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Domingo, 1 de diciembre de 2002

INTERNACIONALES › POR QUE NO PASARA LO QUE SE PIENSA QUE PASARA

La falsa guerra a Irak

Las versiones de guerra a Irak hierven, pero ningún actor clave cree en ella: ni Saddam, ni el Pentágono, ni el mercado petrolero.

 Por Claudio Uriarte

La guerra estadounidense a Irak se ha convertido en el pasatiempo de moda de la política internacional. Y también, de la economía. En una columna reciente publicada en Newsweek, el economista Robert J. Samuelson entrega sus hipótesis sobre los efectos económicos posibles de tres escenarios militares adelantados por el estratega Anthony Cordesman, del Center for Strategic and International Studies de Washington. El resultado –una especulación sobre una especulación– prueba, paradójicamente, que la guerra contra Irak es un pasatiempo, una especie de distracción política, cortesía de la administración Enron.
En el primer escenario, todo funciona bien: el régimen de Saddam Hussein se derrumba enseguida, la mayoría de sus militares huyen o se rinden. En este caso, la economía sale ganando: como se acaba la incertidumbre, todo queda mejor que ahora; la pérdida temporaria del petróleo iraquí es reemplazada por Arabia Saudita y otros estados del Golfo Pérsico, y EE.UU., para mantener el precio en su actual promedio de 25 dólares por barril, puede liberar parte de sus reservas estratégicas. En el segundo escenario, las cosas se complican: los combates duran hasta tres meses; Irak daña levemente los pozos petroleros de otros Estados del Golfo, y el precio del petróleo se dispara a 42 dólares por barril. En el peor caso, Irak daña fuertemente otros pozos petroleros, Saddam resiste fieramente en las ciudades, la región se desestabiliza, la producción cae en al menos 5 millones de barriles diarios (el consumo global es de 77 millones de barriles diarios) y el precio del petróleo llega a los 80 dólares por barril. En el caso intermedio –vaticina Samuelson– el desempleo estadounidense llega al 6,5 por ciento a fines de 2003 (del 5,7 actual); en el peor, a 7,5 por ciento. Samuelson cita entonces una estimación del economista William Nordhaus que dice que el peor de los casos (incluyendo una ocupación y reconstrucción de largo plazo de Irak) costaría a la economía estadounidense 1,6 billones de dólares en una década (a lo que el perennemente optimista Samuelson contrasta con el hecho de que el PBI estadounidense en la próxima década debería exceder los 100 billones de dólares, por lo cual la aventura iraquí representaría menos del 2 por ciento del ingreso nacional).
Dentro de este juego, e incluso si se da la improbabilísima chance de que el régimen colapse en días como un castillo de naipes, se da la paradoja de que EE.UU. pierde económicamente siempre, ya que incluso en el primer caso sus FF.AA. deberán permanecer en el lugar por bastante tiempo, y el gasto militar –pese a lo que dicen los que ignoran lo básico de la economía– no reactiva. La delirante hipótesis de que EE.UU. anexará los pozos petrolíferos de Irak tampoco mejora las cosas: la salida de la recesión estadounidense no se consigue con una inundación de petróleo -porque esa no es la variable mágica decisiva– en una economía ya deficitaria y que debería soportar al mismo tiempo el costo de ocupar en forma permanente un país del tamaño de Francia, y de vecinos y fronteras mucho más peligrosos que los de Francia.
En estas condiciones, lo mejor es consultar a los expertos. Uno es Saddam Hussein, que en los meses de escalada retórica estadounidense no ha desplazado ninguna de sus divisiones de ejército, no está rodeando a Bagdad, no está construyendo fortificaciones ni ha cancelado francos militares. Es obvio que el tirano de Bagdad no cree seriamente en la ofensiva inminente de George W. Bush. Otro experto es el secretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld, que tampoco ha desplazado a la región nada remotamente parecido a los 250.000 soldados que necesitaría para montar una invasión segura. Y el último experto es el mercado de petróleo, en que los precios no han cesado de bajar desde junio. Ante estas evidencias, las especulaciones de Samuelson se vuelven estrictamente irrelevantes.

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