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Viernes, 20 de marzo de 2009

TEATRO › EL GRUPO DE TEATRO CATALINAS SUR REESTRENA VENIMOS DE MUY LEJOS

Una vieja historia de inmigrantes

Como parte de la celebración por los 25 años de la agrupación artística de vecinos de La Boca, volverá a subir a escena la entrañable pieza que rescata la vida en los conventillos. Su director, Adhemar Bianchi, habla del pasado y el presente de esta experiencia comunitaria.

 Por Sebastián Ackerman

La Boca es uno de los barrios porteños que todavía mantiene rasgos identitarios, esas marcas en el orillo que señalan una procedencia: la Bombonera, persianas de negocios pintadas con los colores del club, Caminito, y podría agregarse al Grupo de Teatro Catalinas Sur. Nacido de la cooperadora del colegio del barrio Catalinas hace ya un cuarto de siglo, su identificación con el barrio y sus tradiciones es muy fuerte. “Nosotros queremos a La Boca, somos de acá”, resalta Adhemar Bianchi, director del grupo. “Es muy especial: además de ser uno de los lugares en los que el arte popular estuvo expresado desde fines del siglo XIX, ha sido siempre un lugar de inmigración. Entonces es un mundo que vive en la calle. Y nosotros nos sentimos parte de La Boca”, se enorgullece. Y para celebrar estos 25 años reponen en el Teatro de la Ribera (Pedro de Mendoza 1821) los sábados a las 21 Venimos de muy lejos, una obra estrenada en 1990 que recupera la convivencia en los conventillos de finales de siglo XIX y principios del XX de aquel aquelarre inmigratorio que pobló nuestro país.

–¿Por qué eligieron Venimos de muy lejos para celebrar estos veinticinco años?

–Para nosotros el Teatro de la Ribera y el IFT fueron las primeras salas en las que trabajamos. Y La Ribera es una sala en nuestro barrio y un lugar donde habían llegado y trabajado casi todos los viejos antepasados de la gente de La Boca. Llegaban al Hotel de los Inmigrantes, que es donde ahora está la Dirección de Migración. Entonces, un poco reproducimos la historia de los inmigrantes, que llegaban en los barcos, y muchas de esas historias son contadas por nuestra propia gente, los integrantes del elenco se las escucharon a sus abuelos... fue una cosa muy interesante y muy afectiva para nosotros hacerlo en Vuelta de Rocha. Y ahora que el Complejo Buenos Aires nos dio la sala por estos dos meses, cuando nos preguntamos qué haríamos, decidimos Venimos... y el Parque Japonés. Y también con invitados (ver recuadro). Con nuestros amigos festejamos haciendo teatro para la comunidad en La Boca. Ahí estamos, viendo cómo nos acomodamos en casa ajena, del Estado, que tiene sus reglas y hay que contemporizar.

El traslado al Teatro de la Ribera se debe a que el grupo está refaccionando el Galpón de Catalinas, su “casa”, que compraron en 2001 y al que esperan volver a mitad de año. “El Galpón es nuestra plaza techada, aunque ahora si lo miramos de techada no tiene nada”, dice Bianchi, y ríe. “El Galpón para nosotros ha sido un paso importante. Además, nos permite hacer talleres, abrirnos a la comunidad, hemos hecho cosas con muchas organizaciones del barrio... es nuestra casa, abierta a los que quieran estar”, invita.

–En Venimos... es fuerte la presencia del anarquismo. ¿Es una obra pensada políticamente?

–Más que un tema político, es en términos de un testimonio de lo que fue la inmigración. Tenés el tano comerciante, y otros tantos, y también el movimiento obrero. Los anarquistas fueron parte fundamental de nuestra organización sindical, y eran tanos y gallegos. Pero más que como una mirada política es un reconocimiento del lugar de donde venimos y cómo era todo esto. Sin intentar ser folklórico y con ciertas puntas: tenés el cívico también, el puntero de aquel momento; están la prostituta, el cura gallego. Tenés toda la estructura que había entonces. En todo caso, en la última parte sí hay una ironía cuando aparecen el educador, el sociólogo, que hacen los diagnósticos académicos, pero nunca ponen esos diagnósticos en obra. Es decir un poco que ya todos sabemos cuáles son los problemas, como la pobreza, y que lo que falta es poner manos a la obra. Creo que cumplimos con un rol que el arte tiene, que es el de pinchar y, con humor e ironía muchas veces, decir cosas que nos parece que hay que decir. Y que salen de un contexto de gente que va de 90 años a adolescentes. Acá hay laburantes, pibes desocupados, estudiantes, obreros, pequeños comerciantes, algún profesional, que somos un espejo pequeño de lo macro que es la sociedad.

