un caudal importante de desocupados. Según el autor, el “apelativo ludita ha persistido en el tiempo como un término que identifica a la persona que ve en los artefactos y maquinaria una amenaza que debe ser erradicada”, aunque también correspondería designarla como “tecnofóbica”, o sea, “partidario del odio u horror a la tecnología”.

Después de considerar otros ejemplos de luditas, Cares se remite a “las acciones llevadas a cabo por diversos colectivos, asambleas ciudadanas y ONG que buscan prohibir la explotación de los hidrocarburos no convencionales, por medio de la técnica de la fractura hidráulica (fracking), o limitar el desarrollo de productos y alimentos manipulados genéticamente”. Asimismo, yendo más allá de las diferencias entre los viejos luditas y los nuevos, lo que, según este autor, constituye uno de los hilos conductores afines a este conjunto de grupos es que ambos ponen “en el centro del análisis el artefacto, la máquina, sin asumir la complejidad de las relaciones entre la tecnología y el sistema económico y social real imperante”.

Tal afirmación resulta un contrasentido, habida cuenta de que es el autor mismo de la nota de referencia el que aparentemente da por sentado que cualquier maquinaria o tecnología nueva contribuye indefectiblemente al “progreso” más allá de toda consideración respecto de sus efectos sobre el “sistema económico y social real imperante”, tanto en el corto como el largo plazo.

Analizar los vínculos entre los aspectos “técnicos” y “sociales” no parece ser el fuerte de Cares pese a la referencia que hace de lo que dice García Linera, vicepresidente de Bolivia: “Los críticos del extractivismo confunden sistema técnico con modo de producción y a partir de esta confusión asocian extractivismo con capitalismo, olvidando que existen sociedades no-extractivistas, las sociedades industriales ¡plenamente capitalistas!”.

Cabe destacar que son precisamente los críticos del extractivismo los que señalamos diversos aspectos vinculados con la problemática socioeconómica y ambiental involucrada en estos procesos que ponen en cuestionamiento su viabilidad presente y futura, en todo tipo de sociedad, tanto capitalista como no capitalista. Y no sólo porque contribuyen a un enorme deterioro social y ambiental influyendo sobre las condiciones de vida de la población en su conjunto, sino también por su falta de sustentabilidad en el largo plazo.

En nuestro país los que están en juego son procesos que comenzaron en los noventa en pleno auge del neoliberalismo, aunque gran parte de los preceptos y técnicas productivas elaborados a partir de entonces continuaron aplicándose incluso con gran intensidad durante el nuevo milenio. Se trata de actividades en las que predominan grandes empresas transnacionales, que influyen significativamente sobre el entorno en el que se desenvuelven estas actividades. En aquella década se establecieron las bases para nuevas tecnología de punta que afectan tanto a la minería y que se traducen en el auge de la minería a cielo abierto, como sobre la utilización de transgénicos en la producción agropecuaria, lo que nos llevó al predominio del agronegocio sojero, así como también a las nuevas tecnologías del fracking en lo que atañe a la actividad petrolífera.

En el caso de los transgénicos, éstos posibilitan la siembra directa, el uso del glifosato, lo cual condujo a la fumigación masiva del entorno, con sus graves consecuencias para la salud humana ampliamente demostradas. Si bien estas tecnologías cumplieron con el objetivo de aumentar la producción en los últimos años, el uso masivo de fertilizantes, herbicidas y pesticidas también ha tenido graves efectos sobre todo en lo que atañe a contaminación de acuíferos y cursos de agua, destrucción de insectos, aves y cultivos benéficos, y reducción de la biodiversidad. Se trata de un modelo que, además, genera deforestación masiva y al expandirse hacia otros territorios va desplazando –muchas veces con extrema violencia– a poblaciones campesinas e indígenas. Y para colmo de males no es generador de empleo, ni conduce a aumentos de productividad como los que caracterizan a otros cultivos.

Las protestas sociales y la lucha en contra de los poderosos intereses involucrados son consecuencia directas de estos procesos, que si bien son considerados altamente rentables, no son beneficiosos para el país en su conjunto. El caso de la nueva ley de semilla que se proyecta para ser aprobada por el Congreso fue tallada en función de los requerimientos de expansión de Monsanto, la principal empresa que domina la producción de la semilla transgénica a nivel mundial.

Cabe destacar también el caso del fracking, una nueva tecnología criticada en muchos países del mundo, que también es resistida por los enormes pasivos sociales y ambientales que genera, entre otras razones por el uso masivo del agua y la contaminación de la napas freáticas.

Estas cuestiones son planteadas porque se pone al hombre y a la sociedad en su conjunto en el centro del análisis a los efectos de determinar cómo influyen los diversos extractivismos sobre los entornos sociales y políticos. Partimos de la base de que no toda tecnología es forzosamente buena. De allí la importancia de tomar en consideración las alternativas existentes. No es cierto que se pretenda “resolver el problema del hambre en el mundo”, como se pregona con frecuencia. Todo lo contrario: se producen commodities para exportación en detrimento de la producción de alimentos nutritivos de buena calidad para la población en su conjunto. Como modelo alternativo podríamos habernos transformado en un productor importante de alimentos orgánicos de buena calidad para ser consumidos internamente y con mercados crecientes en la economía mundial.

En momentos en que nos encontramos con el proceso de cambio climático, que ha de contribuir a magnificar las sequías en vastas regiones del mundo, y que pone en peligro el agua de vastas regiones del país, es un sinsentido continuar con este extractivismo que no hace más que hacernos más vulnerables frente a las proyecciones que se hacen en esta materia. Muchas voces plantean que inevitablemente tendremos que adaptarnos a los cambios que se vienen de la mano del recalentamiento mundial. Pero dicha “adaptación” sería mucho más traumática si continuamos impulsando esos diversos extractivismos.

* Profesor de la UBA, investigador del Conicet.

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Imagen: Pablo Añeli
 
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