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Sábado, 4 de septiembre de 2010

TEATRO › EL BOX, DE RICARDO BARTíS Y EL SPORTIVO TEATRAL, CON MIRTA BOGDASARIAN Y PABLO CARAMELO

Una fiesta armada a contracorriente

La obra se centra en la fiesta de cumpleaños de La Piñata, una ex boxeadora. Aunque no quiere pelear, los invitados están ávidos de sangre y ella asume el castigo con una resignación casi religiosa.

 Por Hilda Cabrera

Como si fuera un imperativo biológico, María Amelia, La Piñata, se prepara para una fiesta en su casa, un gimnasio de box de mala muerte; carga botellas y lleva bandejas con ansiedad guerrera, perseguida por el deseo de revivir lo que fue. Es la combatiente que recibió heridas antes de tiempo, el centro de una historia con visos de broma negra que genera tensiones y despierta risas, al menos en un sector del público. ¿Qué se viene después del traqueteo de esta mujer, de sus preparativos y la charla con Aníbal, el compañero que arrastra una pierna maltrecha y pretende ser el relator de hazaña inexistentes? En ese ambiente de claroscuros (por el diseño de luces y por lo que se revela y oculta), las ironías se desarman cuando La Piñata acomoda el cuerpo y toma un descanso. Impresiona como el ingreso a un sueño. Su relato, breve, es el de una niña–mujer desorientada. El público se entera de que su “pobre padre” apaleaba a la madre de esta María, tironeada en su niñez por la enseñanza boxística de su padre y la religiosidad de su madre, obsesionada con las normas del catecismo y la historia de la crucifixión. Sin adherir a una interpretación psicologista, puede decirse que ella ha sido su propia antagonista: apuró su vida desdoblándose en niña y adulta, en varón y mujer, pues siendo joven se disfrazó de muchacho para boxear. No caben dudas de que aguantó golpes, y los espera, aunque aquí anticipe que no boxeará.

Con un inicio en el que a la simplicidad del lenguaje se le insertan frases tales como “hay que resistir” o “volver a empezar” (muletillas habituales allí donde rigen formas autoritarias de comunicación), El box recorta un espacio habitado de soledades. Las de Aníbal (Pablo Caramelo) o las de esta ex boxeadora que interpreta Mirta Bogdasarian, una actriz que potencia la acción, tanto en las situaciones que exigen garra como en las que acorralan. Estas últimas se dan con la irrupción de los invitados, protagonistas de una festiva y cruel comparsa animada al ritmo de una cumbia. A esa gente no le sirve el homenaje que María Amelia quiere tributar a sus admirados Mohamed Ali, Nicolino Locche y Ringo Bonavena; sí, en cambio, la propuesta de una fiesta donde se harán algo más que “fintas”.

La mujer dice que no quiere boxear, pero desea recuperar el sentimiento de entrega al combate y a sus consecuencias. ¿Será por eso que no elude los mamporros que le propina una desconocida? Su compañero Aníbal cree que está pasando por un momento de crisis, la de los 50 años, y cuenta retazos de una historia que estremece. Cuando llegan los invitados, la fábula se completa: allí está el Tatu Gauna (Adrián Fondari), con su traza de boxeador desquiciado por los golpes; Torito Cuéllar, o César Cuéllar (Andrés Irusta), su atontado sobrino, conformando entre los dos escenas tragicómicas; el doctor Otamendi (Matías Scarvaci), que prescribe y comercializa medicamentos vencidos, agudizando el lamentable estado de la pierna de Aníbal y el cerebro de Gauna; y dos chicas (Jazmín Antar y Mariana de la Mata) dispuestas a ser parte activa del ritual festivo.

La pelea se azuza cruzando secuencias dramáticas con parodias cómicas. No es cuestión de ponerse en guardia o disfrazarse de señora y lucir una estrambótica peluca. Tal vez, el secreto de una fiesta se empariente con la búsqueda de otra realidad, menos erosionada. Entonces lo adverso es festivo, como el ritmo de cumbia que acompaña a esta historia y al público desde el ingreso al Sportivo. La relación dramática entre texto, movimiento y música toma en algunas escenas carácter de improvisación o de obra que se está haciendo. Un ejemplo lo dan los comentarios sobre personajes del boxeo, como Mohamed Ali, Nicolino Locche o Ringo Bonavena. El box se destaca por las buenas actuaciones y su impronta desacralizadora y ritualista. Descoloca por tratarse de una fiesta armada a contracorriente, necesaria –según La Piñata– para recuperar la intensidad y vibración que se han perdido.

8- EL BOX

De Ricardo Bartís y El Sportivo Teatral

Elenco: Mirta Bogdasarian, Pablo Caramelo, Adrián Fondari, Andrés Irusta, Matías Scarvaci, Jazmín Antar y Mariana de la Mata.

Escenografía y realización: Isabel Gual y Ricardo Félix.

Vestuario: César Taibo.

Video: Mercedes Amorena.

Entrenamiento musical: Manuel Llosa.

Asistencia de dirección: Mariano González.

Producción ejecutiva: Domingo Romano y Lorena Regueiro.

Concepción de espacio y dirección: Ricardo Bartís.

Lugar: El Sportivo Teatral, Thames 1426.

Funciones: viernes y sábados a las 22.

Tel. 4833-3585. Localidades: 60 pesos.

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En El box se cruzan secuencias dramáticas con parodias cómicas.
 
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