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Domingo, 9 de abril de 2006

EL BAúL DE MANUEL › EL BAúL DE MANUEL

No coman carne

Pedir a la población que deje de comer carne no pretende, por cierto, pedir que “deje de comer”, sino que reemplace el alimento “carne” por otro alimento. Cualquiera sea el sucedáneo, el cambio implica modificar hábitos o costumbres. Pretender que tal cosa ocurra en un breve lapso es confundir el corto con el largo plazo. Pues todo economista que se precie sabe perfectamente que la formación de los gustos y los hábitos es una evolución de largo plazo. ¿Y hasta dónde hemos de remontarnos en el pasado para rastrear la formación del hábito argentino por la carne vacuna? Tan lejos como 1748, los viajeros y científicos Jorge Juan y Antonio de Ulloa describían la captura y manufacturación de los bovinos cimarrones que poblaban los campos de Buenos Aires, conocida como “vaquerías”. En esas actividades se capturaban vacunos –entonces bienes “libres”– para aprovechar sólo su piel (principal artículo de exportación) y de paso consumir algunas partes preferidas del animal. Esa preferencia se estableció tan firmemente en las poblaciones urbanas que ser un “buen asador” es una nota de prestigio para cualquier varón, y tener una parrilla es un factor que ayuda visiblemente en la venta de cualquier vivienda. Los hábitos de consumo no se modifican sensiblemente en el corto plazo. Ya Alfred Marshall hablaba de los “cambios graduales en los hábitos y en la familiaridad con cosas nuevas y nuevas formas de usarlas”: “hay que tener en cuenta los cambios en la moda, en los gustos y en los hábitos, el descubrimiento de nuevos usos de cierta mercancía, el descubrimiento, mejora o abaratamiento de otras cosas que pueden ser aplicadas a los mismos usos. En todos estos casos hay dificultad en tener en cuenta el tiempo que transcurre entre la causa económica y su efecto. Pues se necesita tiempo para que el aumento en el precio de una mercancía ejerza plena influencia sobre el consumo. Se requiere tiempo para que los consumidores se familiaricen con sucedáneos que pueden usarse en reemplazo, e incluso para que los productores contraigan el hábito de producirlos en cantidades suficientes”. En el largo plazo, la exportación de carne debió rendirse ante el consumo interno, y si pudo recuperarse algo fue por las mejoras tecnológicas introducidas en la producción y manufactura de la carne. La solución del problema debe buscarse del lado de la oferta, no del lado de la demanda interna.

Bolivianos quemados

El Día Internacional de la Mujer, como el Día Internacional del Trabajador, se fijaron para que el planeta Tierra no borre jamás de su memoria sendos episodios de asesinatos de trabajadores, ambos ocurridos en Estados Unidos de Norteamérica, la tierra del libre y el hogar del bravo, según indica su Himno Nacional. En el primer caso, un grupo de trabajadoras textiles de Nueva York, que trabajaban en el piso de un edificio, cerradas bajo llave por sus patronos para impedir que se concretase una huelga reclamando la jornada de ocho horas, murieron incineradas al prenderse fuego el lugar de trabajo y no poder huir de él. Hace una semana aconteció un hecho igual en muchos aspectos, al morir seis hermanos bolivianos, empleados en un taller de un rubro similar al de las mujeres de Nueva York. Algunos detalles, sin embargo, son más escalofriantes. A diferencia de aquellas mujeres, estos bolivianos no podían salir en momento alguno de sus lugares de trabajo. A diferencia de aquéllas, aquí están encerradas las familias enteras. Y a diferencia del caso de Nueva York, en el presente las víctimas fueron en su mayoría niños, cuyos cadáveres calcinados quedaron asidos a las rejas que intentaban separar para salvarse. Podría añadirse que, contra una jornada de ocho horas pretendida por las mujeres, aquí la jornada es de 24 horas, y que a diferencia del caso norteamericano, aquí la remuneración es cualquier cosa menos un salario. Mucho podría decirse de cómo opera la empresa en el capitalismo, aunque poco que no se haya dicho ya desde hace bastante más de un siglo. Mucho podría atribuirse a lo sucedido a la “flexibilidad laboral” que debemos a los gobiernos de los noventa, y que la población aceptó sin chistar. Pero llama la atención que la CGT y sus dirigentes no hayan salido a la calle a reclamar –más allá de los obreros incinerados, que es un hecho policial– por las condiciones de trabajo que aún subsisten en muchos otros talleres; que el Congreso de la Nación, donde se sentaron Palacios y Justo, no se haya pronunciado; que los partidos políticos progresistas, y en particular el Partido Socialista, estén mudos y paralíticos –acaso leyendo viejos números de La Vanguardia–; y por último, que el gobierno nacional, que hoy goza de un poder pocas veces conocido, preste tan poca atención a la letra de su marcha partidaria, que tanto hace vibrar los sentimientos de la población trabajadora.

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