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Domingo, 21 de abril de 2002

EL BAúL DE MANUEL

BaúL I y II

I
Aguante Colón

Por M. Fernandez
Este 12 de octubre recordaremos, que 510 años antes, Colón descubrió América, y sus marinos el modo de obtener oro a cambio de espejitos y vidrios de color. Cierto es que el Almirante prohibió ese tráfico el mismo día que lo detectó, pero en cada asiento de su diario de viaje no dejó de consignar su afán por indagar a los indígenas sobre el lugar del que proveía el oro. Y su figura se registra en varios textos de historia del pensamiento económico como un caso de “mercantilismo bullonista”, es decir, de política económica centrada en la acumulación de oro y plata. Si no Colón, otros conquistadores ibéricos pronto descubrirían en América grandes tesoros de metal precioso en manos de los aborígenes, del que se adueñaron a punta de espada, sin dar a cambio otra cosa que no fuera terror y amenazas. El afán de acumular riqueza sin entregar nada a los despojados, les cebó como a tigres, y después del oro continuaron con la plata de Potosí, y luego con el infame comercio esclavista, autorizado supuestamente para fomentar la producción agraria, y que derivó en prestaciones personales destinadas a incrementar la comodidad y los placeres de las familias pudientes. Como signado por un maleficio, el oro americano hizo ahondar la decadencia de España. Utilizado como moneda, produjo una inmediata suba de precios, con el encarecimiento de los productos locales y abaratamiento relativo de los productos importados. Los tenedores de oro, el rey y la nobleza, hallaban más baratas y finas las manufacturas francesas y desdeñaban las producidas en el país. La revolución de los precios, como se llamó, llevó a cerrar manufacturas españolas. Hoy salimos a vivir de una experiencia similar, donde el papel del oro abundante lo cumplió el dólar barato. Como enfermedad lenta y silenciosa, no cesamos de perder industrias, mientras festejábamos comiendo lácteos franceses, granos de choclo tailandeses y usando automóviles importados. La contracara del dólar barato y desindustrializante fue la remesa de ganancias a accionistas en el exterior. El inevitable ajuste del tipo de cambio hace que los mismos pesos remitidos como ganancias, sean la tercera parte en dólares. Cortado el chorro a ganancias, las empresas nacidas y engordadas al calor del Plan de Convertibilidad, las que venían a salvarnos, nos miran hoy amenazadoramente. Con tales amigos, ¿quién necesita enemigos?

II
Otras voces

Dicen que los economistas son autistas y viven en un mundo propio, imaginado, no real: que son más propensos a escucharse entre ellos, antes que a otros que, acaso con menos preparación en economía, tienen sus pies más en la tierra. Hay una frondosa historia de traspiés y procedimientos erróneos de los economistas. León Walras, fundador de la escuela matemática era, sin embargo, poco solvente en matemática. Su gran aporte fue generalizar la idea como una igualdad entre oferta (O) y demanda (D), así: O (p) = D (p). Debía hallarse el precio (p) que hiciera cumplir la igualdad. Walras generalizó la expresión a ofertas y demandas dependientes de todos los precios de la economía: Oi (pj). Para j=1, 1, ... n, se tenían n ecuaciones de demanda y oferta, dependientes de j=1, 2,... n precios. Ese era el sistema de equilibrio general. Walras creía que los n precios del sistema se resolvían si se contaba con n ecuaciones independientes. Y ello no es cierto en general. En particular, un factor puede estar subempleado, como el factor trabajo, y en lugar de una ecuación se tiene Ok-Dk. Ahí no había matemática posible. El truco para salir lo ideó un banquero vienés, Karl Schlesinger (1889-1938), se propuso las “variables de holgura” (H) para completar la ecuación y volver al mundo de las igualdades: Ok = Dk + Hk. El desarrollo de la solución fue obra del matemático Abraham Wald (1902-50). Otro caso: el célebre profesor Jacob Viner (1892-1970) de Chicago le exigía a su dibujante chino Wong quetrazase una curva envolvente de una serie de curvas de costos medios de corto plazo, que a la vez fuese tangente a las curvas y pasase por su monto mínimo, cosa que es imposible. Viner debió aceptar su error, en su artículo “Curvas de costes y curvas de oferta” (1931). Otro caso fue el de Paul A. Samuelson, quien enseñaba la teoría del comercio internacional y por la observación de un alumno debió rever la teoría aceptada, descubriendo un célebre teorema sobre la igualación de los precios de los factores productivos a través del comercio exterior. En cada caso, las soluciones correctas provinieron de no profesionales de la economía. Y si eso vale para los arquitectos de la ciencia económica, ¿qué no podría decirse de menos funcionarios internacionales, cuya vida es ir del avión al salón, y no ver el país que visitan?

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