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Domingo, 21 de junio de 2015

ENFOQUE

Parásitos del desarrollo

 Por Claudio Scaletta

En materia de desarrollo económico, cuando se terminan los diagnósticos y se pasa a las medidas concretas, al tope de la lista se encuentra el financiamiento. El rol del sistema financiero debería ser central para cualquier política de desarrollo. A un nivel muy general se escucha que tras doce años de ensayar un modelo distinto al neoliberalismo, el próximo paso será pasar “del crecimiento al desarrollo”. La economía necesita entrar en una nueva etapa en la que el objetivo principal sea aumentar consistentemente la agregación de valor, tanto para expandir el empleo como para alejar la escasez de divisas. El nuevo mantra afirma que “profundizar el modelo” no puede significar otra cosa que aumentar el valor agregado local y alejar la restricción externa para multiplicar los grados de libertad de la política económica.

Pero si el mantra es verdadero, resulta por lo menos extraño que el rol del sistema financiero no constituya uno de los ejes centrales del debate económico y los discursos de campaña. Una primera respuesta es que los economistas opositores están más preocupados en regresar al statu quo antes que en superar el actual. Conviene entonces no enredarse en el debate de “cambio para atrás” y seguir avanzando.

La pregunta fundamental es si el actual sistema financiero puede ser quien financie el desarrollo. Comenzar a responder demanda analizar cuál fue el rol del sistema tras la salida de la convertibilidad. En “Sistema Financiero y desarrollo: revitalizar el papel de la banca pública” (Aeda, mayo de 2015), el investigador Alan Cibils reseña que durante la década 2003-2013 la relación entre volumen de préstamos y Producto (PIB) fue del 28 por ciento. Para América latina, este número fue del 60 por ciento y para el mundo el 161 por ciento. El sistema financiero local, entonces, presta la mitad que el de la región y menos de un quinto que el promedio mundial.

Una segunda cuestión es el destino de esos préstamos. Durante los ’90 el crédito a los sectores manufactureros pasó del 35 al 15 por ciento del total. Luego, tras el shock contractivo de la crisis de 2001-2002, los valores se estabilizaron en torno al 16 y 17 por ciento a partir de 2005. En general todos los rubros mostraron caídas, desde el sector agropecuario a la construcción. Sólo crecieron los créditos personales, que pasaron del 25 por ciento del total a fines del siglo pasado al 35 en 2015. La foto del presente muestra que alrededor de un 2 por ciento de los créditos se destinan a la construcción, cerca del 12 a la producción primaria, alrededor del 17 a la industria y el 35 por ciento a las personas. En las últimas tres décadas, entonces, se produjo una transición desde los préstamos a las empresas para la producción a los préstamos a las personas para el consumo.

En términos generales, el camino seguido por el sistema financiero local no fue distinto del transitado por el resto del mundo. Librados al mercado y sin ninguna otra regulación, los bancos en tanto empresas buscaron los nichos de mayores ganancias y menor riesgo. La reconfiguración hacia la banca personal, con servicios más caros y mayores intereses, fue acompañada por un significativo aumento de los ingresos. La Rentabilidad sobre Activos o ROA del sistema financiero local no dejó de crecer desde la salida de la crisis. Se volvió positiva en 2005 y se duplicó, del 2 al 4 por ciento, en los últimos cinco años.

Las primeras conclusiones son que a pesar del crecimiento económico de la última década el sistema financiero continúa subdesarrollado, tanto si se lo compara con las principales economías del mundo como con la región. Este subdesarrollo contrasta con ganancias muy elevadas en términos comparativos. Si bien el sistema acompañó las tendencias internacionales reorientándose a los nichos de negocio de mayor rentabilidad y menor riesgo, ser dueño de un banco en el mercado local supone ganar el doble que en Brasil y el triple que en Estados Unidos o Corea del Sur.

El aspecto cualitativo clave, sin embargo, no fue ni el reducido tamaño del sistema ni sus elevadas ganancias, sino su déficit funcional. La banca local se limitó a montarse en el crecimiento del consumo. En su descargo podría decirse que esta tendencia fue marcada por la macroeconomía, pero en cualquier caso la recuperación de las actividades productivas se produjo sin el apoyo del sistema financiero. El sistema no se comportó como motor del desarrollo, sino como su parásito.

Si lo que se busca es financiar una nueva etapa de desarrollo, ¿puede hacerlo el actual sistema financiero? Como suele suceder en casi la totalidad de los problemas macroeconómicos no es necesario inventar la pólvora. Existe una abundante experiencia internacional en la materia. Todos los países de industrialización tardía siguieron recetas heterodoxas. Corea del Sur nacionalizó su banca. India no lo hizo al principio, pero debió hacerlo ante el fracaso del sistema de mercado. En China el Estado controla prácticamente la totalidad del crédito. En el mercado local, la nacionalización de la banca no está en la agenda de ningún candidato con posibilidades de ganar. No forma parte del debate político. Sin embargo, el mercado demostró con hechos que si no son obligados por el Estado, como comenzó a ocurrir tras la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, los bancos prefieren no prestarle a la producción. No lo hacen por razones estrictamente económicas; es más riesgoso y menos rentable. La conclusión preliminar es que, si se quiere financiar un proceso de desarrollo, será necesaria una intervención más activa del Estado. También que la orientación de recursos crediticios debería contar previamente con un plan de desarrollo, algo inexistente hasta el presente. Si tal plan existiese, no es necesario recurrir indefectiblemente a una nacionalización completa de la banca, pero sí debería profundizarse el rol de la banca pública. Un paso posible sería la creación de un Banco de Desarrollo siguiendo las mejores experiencias regionales, como el caso del Bndes brasileño, y descartando las malas experiencias locales, como fue el caso del Banade. Adicionalmente, se cuenta con una infraestructura existente y extendida de banca pública con el Banco Nación, cuyo papel y alcance podría reformularse y profundizarse. Un grado de libertad adicional es que actualmente el Estado no se financia con la banca privada, sino casi exclusivamente a través de los bancos públicos.

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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