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Viernes, 22 de mayo de 2009

TEATRO › VICTOR LAPLACE, RAFAEL BRUZA Y CLARIBEL MEDINA

“La idea es reflexionar, pero a través del humor”

Los intérpretes explican el sentido de la pieza teatral Tango turco, que sigue la historia del insensato viaje emprendido por una pareja de cantores. “La clave temática es la pasión, o más bien, la destrucción de la pasión”, coinciden.

Escrita hace un año por el santafesino Rafael Bruza, Tango turco es una obra que retoma algunas de las obsesiones del autor de El clásico binomio y Rotos de amor: el destino de los artistas trashumantes y el arte popular, la posibilidad de vivir de las propias pasiones y, muy especialmente, la pervivencia del amor. Dirigida por Lorenzo Quinteros e interpretada por Claribel Medina, Víctor Laplace y el propio Bruza, la obra acaba de subir a escena en la sala María Guerrero del teatro Cervantes. Es la historia del insensato periplo que emprende una pareja de cantores de tango (Medina y Laplace) que, habiendo asesinado a un hombre en Buenos Aires –el marido de ella– se ve obligada a recorrer el mundo. No tanto para encontrar un público para su arte sino principalmente para hallar un sitio donde la culpa deje de obsesionarlos. Al guitarrista, un libanés que también tiene asuntos de peso en la conciencia (interpretado por el propio autor) lo encontraron en España y, a pesar de las dificultades lingüísticas del caso, lo sumaron al proyecto ambulante. En la puesta todos cantan: fragmentos de “Mi noche triste”, “Anclado en París”, “Chorra”, “La fulana”, “Pasional”...y hasta una milonguita de nombre desconocido que Laplace escuchaba en los bailes de Carnaval de su Tandil natal.

“Los personajes parecen afectados por un pecado original –afirma Bruza en la entrevista con Página/12, junto a sus compañeros de elenco–, porque todos sienten que deben lavar algo, ya sea por haber asesinado o por haber abandonado a su familia”, explica en relación a los móviles del viaje. En cuanto al asunto que la pieza aborda, el autor considera que la clave temática es la pasión, o más bien, la destrucción de la pasión: “¿Cómo es que aquello que fue enorme en la vida de alguien y que dio sentido a todo en un preciso momento, se degrade con el tiempo y se gaste para siempre?”, se pregunta. Según relata Bruza, el objetivo de la obra fue tomar como punto de partida a este singular trío para hacer foco sobre “la ceguera que desata la pasión e intentar una reflexión sobre el amor”.

–¿Es una historia de culpas?

Claribel Medina: –Estos dos seres se unen para cometer un asesinato por el amor que se tienen y son absolutamente inconscientes de lo que va a pasar con ellos mismos y con lo que sienten. Junto al libanés, que aparece durante el viaje, estas tres personas conviven alrededor de su propia decadencia.

Víctor Laplace: –Creo que en la obra está esa fantasía tan argentina de que si nos vamos afuera vamos a triunfar. Esa manía de pensar que afuera es mejor que adentro. Pero la salida del país no deja de ser una complicación enorme para estos personajes porque se les mezcla con los desencuentros afectivos esta supuesta ambición de conquistar nuevos mundos. Así que, lejos de mejorar, van empeorando más y más.

–¿Qué les hace pensar los nombres artísticos que la pareja toma?

C.M.: –Argentino y Argentinita son los nombres que se ponen para ocultar sus propios nombres...

V.L.: –Con la partida, ellos pasan a tener un comportamiento extraño: se despersonalizan en el viaje por su necesidad de huir y luego eligen llamarse Argentino y Argentinita. Es denigrante esto que les pasa. Es lo sorprendente del teatro, que puede mostrar apenas en una hora y media, la historia de una persona, su ascenso y caída.

C.M.: –Los dos se van hundiendo cada vez más. Es cierto que ella es una atorranta importante...pero hay que ver que también es una sobreviviente. Es tan egoísta que llora por ella misma, por haber perdido la capacidad de amar, no por el otro.

–¿Cuesta a veces identificarse con los personajes?

V.L.: –El teatro representa para el actor la posibilidad de exorcizar, de curar, de dejar a la vista todos los vericuetos del ser humano. Entonces, aparecen cosas que a veces uno no sabe que tiene dentro. Hace muchos años, cuando ensayaba Viet Rock junto a Jaime Kogan, yo tenía que hacer el rol de instructor de un grupo de colimbas y ahí, en una improvisación, me apareció una capacidad de maldad que yo no sabía que tenía...

C.M.: –Sí, yo creo que todos los personajes plantean complicaciones... hacerse cargo del texto es difícil. Y en este caso, de todo lo que hay detrás de las imágenes y metáforas que tiene.

Rafael Bruza: –Por otra parte, este texto no es naturalista ni costumbrista, de modo que no admite incorporaciones aleatorias sin que se corra el riesgo de romper su sentido poético. Porque hay palabras que amplifican el sentido y otras que tienden a cerrar un concepto.

–¿Es difícil formar parte del elenco de la propia obra?

R.B.: –Es difícil pero fue muy rico para mí tomar parte en este proceso. Y escuchar y aceptar la lectura de los otros. Hubo algo que no tuve en cuenta: cuando escribí la obra no sabía que el personaje del libanés iba a hacerlo yo, ni que fuese tan complicado (risas). Me fui a la mezquita y me interesé por la cultura islámica. Tuve que trabajarlo con toda rigurosidad: no podía hablar de cualquier forma aunque hubiese humor de por medio.

