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Miércoles, 4 de enero de 2006

TEATRO › EL GRUPO EL DESCUEVE CUMPLE SUS PRIMEROS QUINCE AÑOS

“Seguimos juntos porque todavía nos sigue uniendo el mismo motor”

Carlos Casella, Mayra Bonard, Gabriela Barbeiro, Ana Frenkel y María Ucedo son los integrantes del grupo que repone dos de sus creaciones más potentes, Patito feo y Hermosura, para celebrar su decimoquinto cumpleaños.

Los 15, la niña bonita, la fiestita de cumpleaños... En la vida de una persona los quince constituyen un momento iniciático. Significa comenzar a salir del cascarón, como una manzana aún verde que mucho debe recorrer antes de madurar. En cambio, en la vida de un grupo teatral –especialmente en Argentina, en donde incontables dificultades obstaculizan la producción de los grupos autogestivos– cumplir 15 significa todo lo contrario. Implica una constancia, una permanencia, un esfuerzo por encontrar una continuidad y no ser meramente un destello en el campo cultural. Y también significa haber llegado a un estadio de madurez artística, luego de haber atravesado períodos de exploración, aprendizaje, experimentación.
Lejos de vestidos (y de los ballets) blancos, el grupo El Descueve ya lleva quince años desde su creación y para festejarlo repondrá a partir de mañana dos de sus obras más recientes: Patito feo, estrenada en 2004 (que se presentará todos los jueves de enero hasta marzo a las 23), y Hermosura –su creación más exitosa, que estuvo cuatro años en cartel desde su estreno, en 2000, que tendrá lugar los viernes y sábados a las 24–, ambas en la Sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza (Corrientes 1660). ¿Cuál es el secreto por el cual los cinco miembros de este grupo siguen trabajando juntos después de tanto tiempo? “Magia”, responden a unísono: “Lo que nos pasa artísticamente es el motor por el cual seguimos.”
Carlos Casella, Mayra Bonard, Gabriela Barbeiro, Ana Frenkel y María Ucedo son los integrantes y fundadores de este quinteto que desde comienzos de los ’90 fusiona la danza con otras materias de la expresión, como el teatro y el canto. El resultado: espectáculos que no parten de un texto elaborado a priori ni son producto de la labor de un único coreógrafo. Porque, para El Descueve, el grupo es la fuente de inspiración y la creación, colectiva. En diálogo con Página/12, con motivo de su quinceavo aniversario, los miembros de El Descueve recuerdan sus inicios, sus primeros objetivos y aquella primera pasión que los acercó al teatro.
–¿Cómo se constituyó el grupo?
Mayra Bonard: –Nos conocíamos por distintas razones. Con algunos compartíamos la escuela de danza, con otros veníamos de la secundaria. Pero lo que nos nucleó fue el espacio experimental que empezamos a generar en los ’90; el lenguaje del movimiento, que cada uno venía explorando de modo individual o de a dúos. Simplemente, nos gustamos y decidimos empezar un proceso juntos.
–¿De qué disciplinas venían?
Carlos Casella: –Básicamente, de la danza. En los primeros años es con lo que más conectados estábamos. Después introdujimos el canto y el teatro.
M. B.: –Era el momento de formación y teníamos mucho entrenamiento en danza. Pero también hacíamos Kung Fu, contact... Ya empezaba la sensación de que íbamos a necesitar de otras cosas.
Gabriela Barbeiro: –Ninguno estaba demasiado formado, pero todos teníamos el interés de entrar en un género con una personalidad propia, que nos identificara. Buscábamos por diferentes lados: con Ana hicimos la escuela del San Martín y Mayra y María, la de Margarita Bali.
C.C.: –Coincidíamos en que ninguno tenía la necesidad o la fantasía de formarse para bailar en una compañía o para otro, sino que siempre nuestra preocupación fue generar movimiento creativo. Yo no tenía una gran conciencia de que me estaba formando para algo. Estaba en el espacio que me gustaba, en donde me encontraba con gente parecida. Y si bien tuvimos una formación fuerte, siempre estuvo acompañada por una necesidad creativa.
