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Domingo, 1 de diciembre de 2002

EL BAúL DE MANUEL

El baúl de Manuel

 Por Manuel Fernández López

Magias

Los argentinos creían ya tener su mago de última instancia: aquel salvador que se convoca cuando las papas queman y nadie quiere agarrarlas, y en el momento oportuno sabe decir un conjuro que hace retroceder la inundación. Pero aquél era sólo un aprendiz de hechicero; el verdadero mago es éste. ¿Qué dice la ciencia? 1) por cada objetivo de política económica, debe contarse con un instrumento distinto; 2) hay un consumo distinto para cada nivel de ingresos, y a partir de cierto nivel de ingresos no sólo aumenta el consumo, sino que además comienza el ahorro; 3) el incremento de consumo no se manifiesta gastando más en los mismos bienes, sino diversificando el gasto hacia otros bienes. Son enunciados generales, que la realidad va acomodando. Por ejemplo: 1) el gasto en consumo es mayor en diciembre; 2) el ingreso en dicho mes es mayor, por el aguinaldo; 3) la devaluación cambiaria y la inflación interna, sin ajuste de los salarios nominales, redujeron drásticamente el poder de compra del dinero (¿cuánta nafta compra hoy un peso y cuánta compraba el 1º de diciembre de 2001?). En este marco, se decía, no hay margen para aumentar las tarifas de servicios públicos, salvo con una recomposición salarial, lo que llevaría a hiperinflación. Pero en el curso del año, la población con ahorros en bancos aprendió a mantener consumos mediante el goteo o retiro semanal de depósitos acorralados. Sin ese ahorro convertido en consumo, el tendal de quiebras hubiese sido mucho mayor. Ahora pasará a dar una respuesta a las exigencias de gobiernos extranjeros por incrementos de tarifas en empresas de servicios públicos. También permitirá satisfacer la necesidad social de gastar más en diciembre, aun con tarifas más altas. Al levantar el corralito sobre los depósitos a la vista, con un solo disparo, quedan varios tigres muertos, a saber: tres exigencias del FMI: recomponer las tarifas de servicios, no otorgar aumentos salariales, no expandir el gasto público; una presión internacional: aumentar las tarifas; un reclamo de la clase media: devolver los depósitos; un reclamo del comercio: dar mayor capacidad de gasto a la población. Pero otra ley también se cumple: nada se crea sin destruir algo. Los fondos liberados –ahorros, en fin– que podrían respaldar capital de giro y e inversiones productivas van a convertirse, en cambio, en mayores ganancias de empresas extranjeras.

Mujeres

La economía, hasta 1945, fue ciencia predominantemente inglesa, por lo que es natural que adquiriese rasgos del carácter inglés. Si las obras de Shakespeare pueden considerarse representativas de tal carácter, ellas denotan un claro mal trato hacia mujeres de todo rango y condición. Algo similar se advierte en las mujeres de los economistas ingleses. Tomamos a los cuatro principales economistas ingleses entre 1776 y 1946, y hallamos ampliamente confirmada la misoginia. Adam Smith renunció a toda compañía femenina. David Ricardo no, pues tuvo más de quince hijos, pero “el rasgo principal de su testamento es la discriminación que hace entre hijos e hijas, y la parte que toca a un hijo nunca baja de ocho veces el valor que toca a una hija, en vivo contraste con el tratamiento igualitario de sus hijos en el testamento de su padre, Abraham Ricardo” (Sraffa). Alfred Marshall, mientras enseñó en Bristol, se opuso a otorgar el grado de licenciado a mujeres, o a darles becas. Beatrice Webb, fundadora de la Escuela de Economía de Londres, narró una conferencia de Marshall: “Comenzó bromeando sobre hombres y mujeres; sostenía que la mujer es un ser subordinado y que, si dejara de ser subordinado, no tendría sentido para el hombre casarse. Ese matrimonio era un sacrificio de la libertad masculina, y sería tolerado por las criaturas masculinas en tanto significase una devoción, en cuerpo y alma, de la hembra al macho. De ahí que la mujer no debería desarrollar sus facultades en ningún sentidodesagradable al hombre; que la fuerza, el coraje ni la independencia hacían atractivas a las mujeres; que el competir con los objetivos masculinos era positivamente desagradable. Si ustedes compiten con nosotros, no nos casaremos con ustedes, rubricó con una carcajada” (Groenewegen). Keynes, casado con la hermosa Lidia Lopokava, bailarina del ballet de Dhiagilev, atribuía haberle pedido su mano a una excesiva ingesta de champagne, y solía preferir las compañías masculinas. ¿Son valederos estos antecedentes? Lo cierto es que jamás, desde su creación en 1969, se otorgó el Premio Nobel en Ciencias Económicas a una mujer, ni siquiera en el Año Internacional de la Mujer (1975), cuando había una excelente candidata, Joan Robinson, quien había escrito de Marshall: “Cuanto más aprendo sobre economía, tanto más admiro el intelecto de Marshall y menos me gusta su carácter”.

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