V.L.: En Tango turco se mezcla la comedia con elementos del drama. Nuestros personajes van modificando permanentemente sus estados de ánimo. En cada escena atravesamos situaciones muy diferentes y corremos el riesgo que uno atraviesa cuando hace una tragedia. Porque esos personajes se van deteriorando hasta lo impensado. Y aunque ellos alcanzan niveles de bajeza muy grandes y no se pueden pasar por alto cosas muy serias que dicen, no por eso deja de ser una comedia.

R.B.: –Estos personajes tienen una gran ingenuidad. Una ingenuidad que conlleva una esperanza que está siendo demolida permanentemente. Amelia y Rodolfo van cayendo y con ellos, la idea de que uno puede ser fácilmente feliz y encontrar sus objetivos en la vida.

V.L.: –Cuando hice Rotos de amor (junto a Gustavo Garzón, Patricio Contreras y Daniel Fanego) también hablábamos de que no es fácil encontrar el amor. Los personajes no sabían qué hacer con ese sentimiento, estaban desesperados y sin saber cómo comportarse.

R.B.: –En Rotos... los personajes le echan la culpa de sus infortunios al amor y en esta obra la culpa la tendría la pasión. Lo que se cuestiona es el sentimiento que nos aborda o nos asalta, independientemente de si uno es hombre o mujer.

C.M.: –En relación al rol de la mujer, que hoy cumple tantos roles, en Tango turco Amelia no espera que le resuelvan las cosas sino que decide sobre su vida y se muestra autosuficiente.

–¿En qué medida cambia el teatro?

V.L.: –El teatro se ha ido modificando, variando sus modos de expresión. Teatro Abierto fue un tácito acuerdo entre público, actores, directores y dramaturgos porque no se podían decir algunas cosas. Hubo otros momentos en los que se hacía teatro barrial (yo mismo lo hice junto a Briski), en otros, aparece como medio expresivo la comedia musical, un modo maravilloso de contar, porque cuando las palabras no bastan, se apela al canto y al baile. Este teatro que escribe Bruza instala algo parecido al neo realismo italiano, donde hay humor y a la vez, reflexión lúcida.

–¿Creen que la obra habla al espectador acerca de cosas que conoce bien?

V.L.: –Uno siempre antes de estrenar está inseguro del eco que va a tener lo que la obra proponga. Especialmente hoy, que la palabra está tan vituperada, uno se pregunta cómo estará el nivel de audición de la gente.

–¿Y cuál es su conclusión?

V.L.: –Me parece que la palabra está deformada y las ideas, dejadas de lado. No hay mucho pensamiento propio sino que la gente afirma o disiente por lo que escucha que dicen otros. Lo que me doy cuenta –y esto me emociona y me sorprende siempre que lo compruebo– es que no hay nada como apelar a la inteligencia de la gente. Yo pensaba que en esta obra había cierta complejidad, pero lo cierto es que a nadie se le escapa nada. Es lo mejor que le puede pasar a un actor, como comunicador de ideas y transmisor de lo que le pasa en el alma a la gente.

R.B.: –Por suerte vemos que no reflexionamos vanamente porque el público se siente atravesado por la problemática que uno le plantea y sentimos un eco en el otro. Y esta empatía es lo que uno busca desde el teatro. Al escribir esta obra quise reflexionar a través del humor. Esta conjunción de reflexión y comicidad me impulsa a escribir, siempre con la idea de sacar alguna conclusión.

V.L.: –En Tango turco hay una mezcla de grotesco y absurdo que da una ecuación diferente, tal vez la síntesis de lo que es este país: somos pasionales, grotescos y absurdos. Y todo esto nos ha llevado siempre por caminos insospechados y complejos. Schopenhauer escribió acerca de la necesidad de dejar de lado las pasiones y dedicarse a la contemplación estética. No es una característica nuestra, nosotros como país estamos lejísimo de eso. Acá la gente habla pero no reflexiona demasiado.

–¿La palabra se ha devaluado desde el plano de lo político?

V.L.: –No es solamente en lo político. Muchas veces uno sabe donde está el enemigo pero no siempre está preparado para hacerle frente desde el discurso. Uno debería estudiar y analizar primero y luego pasarle por encima al adversario.

C.M.: Desde la familia tampoco se hace demasiado para inculcar el valor de la palabra.

V.L.: –Es que se escucha mucha zoncera. Hoy ya no hay tanta gente a la que, como antes, daba placer oírla hablar.

R.B.: –Hay un proceso muy grande de desculturalización que ha vivido este país y la obra también habla de eso. Estos personajes comienzan a tratarse de usted muy formalmente y van denigrándose y a la vez, deteriorando su lenguaje. Yo creo que la denigración del lenguaje es la denigración de la conducta y viceversa. Es decir, que hay una doble vía, y no una relación fija de causa y efecto.

–¿Dónde fija el comienzo de ese proceso de desculturalización?

R.B.: –Nuestro país ha vivido dos represiones muy grandes. Una en el terreno de lo político, la otra, desde lo económico. Vivimos una crisis que creó un estado de miseria, que es también una forma de anular a la gente.

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La obra escrita por Bruza, e interpretada también por Medina y por Laplace, va de jueves a sábados en el Cervantes.
Imagen: Pablo Piovano
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