Ana Frenkel: –Teníamos veinte años y teníamos muchas ganas de hacer algo. Ocupábamos nuestro tiempo en esto y nunca dudamos de que queríamos crear.
–Estamos hablando del año ’90. ¿Cuál era el contexto artístico en ese momento? ¿Habían tenido contacto con grupos de danza-teatro?
C. C.: –Era un momento en el que había menos comunicación con el exterior. No se recibía información de afuera como ahora, con el Festival Internacional. De todas maneras, la danza alemana (como Pina Bausch) era lo que más nos empapaba, nos enganchaba mucho. Sin embargo, yo sentía más la influencia de nuestro alrededor, que en ese entonces se llamaba el under. Las referencias que teníamos era la gente que nos gustaba de acá, gente de rock, de teatro.
M. B.: –En ese momento estábamos muy cerca de la Organización Negra, aunque nosotros surgimos un poco después. Estaba La Portuaria, todo el movimiento del Paracultural, Vivi Tellas...
–¿Y cómo fue hacer danza en Cemento?
C. C.: –Teníamos un gran objetivo pero no un camino armado. Queríamos mostrar nuestras obras, amábamos lo que hacíamos y eso nos sostenía, pero no había ciclos o espacios para la danza. Había todo un movimiento muy interesante por debajo: todos lugares nocturnos que no encajaban con el tradicional formato de un grupo de danza. Nosotros lo inventamos. Cemento era un lugar al que llegábamos y teníamos que limpiar con lavandina porque habían quedado las tripas del grupo de la noche anterior (en teatro trabajaban mucho con carne, basura...). Limpiábamos, armábamos nuestro piso y las patas con cartón corrugado. La convocatoria era de trasnoche y eso era raro.
G. B. : –Lo que había era un espíritu de mucha adrenalina que nos llevaba a hacer cosas que no sabíamos, en cuanto a la producción, a la convocatoria, a la elección del lugar... Era la alegría de estar inaugurando un lugar con nuestro producto, con la satisfacción de que uno era el creador de todo lo que estaba haciendo, tanto de la movida como de la coreografía, el diseño de luces. Acaparamos todas las áreas sin saber nada.
Con toda la energía propia de quien está inventando un nuevo modo de hacer, los chicos de El Descueve se animaron a introducir en el espectáculo de danza la voz y luego la palabra. Además, las temáticas de sus obras desbordaron las tradicionales historias de los ballets o la abstracción de la coreografía pura. De este modo, convirtieron a esta fusión de teatro y danza en un producto más accesible al público no especializado. La sexualidad, el erotismo y el ánimo transgresor constituyeron el sello del grupo, que buscó siempre “transmitir mediante las sensaciones, la música, la imagen” y “hacer sentir a la gente emociones que son vitales, como el amor, el humor, el sexo y el dolor”.
–¿Fusionar la danza con el teatro les permitió poder hablar de lo social, de la realidad?
C. C.: –Nunca tuvimos preconceptos acerca de lo que debíamos hacer. Siempre hubo una intuición que nos motivaba. Por lo general, las cosas que el grupo intelectualmente empieza a elaborar mucho, rebotan y no quedan en la obra. En cambio, las cosas que echan raíces son las más vicerales o espontáneas, que sentimos que son creaciones más allá de lo que nosotros podamos entender. Nos fascinamos con una imagen y ésta de a poco va emanando una sustancia de la cual surge la obra. Todo eso está conectado con lo social, lo sociopolítico, porque trabajamos con la materia humana, pero el sentido es sólo un regalo de la obra.
–¿Cuál es su balance, después de 15 años?
G. B.: –A través del tiempo seguimos allí en el mismo rincón y eso tiene que ver con que logramos una identificación, tener un lenguaje propio, saber quiénes somos en el tiempo y en la sociedad.
M. B.: –Más que en un rincón, yo diría que seguimos en la misma explanada. En el sentido de que hay mucho recorrido hacia atrás pero también mucho camino por delante.

Informe: Alina Mazzaferro.

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Una escena de Hermosura.
 
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