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Lunes, 15 de junio de 2009

TEATRO › CARLOS RIVAS Y SU PUESTA DE HOGAR, DE DAVID STOREY

“Aún tenemos la sensación de merecernos la grandeza”

El director de La prueba y La duda sostiene que el origen británico de la pieza que se presenta en el Teatro Payró no impide profundas conexiones con la realidad argentina: “Se trata de una metáfora de la exclusión, hay una crítica muy fuerte a lo social”.

 Por Cecilia Hopkins

Nacido en 1933, el dramaturgo británico David Storey escribió Hogar (Home) en 1970, una obra que indaga en los cambios que, según el autor, estaban por entonces trastornando las costumbres de la clase media de su país. El nombre de la pieza hace referencia no solamente a un espacio protegido a compartir en familia sino a un asilo o refugio, algo que los cuatro personajes protagónicos ansían encontrar. El director Carlos Rivas ha realizado una versión del texto original, cambiando muchas de las referencias que aparecen, especialmente en la conversación que mantienen unos seres “que tratan de recuperar una identidad que ya tienen perdida identificándose con valores patéticos”, según afirma en la entrevista con Página/12. Así entonces, lo que parece una reunión informal de dos hombres en una plaza una mañana de un día feriado se va transformando con el correr de los minutos. Finalmente, queda claro que el espacio que ambos comparten es el de una institución psiquiátrica. Otros internos merodean detrás de los árboles o se acercan a matar el tiempo junto a ellos, para intercambiar impresiones o para anudar, sin demasiado éxito, algún lazo afectivo. El día, que transcurre jalonado por el horario de las comidas, finaliza cuando no queda mucho más por conocer acerca de la soledad y la desprotección de estos seres.

Llama la atención que el elenco reunido por Rivas para esta obra (que se presenta en el Teatro Payró los viernes a las 21.30 y los sábados a las 21) esté compuesto casi exclusivamente por debutantes, alumnos suyos de un taller de actuación. “Yo siempre elijo las obras que quiero dirigir y las estreno en un circuito comercial o en el Teatro Payró, como en este caso”, afirma, en tanto evalúa: “En ambos lados trabajo con el mismo equipo técnico y el mismo rigor, porque tengo mucho respeto, tanto por mi trabajo como por la gente que viene al teatro”. ¿Qué es lo que Rivas se propone al elegir una obra? “Aspiro a proponerles a mis espectadores alguna experiencia emocional”, contesta Rivas, quien valora especialmente la conmoción en el plano de lo sensible: “Entre la cabeza y el plexo solar, allí quiero llegar a golpear con mis puestas”.

Aunque el director está más habituado a estrenar en el circuito comercial que en el alternativo, no encuentra sin embargo mayor diferencia entre un ámbito y otro, salvo que “en el teatro comercial no se puede investigar, porque las condiciones de producción tienen otros tiempos”. El director de La prueba y La duda eligió esta pieza para trabajar con alumnos avanzados porque considera que la investigación sobre registros de actuación puede hacerse “o con un grupo de actores profesionales muy entrenados o con un grupo como éste, que tiene tantos años de trabajo, que han desarrollado un código en común”, explica. El elenco de Hogar está integrado por Abián Vainstein, Martín Papanicolau, Lourdes Cerretani, Adriana Marqués y Sergio Catallani, en los roles principales. Otros actores realizan breves apariciones corporizando una ronda de personajes que, según el director, “metaforiza muchos de los aspectos internos de los protagonistas” además de ampliar la visión de este mundo de encierro y frustración.

–Frecuentemente recurre a la dramaturgia inglesa para sus puestas...

–Me gustan los autores ingleses porque todos, cada uno en su estilo, conocen a la perfección el mecanismo de la acción dramática por la tradición teatral que tienen. David Storey tiene algo muy dual y también muy ambiguo al plantear un cruce entre una forma de teatro que busca lo trascendental a partir de preguntas metafísicas, y otro muy enraizado en la realidad social. Esto también lo tenía Shakespeare. Plantea un mundo con un gran vuelo poético y existencial, pero nunca desconectado de la represión social, del peso del poder de las estructuras en el individuo.

–¿Se puede decir que Hogar es una pieza sobre la represión de la sociedad sobre el individuo?

–En cierto modo, sí. El autor investiga cómo opera la cultura y el poder sobre el mundo interno, sobre lo psíquico y lo privado. Estos personajes están expresando patologías psicológicas que provienen del peso del medio político, cultural y religioso donde han vivido.

–¿Están purgando algo que han hecho o están allí para curarse o rehabilitarse?

–Están allí dejados de lado, expulsados del mundo por no haber podido aceptar la norma social.

–Allí es donde se nota que la obra tiene muchos años. Hoy el abandono sería absoluto. Esa misma sociedad hoy no alimentaría sus desechos...

–Se trata de una metáfora de la exclusión. Hasta hay gente que está esperando afuera para entrar. Hay una crítica muy fuerte del autor a lo social. Esta obra tiene que ver con el proceso iniciado con el neoliberalismo, a partir del cual gran cantidad de personas de la clase media se vieron desplazados del sistema. Algo que ellos pasaron antes que nosotros, que recién lo vivimos en los ’90. Los dos hombres tienen una cierta cultura y están acostumbrados a un nivel de vida que ya no pueden sostener, entre otras cosas.

–Cuando aparecen las dos mujeres se hace evidente que ambos sexos están retratados en forma muy diferenciada. ¿Por qué cree que es así?

