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Domingo, 4 de noviembre de 2012

OPINIóN

La riqueza estructural

 Por Daniel Novak

En una interesante nota publicada el 23 de junio en Página/12, Alfredo Zaiat destacó la escasa disponibilidad de estudios académicos sobre la riqueza, en contraposición con la proliferación de trabajos sobre la pobreza, siendo que ambos fenómenos son las dos caras de un mismo tema: los problemas del capitalismo con la distribución del ingreso.

Es por demás evidente que si hay pobres es porque hay ricos, afirmación biunívoca que implica también que hay ricos porque hay pobres. Por supuesto que hay argumentos teóricos que defienden las diferencias en el reparto de ingresos y riquezas, ya que el capitalismo premia y castiga de ese modo la existencia y carencia, respectivamente, de iniciativa y espíritu innovador en el proceso productivo. Aunque también es cierto que no siempre son esas virtudes las que originan las diferencias: el afán de lucro y la ambición de acumular son pulsiones que no siempre reparan en la ética de los recursos empleados.

En un reciente seminario realizado por la Cepal en Chile sobre “Tributación y Crecimiento con Equidad” aparecieron algunas ponencias interesantes sobre esta cuestión, algunas de las cuales refieren a otros trabajos de investigación que tratan de lograr mayor profundidad académica que la que no se proponen publicaciones como la revista Forbes, WealthX o las gestoras de activos Merrill Lynch o Capgemini. Tal es el caso de la presentación efectuada por Andrés Solimano y Juan Pablo Jiménez sobre “Elites Económicas” que cita, entre muchos otros, un trabajo de Facundo Alvaredo de la Universidad de Oxford y otro de Atkinsons, Picketty y Saez con datos de la Escuela de Economía de París.

Esa presentación facilita la comprensión de lo que se entiende por elites económicas y algunas de sus implicancias en términos sociales y políticos. Arranca por explorar las definiciones más comunes de ricos y súperricos y cita por ejemplo la de Atkinsons, quien define como ricos a aquellos cuyo patrimonio no afectado a uso personal equivale a 30 veces el ingreso medio per cápita de un país. ¿De dónde sale esta relación? De considerar la tasa de rendimiento a largo plazo de las inversiones a nivel global en alrededor del 3,5 por ciento anual; en Argentina, con un ingreso medio anual per cápita de 11.000 dólares, una persona con un patrimonio productivo de 330.000 obtendría ese ingreso medio con el rendimiento anual de 3,5 por ciento sobre su capital. En otras palabras, con ese patrimonio podría vivir de sus intereses con el nivel de ingreso promedio de su país sin hacer otra cosa.

Los súper-ricos, según este enfoque, son aquellos cuyo patrimonio es 900 veces mayor que el ingreso medio per cápita del país, o sea 30 x 30 veces, lo que implica que puede obtener ese nivel de ingresos con “los intereses de los intereses” de su capital; en nuestro ejemplo estaríamos hablando de alguien con un patrimonio de casi diez millones de dólares. Y finalmente los mega-ricos son los que tienen un capital 27.000 veces mayor que el ingreso medio (30 x 30 x 30); en nuestro ejemplo, un patrimonio de cerca de 300 millones de dólares.

De todos modos, éstas son definiciones conceptuales difíciles para manejar estadísticamente, porque para ello deberíamos contar con encuestas más o menos confiables que nos permitan saber quiénes están por encima o por debajo de estos valores de referencia y que en algún sentido son límites arbitrarios, como los que establece la Canasta Básica Alimentaria para medir la pobreza. Estar un dólar por encima o por debajo de estos valores no define per se la condición de rico o pobre de cada caso individual, aunque sí tiene sentido estadístico medir cuántas personas están por arriba o por debajo de esos valores.

Otra dificultad de las definiciones anteriores es que son relativas al ingreso promedio de cada país y eso complica la tarea de las comparaciones, porque un mega-rico de Estados Unidos tiene un patrimonio casi cinco veces superior a un par suyo de Argentina. Lo que hacen las publicaciones como Forbes es ignorar esas diferencias y hacer relevamientos con valores absolutos homogéneos para todos los países. Según el documento citado, para esa revista, en 2011, había 1210 billonarios (patrimonio superior a mil millones de dólares, según la definición anglosajona), de los cuales más de la mitad (628) están en Estados Unidos, Rusia y China y 51 en América latina (30 en Brasil y sólo dos en Argentina).

Otro dato interesante es el de la participación de los mayores perceptores de ingresos en el total del ingreso nacional. Según el trabajo, por el 2005, el 1 por ciento de mayores ingresos de la Argentina capturaba el 16,75 por ciento de la renta nacional y sólo el 1 por mil se quedaba con el 7 por ciento del ingreso total. Para ese mismo año, el 20 por ciento de menores recursos cosechaba el 3,4 por ciento del ingreso total y el 40 por ciento inferior recibía el 13,4 por ciento. Dicho de otro modo, el uno por ciento (alrededor de 400.000 personas) obtienen una masa de recursos 25 por ciento mayor que el 40 por ciento inferior (aproximadamente 16 millones de personas); y las 40.000 personas más ricas recibían el doble de ingresos que las ocho millones más pobres.

Esto podría llevar a preguntarnos si éste es un precio adecuado y justo a pagar para tener una economía más pujante. Solimano y Jiménez dudan de que semejante desigualdad esté justificada de esa forma al afirmar que “aparte de que las personas enfrentan diferencias en oportunidades que pueden ser decisivas para el nivel de recompensas que reciben, es evidente que la acumulación de riquezas no responde solamente a un proceso transparente de retribución del esfuerzo y el talento por parte de mercados atomísticos e impersonales. En la distribución de ingresos y premios en la sociedad también influyen factores como el origen social, los contactos políticos, la obtención de rentas y otras características no competitivas”.

Una interesante afirmación del filósofo Tomás Abraham dice que no sólo deberíamos ocuparnos de la pobreza estructural en la Argentina sino también de la “riqueza estructural”, porque en definitiva son las dos caras del mismo problema

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Imagen: Corbis
 
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