–¿Cómo se coordina un grupo de casi trescientas personas?

–Nosotros básicamente somos un teatro de vecinos. Vienen de toda edad, clase social, profesión y opinión. Siempre que la opinión fundamental sea el crear juntos y el concepto solidario. O sea que hay algunos que quedan excluidos... pero se excluyen solos en realidad: ni vienen (risas). A partir de eso nos organizamos: nos reunimos a la noche o los fines de semana. Y cuando estamos más cerca de algún estreno o algo así, nos juntamos dos o tres veces por semana y después casi todos los días. Pero a la noche. Hay un equipo de trabajo que es el que coordina y que es el que tenía o adquirió los oficios para poder multiplicarlos con la gente: canto, orquesta, títeres, organización, gestión... se fue armando un equipo. Hay algunos que han tenido experiencia actoral, pero acá vienen como vecinos. La ventaja que tienen es que los podés utilizar más como comodín cuando tienen oficio. Son muy pocos, pero buenos los que tenemos.

–Siempre resalta la cuestión de recuperar el espacio público. De hecho, definió al Galpón como una “plaza techada”.

–Hay una concepción nuestra de por qué esto del espacio público, por qué las plazas: porque nosotros mantenemos que esto de la seguridad no es un problema de más policías ni de pena de muerte, sino de volver a recuperar el espacio público para la gente y que no sea tierra de nadie para los dealers, ni para la policía, ni para los ladrones. Y recuperar el espacio público es también la fiesta, pero en el sentido de la celebración de estar juntos. Hay un montón de cosas incipientes, pero entendemos que no es una pavada que se hayan armado más de treinta grupos en el país, porque la gente está necesitando eso. Además, obviamente necesita trabajo y un montón de cosas más, ¿no? Pero ayuda que la gente piense y cree colectivamente en un territorio que no es sólo para venir a dormir y después se va a trabajar a otro lado. Que piense en términos territoriales y de comunidad.

Para Bianchi, la urbanización del barrio Catalinas tuvo mucho que ver en los orígenes del Grupo de Teatro, allá por 1983. “Hay determinantes arquitectónicos que crean cierto tipo de cosas”, sostiene, y argumenta: “Siempre dije que Catalinas es como un conventillo, tiene un patio central y edificios alrededor. Los edificios no están mirando hacia afuera: la gente no sale a la calle; sale al patio y después va a la calle, por esos senderitos internos que hay. Yo creo que eso va creando algo. Primero que no hay calles, entonces está la escuela ahí, los pibes se mueven tranquilos. Y también está muy cerca del centro. Se dio un barrio donde vivía mucha gente joven, con hijos en la escuela, y se formó una cooperadora de padres fuerte. Era la generación de los que hoy tenemos cincuentaipico, sesenta. Es una generación que venía de las épocas en las que se pensaba que los cambios sociales estaban ahí, de la izquierda o del peronismo. Es una generación con un planteo social fuerte”.

–Pero eso sólo no alcanza para formar un grupo de trabajo comunitario...

–En la época de la dictadura –y La Boca fue un barrio muy golpeado por las desapariciones–, la escuela era un lugar donde llevar adelante esas prácticas en común; entonces empezaron a avanzar haciendo bienales de arte, tratando de mantener los lazos comunitarios en una época muy dura. Y en ese contexto, había un taller de teatro, y cuando me plantearon a mí que hiciera un taller, yo dije que taller no, porque Argentina estaba lleno de tallerismo. Que si querían nos planteábamos un proyecto de hacer teatro con los vecinos en la plaza. Algunos se acercaron y así comenzó el Grupo Catalinas a ocupar la plaza, todavía con dictadura militar. Nosotros estrenamos en noviembre del ’83. Fue una necesidad de ocupar el espacio público, de recuperarlo de alguna forma. Estrenamos una obra de teatro clásico español que hablaba de la censura del rey Fernando II, que se las traía para censor, con la lectura de las prohibiciones y de esos absurdos de Fernando, que obviamente tenían una lectura distinta para el público. Era una especie de gran ironía, de gran broma, de joda, con teatro español en verso, clásico.

–Las “choriceadas” son un clásico del grupo. ¿Las siguen haciendo?

–¡Claro! Las choriceadas se hacen siempre en la puerta de nuestro teatro, y en La Ribera vamos a probar. Si no nos echan los de Prefectura...

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El Grupo de Teatro Catalinas Sur, una marca identitaria de La Boca.
 
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