–Allí aparece uno de los grandes temas de la obra: la debilidad de los hombres respecto de las mujeres. El proceso cultural que viene viviendo el hombre va en contra de su figura de varón proveedor porque queda al borde de la estructura. Y ya no pueden conservar el rol de sostenedores de la familia, se sienten debilitados como figura paterna, también como maridos. Están asustados sin saber qué hacer. Por su parte, las mujeres esperan conseguir hombres que las ayuden y no hombres que lo único que pueden hacer es llorar.

–Y el único que conserva su fuerza parece un ser muy poco lúcido...

–Es un personaje simbólico. Representa a una violencia animal que no tiene conciencia ni objeto. Está allí para administrar el lugar de cada uno, una fuerza bruta que no sufre ni reconoce en el otro a un igual.

–Usted está acostumbrado a trabajar con traducciones. ¿No cree que se pierde mucho del texto original?

–Traducir implica siempre algo que se pierde o se traiciona. En esta obra, el autor habla con cierta ironía acerca de lo que es ser inglés, vivir en una isla y, sin embargo, mantener un orgullo colonial y sentir que se es central en el planeta. Hay algo de eso en nosotros mismos, que nos sentimos distintos y especiales aunque vivimos tan al sur, tan lejos de todo.

–Pero ellos fueron un imperio...

–Recuerdo haber leído que Camus, después de una larga visita a Buenos Aires, sentía que ésta era la capital de un imperio que no existió. Creo que nosotros seguimos teniendo la sensación de que merecemos un destino de grandeza que nunca llega. ¿No nos dijeron que estábamos condenados al éxito? Nos creemos los reyes de América aun en este momento de pobreza y decadencia.

–¿Qué es lo que valoriza más de los textos que elige dirigir?

–Me interesan los autores y las historias que cuentan. En un principio, mis actores no entendían el texto, porque lo sentían ajeno e inconexo. Una de las funciones del director es, para mí, revelar al actor aspectos de la obra que no perciben desde su trabajo. Y como por mi naturaleza yo nunca quiero hablar de otra cultura sino de mi propia comunidad, para profundizar la temática de Hogar hice una versión.

–¿Qué aspectos encontró que pueden adecuarse a este país?

–Sentí esta obra muy argentina, muy ligada a algo que yo podía reconocer bien. En una plaza uno puede encontrarse personajes iguales a éstos, que hablan identificándose con el ejército, refiriéndose al sexo y a la pareja, metaforizando en su discurso algo de lo social que ellos no alcanzan a darse cuenta.

–¿Cuáles son los temas que realzó en su versión?

–Algo que me conmueve de Hogar es que todo el tiempo los personajes están añorando construir una familia que los ampare. Y esto es por un mandato que han recibido, desde lo religioso. A la vez experimentan la imposibilidad de construir vínculos afectivos. Me parece que todos estamos condenados a tener que responder a los mandatos de la religión o del Estado para conseguir aquello que configuraría nuestra identidad. Pero que luego son las mismas cosas que se nos vuelven imposibles de sostener, a veces porque entran en contradicción con nuestro deseo. Al entrar en contradicción entre el mandato y el deseo, estos personajes terminan alienados.

–Le interesa subrayar contradicciones...

–Hay muchas contradicciones que aparecen en el discurso. En lo cotidiano hablamos muchas veces sin darnos cuenta de que estamos atravesados por significados perversos. Incluso en discursos aparentemente inocentes. Y esto aparece en los medios, y en la política, además de darse en la vida privada.

–Salvo una obra de Jacobo Langsner, usted nunca puso en escena una obra de autor local. ¿No encuentra estimulante la dramaturgia argentina?

–Reconozco que no ha llegado a mí un material que me interese. A mí me gustan las historias y los personajes que existen como seres vivos más allá de lo que sucede en la obra. Creo que hay algo que ya está agotado en la dramaturgia local, al menos en la que conozco. No aparece algo que no tenga que ver con mecanismos que se justifican a sí mismos.

–¿Le parece un teatro distante?

–En la medida en que sólo queda el juego que justifica la representación y no se va más allá, el teatro no produce una respuesta sensible en el espectador, que es a lo que yo aspiro a producir con mis obras. Me interesa relacionar a las personas con su mundo íntimo, despertar en ellas una cadena de asociaciones que tenga que ver con sus más antiguos recuerdos, con su significado más oculto y profundo. No me interesa producir del espectador una respuesta racional.

–¿Cómo es un teatro de las emociones?

–El teatro griego tenía una función dentro de su comunidad y hoy sigue siendo el único espacio de verdadera representación que queda. Es deseable que no abandone el relato y el personaje. El teatro tiene que arrojar significados sobre la comunidad y ponerlos en crisis. No puede ser un ejercicio de coquetería personal.

–¿Qué es lo que más le preocupa en el orden de lo social?

–Que las personas estén domesticadas por todos los factores del poder. Esto va produciendo la desaparición de los sueños colectivos. Dejamos de ser personas para convertirnos en consumidores. No somos personas que necesitamos educarnos sino consumidores de educación paga. No somos personas que necesitamos estar sanos sino consumidores de sistemas de salud. Esto produce un pensamiento débil propio de esta época, que se da en todo el mundo. La posmodernidad es eso, el individualismo llevado al límite, la desactivación interna del sentido de la personalidad.

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Para esta obra, Rivas apeló a un elenco integrado casi exclusivamente por debutantes.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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