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Martes, 20 de diciembre de 2005

TEATRO › PATRICIO CONTRERAS, GUSTAVO GARZON Y UNA OBRA SOBRE HOMBRES EN PENA

Cuando el hombre muere de amor

En la pieza que se estrena este jueves, cuatro hombres fundan un club en el cual compartir sus desencuentros amorosos.

 Por Cecilia Hopkins

Cuatro visitadores médicos han decidido fundar un improbable club de caballeros, donde compartir la melancolía de saberse solos o rechazados por las mujeres que aman. Bailan tangos entre sí y analizan sus desencuentros amorosos fundados, según el caso, en la viudez, la infidelidad, la reciente separación o la timidez enfermiza. Escrita por el santafesino Rafael Bruzza, Rotos de amor se estrenará este jueves en Mar del Plata bajo la dirección de Daniel Suárez Marzal, con un elenco integrado por Patricio Contreras, Daniel Fanego, Gustavo Garzón y Víctor Laplace. Con esta obra se inaugura el Nuevo Teatro Güemes (ex La subasta). Acerca de la pieza, dicen Contreras y Garzón: “Son cuatro amigos que representan diferentes modos de enfrentar la realidad, y también modos distintos de escaparse de ella”, opina el primero. La obra de Bruzza no entraña, para ninguno de los dos, ninguna crítica respecto de la mujer. Según Contreras, “la implica pero no es ella el objeto de la indagación: es el hombre el que se examina y ahonda sobre sí mismo, en relación con la mujer”. Para Garzón, “la obra habla del sufrimiento del hombre, de la imposibilidad de amar en un sentido positivo, porque estos personajes viven el amor como una tortura o una utopía”.
–¿Cuál es la fuente de ese sufrimiento para sus personajes?
P. C.: –Estos hombres sienten una infelicidad que no les permite vivir en plenitud, por diferentes razones. Una separación puede ser la oportunidad de comenzar de nuevo y ésta es una situación que puede provocar una gran incertidumbre y temor. Y una gran excitación por la libertad que implica. Pero mi personaje, Rodríguez, el más concreto de todos, no desea desapegarse de esa familia que formaba con su mujer y su perra.
G. G.: –Son hombres que, si bien no se suicidan, están a punto de hacerlo, porque no le encuentran sentido a la vida. Muestran un aspecto del hombre que la mujer, tal vez, desconoce. Porque los hombres que padecen por amor no pueden cortar con sus sentimientos, tal vez porque son más primitivos y, por eso, capaces de cualquier cosa.
–¿Cómo fue la primera lectura de la obra?
G. G.: –Lo que me pareció más interesante es que sean hombres los que tocan esta temática. Porque siempre son mujeres las que hablan de amor, el hombre habla de fútbol, de política, de su trabajo.
P. C.: –La obra se lee con facilidad y agrado pero, a la hora de hacerla, se vuelve difícil. No es sencillo encontrarle el tono. Tiene algo de juego surrealista con un humor leve, a veces roto a través de alguna pincelada porteña o costumbrista. Pero encontrándole el tono poético se puede apelar a la fe del público para que le encuentre el verosímil. Por otra parte, yo asocio la obra a Beckett.
–¿Dónde estaría la similitud?
P. C.: –No en el plano metafísico o existencial, pero sí en un clima general de esa situación de espera en un lugar del que no se sabe demasiado. Y está, además, la alusión a la mandrágora que también aparece en Esperando a Godot. Es la planta que crece al pie de los ahorcados con el poder de borrar las penas de amor. La obra tiene un nivel poético que me gusta y es algo naïf, por las situaciones que presenta.
–¿Encontrarle el tono general a una obra es una cuestión de dirección o de actuación?
G. G.: –Yo diría que es una obra poético-filosófico-humorística. Me suena un poco a Dolina, otro poco a Fontanarrosa. Es una mezcla de absurdo, humor, tragedia, porteñismo.
P. C.: –Creo que el tono aparece con la dirección. Hay que encontrarle un mecanismo muy preciso, porque una comedia como ésta se cae si no se mantiene en la virtud del juego.
–¿Cómo se trabajaron sus personajes?
P. C.: –Aunque cada uno es muy diferente al otro, estos personajes muchas veces dan respuestas corales y tienen algo de clown. Pero no es una obra psicologista, con una estructura de conflictos y antagonismos agudos, sino una especie de fábula que aborda un conflicto abstracto, ligado a los sentimientos.
G. G.: –Son personajes que están al servicio de la teatralidad y el humor de la obra. Pero hay muchas reflexiones interesantes. Una de las frases de mi personaje tiene que ver con la idea de que los sentimientos son ingobernables, porque no se puede decidir cuándo amar y cuándo dejar de hacerlo. El debate que plantea la obra tiene que ver con dos formas de pensamiento: por un lado, se dice que hay que vivir en estado de emoción permanente aunque se sufra y, por el otro, que es necesario alejarse de la emoción y vivir tranquilo toda la vida.

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“Estos personajes viven el amor como una tortura o una utopía.”
 
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