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Domingo, 12 de julio de 2015

EL PAPEL DE LA MUJER EN LA PRODUCCIóN

Género y economía

La marcha “Ni una menos” se inscribe en una larga lucha que excede largamente los hechos de femicidios aunque, por supuesto, los incluye. Esa lucha tiene varios frentes abiertos. Uno de ellos, el de la economía.

 Por Carlos Andujar *

Antes de leer el siguiente artículo propongo a los lectores masculinos que hagan el esfuerzo intelectual por escribir un párrafo sobre algún aspecto de sus vidas íntegramente utilizando el femenino. Deberían aparecer vocablos como nosotras, todas, las, mujer, jefa, operaria, presidenta, no como complemento de los masculinos sino como generalización del género humano, tal como la palabra “hombre” es utilizada en la actualidad. ¿Lo hicieron? ¿Sintieron lo mismo que sentí yo? ¿La otredad, la enajenación, la extranjería? Sentirse, aunque sea sólo por un momento afuera de ese “nosotras” es el primer paso para comprender no sólo que pensamos y construimos el mundo con palabras sino que las mismas nunca son neutrales sino, por el contrario, son tomas de posición en referencia a esa realidad que construyen y sostienen.

La economía está directamente vinculada con la historia de la dominación masculina sobre la femenina. Las civilizaciones antiguas eran en su mayoría matriarcados en donde el vínculo con los hijos estaba dado estrictamente, como no podía ser de otro modo, por la madre. La crianza y las actividades que hoy llamaríamos hogareñas (crianza, cuidados, alimentación) estaban a cargo de las mujeres y la caza y la recolección de los hombres. Cada una de las partes, mujeres y hombres, era “dueños” de su territorio, de sus herramientas de trabajo y de las decisiones que se tomaban en torno a ellas.

La aparición de la domesticación del ganado y la agricultura, actividades desarrolladas por los hombres, permitieron por primera vez la aparición del excedente económico permanente y con él la posibilidad del sedentarismo, el aumento de la población, la esclavitud, la propiedad y, en consecuencia, el manejo oligárquico de dicho excedente. Al tiempo que las tareas de la tribu se dividían entre organizadores (custodios y administradores del excedente) y ejecutores (productores), se redujo a las mujeres a las tareas de cuidado y crianza. La aparición del excedente trajo consigo la necesidad de asegurar su trasmisión, de los ahora hombres-propietarios, a sus descendientes, construyendo las relaciones patriarcales vigentes hoy en día.

La incorporación masiva de las mujeres (y de los niños y las niñas) al trabajo asalariado durante la Revolución Industrial gracias a la liberación del esfuerzo físico logrado por las máquinas, vendrá marcada por la desigualdad producida por miles de años de dominación masculina, un salario de un hombre equivaldrá, por la misma tarea, al percibido por tres mujeres.

La reproducción y consolidación del poder de los hombres hacia las mujeres, como toda relación de dominación, necesita de mecanismos de legitimación y construcción de hegemonía. Relatos bíblicos, cuentos infantiles, juegos y deportes, publicidades, han construido modos de crianza, vinculando artificial e intencionadamente, la masculinidad y la femineidad, a determinados roles sociales que reproducen y sostienen la dominación masculina.

Si bien la prevalencia de lo masculino sobre lo femenino se materializa en grandes cuestiones como lo fue, por ejemplo, la tardía incorporación de las mujeres al derecho al voto, se sostiene principalmente en la construcción de un sentido común, y de prácticas cotidianas que suelen mostrarse como inocentes o neutrales. Desde el esposo que “ayuda” a “su” mujer con las tareas hogareñas y la crianza de los hijos hasta la valoración moral diferenciada para unos y otras en relación a idénticas prácticas sexuales, los discursos sociales sostienen y reproducen los modos “correctos” de “ser” hombre y de “ser” mujer en las sociedades actuales.

En relación al mundo económico, hasta aspectos que, a primera vista, parecen ser solamente técnicos, tienen cuestiones que es necesario sean revisadas críticamente.

Para medir el desempleo en la Argentina y en el mundo se usa la tasa de desocupación abierta que es el cociente entre la población desocupada (aquella que está en condiciones de trabajar y busca activamente trabajo) y la población económicamente activa (PEA). Si existe una población activa, hay otra que no lo es. Al modo de la vieja distinción ya expresada por Adam Smith entre trabajo productivo y trabajo improductivo, las “amas de casa” forman parte para las estadísticas oficiales de la población “inactiva” al igual que los niño/as, jubilados/das y estudiantes.

No es de extrañar entonces que, cuando se implementó la posibilidad de que las amas de casa de jubilen, muchas voces, masculinas y femeninas, expresaron su oposición manifestando abiertamente la injusticia de tal medida porque no habían realizado los aportes correspondientes. La invisibilización del trabajo hogareño a la que contribuyen las estadísticas internacionales sobre ocupación, esconden, por un lado, las necesarias tareas que permitieron y posibilitaron a los “legítimos” beneficiarios realizar regularmente los tan “valorados” aportes; y por el otro, la desigualdad en el acceso al mercado laboral para quienes “deben” encargarse de ellas.

La multitudinaria marcha “Ni una menos” se inscribe en una larga lucha que excede largamente los hechos de femicidios aunque, por supuesto, los incluye. Esa lucha tiene varios frentes abiertos. En el ámbito educativo desde la sanción de la Ley nacional 26.150 en 2006 que establece el Programa Nacional de Educación Sexual Integral, las distintas jurisdicciones han implementado distintas acciones, con distinto grado de efectividad y no exentas de resistencias, para llevar las problemáticas de género a las aulas.

Todo signo, toda palabra es siempre ideología. Es la síntesis de una lucha por la imposición de sentidos que se esconde bajo el manto de la neutralidad y la universalidad del lenguaje.

Para que la masiva expresión popular realizada el 3 de junio no se convierta en anécdota es necesario que dichas demandas sean traducidas en políticas públicas concretas. El derecho de todos y todas las estudiantes a recibir educación sexual integral a lo largo de su formación es una conquista, entre tantas otras necesarias, que debe hacerse efectiva en cada una de las aulas de nuestro país.

* Docente UNLZ FCS Colectivo Educativo Manuel Ugarte [email protected]

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“Las demandas de la marcha ‘Ni una menos’ deben ser traducidas en políticas públicas concretas”.
Imagen: Bernardino Avila

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-La incorporación masiva de las mujeres al trabajo asalariado durante la Revolución Industrial vendrá marcada por la desigualdad.

-Un salario de un hombre equivaldrá, por la misma tarea, al percibido por tres mujeres.

-En relación al mundo económico, hasta aspectos que, a primera vista, parecen ser solamente técnicos, tienen cuestiones que es necesario sean revisadas críticamente.

 
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