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Sábado, 31 de enero de 2009

TEATRO › EL EVANGELIO DE EVITA, DE CARLOS BALMACEDA

El mito se confiesa en escena

Alejandra Darín se pone en la piel de Eva Perón para revelar presuntas “memorias” que ilustran sobre la vorágine que envolvió su vida. La obra teatral, que invita a la polémica, se puede leer también como un gran espejo de la Argentina y sus contradicciones.

 Por Facundo García

Desde Mar del Plata

El domingo 2 de septiembre de 1951, días después de renunciar a su candidatura a la vicepresidencia, Eva Perón viajó a la Costa Atlántica para reponerse del disgusto. La enfermedad todavía no la había postrado; y en caso de sentirse bajoneada, contaba con la compañía de su confesor y amigo, el sacerdote jesuita Hernán Benítez. Se rumorea que ahí Evita comenzó a escribir unas memorias que revelaban entretelones de la vorágine que la había llevado de Los Toldos a las esferas más altas del poder. Nadie sabe dónde terminaron esos escritos. Ni siquiera se ha confirmado que existieran, pero Carlos Balmaceda jugó a imaginar su contenido en El Evangelio de Evita, que se presenta todos los lunes y martes a las 22.30 en el Radio City (San Luis 1750, Mar del Plata). Protagonizada por Juan Vitali y Alejandra Darín, la obra se plantea como una opción no concesiva que invita a seguir pensando un buen rato luego de que ha caído el telón, lo que no es poco en la frivolizada cartelera de las vacaciones.

Es que el peronismo sigue siendo una máquina de generar odios y amores. Por eso a la hora de interpretar a Eva la disyuntiva es refugiarse en los iconos massmediáticos o jugársela a caminar sobre campo minado, con los riesgos que eso implica. Para ponerlo en términos prácticos: ¿cómo no parecerse a Esther Goris? Darín explica que el componente que le permitió descubrir nuevos rostros para su personaje fue la inocencia. “Me saqué de encima los prejuicios y traté de ver qué me pasaba a mí con este ser tan fuerte, que además siendo joven, pobre y actriz se las ingenió para elevarse. Fue como enamorarse de alguien. Empezás a averiguar más de esa persona, tratás de detectar coincidencias y te surgen dudas que confirmás o no.” Enfrente lo tiene a Juan Vitali, que se integra resaltando la intensidad de compartir tablas con su compañera. “No solamente porque es la primera vez que laburamos juntos sino porque retomar este conflicto de alguien que acababa de renunciar al cargo de vicepresidenta –y hacerlo después de un año en el que ese rol ha adquirido un cariz tan especial– sin duda le suma intensidad al proyecto. Sobre todo teniendo en cuenta que, por otra parte, a sólo medio siglo de aquel episodio que despertó tantos entredichos, tenemos una presidente mujer.”

La pieza transcurre íntegramente en una chalet de Playa Chica, adonde los protagonistas han llegado de incógnito. Eva hace catarsis y comparte inquietudes con el cura amigo, a quien llega a calificar como “su alma gemela”. Entre el ensueño y la alegoría, el diálogo de ambos va trayendo a escena a siete personajes que iluminan diversas dimensiones de la figura histórica. La galería va jalonando un recorrido biográfico que abarca desde sus inicios en la actuación hasta la bronca de ser desplazada en la candidatura, pasando por la relación con Perón y el primer discurso frente a los descamisados. El carácter íntimo de las confesiones favorece la sinceridad: “Hay algo que no le conté a nadie; no leí La razón de mi vida. Ese libro no es mío, no habla de mí, apenas si me roza con sus palabras cargadas de fanatismo y cursilería. La verdad es que nunca me agradó la idea de publicarlo, pero debí aceptar el proyecto porque a Perón sí le gustaba y es muy difícil oponerse a sus caprichos llenos de vanidad”, suelta ella en una ocasión. El deseo de creerle alimenta una trama que –más que contar acciones concretas– se asemeja a un gran espejo de la Argentina y sus contradicciones.

En ese trajín, Vitali anda a las corridas. Le toca interpretar al propio Perón, al sacerdote Benítez, a Juan Duarte –el hermano de Eva–, a Héctor Cámpora, al sindicalista José Espejo, a un “contrera” y a Roberto Arlt. Cada uno propone lógicas y encrucijadas distintas. “Ideológicamente, la obra es muy abierta –apunta el actor–. Tan abierta, que queda claro que sus enemigos, encarnados principalmente por este ‘contrera’, tenían fundamentos elaborados. O sea que no hay estereotipos. Es más, me parece súper interesante que incluso haya una escena romántica y un poco erótica entre Perón y Eva. Es una dimensión poco tratada del vínculo entre ellos. De pronto ves dos seres humanos que se quieren, y que tienen dudas y crisis como cualquiera.”

Alejandra toma confianza y deja salir el cariño que le ha tomado a la criatura que encarna. “En un país en el que todos hablan y hablan, ella se arremangó y se puso a hacer. Los que se indignan están siempre. ‘¿Cómo puede ser posible que se muera de hambre la gente?’, repiten. Habría que responderles: ‘Bueno, basta, andá y colaborá para resolverlo’. Creo que Evita lo hizo, con errores y aciertos. Ante eso, todo lo que le critican se me hace chiquito”, se embala. Y una cita a Emile Cioran la ayuda a graficar una ilusión que la viene persiguiendo en las últimas funciones. Palabras más, palabras menos, el rumano declaró en una ocasión que “no hay mayor voluptuosidad que la mera posibilidad”. “Venía pensando en esa frase. Van a cumplirse noventa años del nacimiento de Eva. Eso significa que existe una posibilidad, por mínima que sea, de que ella esté viva. Eso me dispara mil sensaciones.”

“Disparadora”: ésa es una definición admisible del trabajo que dirige el marplatense Balmaceda. La figura de rodete rubio que vuelve en las noches del Radio City comparte con su inspiradora real la capacidad de movilizar. Tanto es así que al salir de la sala el cerebro pide a gritos un café y un buen amigo para conversar sobre los infinitos “qué hubiera pasado” que la historia dejó pendientes. Y eso también es teatro.

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El Evangelio de Evita, interpretada por Darín y Juan Vitali, se presenta lunes y martes a las 22.30 en el Radio City.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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