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Domingo, 12 de mayo de 2013

DEBATE › PRECIOS DE LAS MATERIAS PRIMAS, TIPO DE CAMBIO, EMPLEO E INDUSTRIA

Viento de cola o política económica

La economía está bajo disputa de los vientos de reprimarización siguiendo a los nostálgicos del “granero del mundo” o de conducirla por la vía de políticas económicas a un destino de desarrollo.

 Por Federico Moughty y Maria Alejandra Fernandez Scarano *

Nuevamente estamos en la etapa de liquidación de la cosecha, y la disputa por los precios de los bienes primarios que se exportan y las presiones por el valor del tipo de cambio reavivan discusiones como la del sustento del crecimiento de la economía de la última década. Por un lado están los que creen que durante este período parte importante del crecimiento se debe a una decisión política de subordinar la economía a la política y poner en el centro de la escena un conjunto de políticas económicas en defensa de la industria, el trabajo y el fortalecimiento del mercado interno. Por el otro lado, se repite la metáfora de que el crecimiento es por el “viento de cola”, que parece neutral, pero no lo es. La referencia al “viento de cola” como la transformación de los términos de intercambio a favor de las commodities supone que existen tendencias en el mercado mundial que impulsan la economía argentina pero presuponen a la vez que el impulso es positivo y en la dirección unívoca que la economía argentina debe tomar.

Entonces, si la economía mundial propone un escenario de alza de las commodities, considerar al viento como “de cola” implica direccionar a la economía argentina en un sentido de crecimiento a partir de la producción de commodities, favorecer la expansión de su producción y eventualmente una industrialización local. Es decir, el viento “de cola” es un viento reprimarizador o, en el mejor de los casos, agroindustrializador.

Si lo que se pretende no es una reprimarización de la economía argentina, el viento deja de ser “de cola”, aunque sea viento. Y la necesidad de conducir a la economía a través del Estado tiene una complejidad mucho mayor, mayores tensiones y mayores maniobras, incluso algunas que puedan ser en zigzag. El desarrollo de industrias “no naturales” implica una fuerte acción estatal (o, algún tipo de acción estatal frente a la inacción “liberal” que en algunos casos se pretende), y otra capacidad de acción, tanto desde el punto de vista institucional (tener las herramientas legales para accionar sobre la economía, tanto leyes como la posesión, por ejemplo, de empresas controladas por el Estado), como desde el punto de vista organizacional, es decir contar con un Estado capaz de intervenir efectivamente sobre la economía.

En línea con esta impugnación de las ventajas de los precios de las commodities, economistas como Matías Kulfas entienden que el nuevo régimen de la economía argentina supone la superación de la restricción externa por efecto de los precios internacionales de las commodities, que es a la vez compensado internamente por efecto de las retenciones. Y el cambio es eminentemente producto de la política estatal. El giro hacia la actividad productiva aparece sustentado en la tasa de interés negativa que promueve lo productivo, aún sin un mercado de crédito. Y si bien las rentabilidades por efectos de los precios internacionales redundan en rentabilidades distintas entre las grandes empresas (oligopólicas) y las pymes, esto podría ser superado por la institución de tipos de cambio diferenciados, para compensar las diferencias de rentabilidad entre las actividades primarias o ligadas a estas y las industrias o servicios no vinculadas, a la vez diferenciar a las grandes empresas exportadoras de las pymes.

Para cambiar la matriz productiva no basta con un tipo de cambio alto, hay que intervenir a nivel meso y microeconómico, desplazando la sustitución de importaciones a sectores más vinculados con el conocimiento y la diferenciación y eslabonamiento productivo en particular en las economías regionales.

Por otro lado, para Eduardo Basualdo, la nueva estructura de precios relativos conformada tras la devaluación de la moneda potenció el desarrollo de los sectores productores de bienes al encarecer las importaciones y hacer más competitivas las exportaciones. A la vez, la persistencia de reducidas tasas de interés en el mercado local favoreció aún más la actividad productiva, tanto por el lado de la oferta como por el de la demanda, al hacer más barato el crédito para la producción y el consumo. Estos procesos posibilitaron una acentuada recuperación de la rentabilidad relativa de las inversiones productivas, la que evolucionó por encima de la proveniente, de las inversiones financieras, evidenciando no solamente una ruptura de carácter estructural con respecto al período precedente sino el agotamiento definitivo del patrón de acumulación basado en la valorización financiera que se desplegó entre 1976 y 2002.

Sin embargo, se debe resaltar que la inédita, por su cuantía, devaluación real de la moneda implicó una muy significativa transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital, ya que los trabajadores vieron reducido su salario en, aproximadamente, un tercio, por el efecto causado por el aumento de los precios internos sin una contrapartida de los salarios nominales, conduciendo a una acelerada y significativa recomposición de la tasa de ganancia en el conjunto de la economía. Luego de las mejoras en el mercado de trabajo, con la reducción de los índices de desocupación comienzan las reivindicaciones salariales mediante las discusiones paritarias anuales que buscan compensar la inflación y mejorar la distribución del ingreso entre el capital y el trabajo.

La experiencia de los últimos años puso de relieve, una vez más, las limitaciones de una política económica basada en el manejo del tipo de cambio como principal y casi único instrumento, ya que impide, una vez recuperados parcialmente los salarios reales, conciliar el crecimiento económico con una mejora significativa y sustentable de las condiciones de vida de la población.

El desafío es pasar de políticas macroeconómicas a acciones directas que intervengan en la economía para promover una transformación estructural mediante políticas públicas que se extiendan en lo “micro” a través de un Estado que puede operar con políticas puntuales que permitan el desarrollo de sectores clave y enfrentar seriamente las asimetrías regionales, procurando un desarrollo de la economía argentina menos dependiente de la volatilidad de los precios de las commodities y de las decisiones de los grandes capitales concentrados.

El crecimiento sostenido de los últimos años apoyado en una fuerte política económica con objetivos en la industrialización y la creación de puestos de trabajo con sustentabilidad y fortalecimiento de la economía limitaron el veto del campo a las políticas económicas. Esto es posible a pesar de la importancia de las divisas que ingresan por las exportaciones primarias del campo argentino que ya no pueden mediante una nueva corrida generar inestabilidad y presión para modificar el tipo de cambio y con ellos enriquecerse un sector de la sociedad a costa de todos los argentinos.

No se trata entonces de negar “el viento”, entendido como el impacto del precio de las commodities en la balanza externa. Se trata de decidir entre seguir los vientos de reprimarización, por el lado de la apertura comercial y la liberalización del tipo de cambio o por el lado de la devaluación, para transferir excedente hacia los grandes exportadores y rentistas, siguiendo a los nostálgicos del “granero del mundo”; o de enfrentar esos vientos y aprovecharlos, con toda su violencia, para conducir a la Argentina, por la vía de políticas económicas a un destino de desarrollo. Políticas económicas que son micro, meso, complejas, difíciles y, sobre todo, discutibles. Pero que son la discusión que debemos priorizar cuando dejemos de creer que el viento es “de cola”

* Maestría en Economía Política de Flacso.

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Imagen: Alejandro Elías
 
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