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Sábado, 11 de septiembre de 2010

TEATRO › DIEGO LICHTENSZTEIN, COAUTOR E INTERPRETE DEL MUSICAL ZEIDE SHIKE

“Vivimos en una sociedad de nietos”

Para contar la historia de su abuelo, que creció como judío creyente pero renegó del Dios que permitió toda clase de penurias, el autor e intérprete armó un musical que revisa a varios exponentes del cancionero popular, temas en idish y plegarias en hebreo.

 Por Facundo Gari

Era julio de 1992. Shike tenía 87 años: 68 en Argentina y la infancia dejada en su tierra natal, Rusia. Recostado en una cama del Sanatorio Güemes, observaba a través de la ventana de la habitación de un piso veintipico, en la que había sido internado por un cáncer de próstata. Miraba acaso esperando que sucediera algo, como lo hacía en casa de su hija cuando en un silencio estricto recorría con la vista la plaza de enfrente, luego de la muerte de su esposa. La tradición lo había hecho judío, pero ya no creía en ningún dios y buscaba tal vez un pretexto para volver a hacerlo, para recrear la fe perdida por el desarraigo prematuro de un pago más frío que ese invierno –aunque cálido de raíz– y de la muerte infinitamente cruel de sus tres hermanas mayores en manos de los nazis. Luego murió su padre, y su madre “de tristeza”, aseguró él cuando recibió la carta con la trágica noticia. Entró en la habitación uno de sus doce nietos. “Vení, Dieguito, acercate.” “¿Qué pasa?” “Abrime la ventana.” “¡No, lo único que te falta es resfriarte!” “Abrime la ventana que mis padres me vienen a buscar”, sobrepuso Shike. Dieguito titubeó, pero hizo caso. En ese instante, su abuelo cerró los ojos para siempre. “Había estado peleado con Dios y al final creo que se amigó. Porque no estaba delirando, y yo quiero creerle”, dice en diálogo con Página/12 el nieto en la anécdota, Diego Lichtensztein, coautor (junto con Perla Laske, que es además directora de la puesta) e intérprete del musical Zeide Shike, pieza que revisa a varios exponentes del cancionero popular, como Astor Piazzolla, Marilina Ross, Atahualpa Yupanqui, Eladia Blázquez y Teresa Parodi, además de temas en idish (incluso un tango) y plegarias en hebreo. “Son canciones que tienen que ver con él y conmigo, pero las elegí pensando en el argumento”, aclara.

Cuenta el tenor que la pieza documental surgió a modo de homenaje a su abuelo materno. “La idea era reivindicarlo.” ¿Frente a quiénes? “Frente a él mismo”, zanja, y prosigue: “Del chico judío y religioso que era en Rusia a sus 16 años se transformó en un ateo comunista que prestaba su casa en Remedios de Escalada para hacer reuniones clandestinas. Y lo mandaron a un lugar en el que hizo una vida que no era la que había soñado; eso lo volvió una persona frustrada”. Tal es el tópico que prima en el musical: la frustración, los pasos melancólicos de un hombre golpeado por tanto trajín, y ello en desmedro de “golpes bajos” como el antisemitismo y la guerra o el costado militante del zeide.

–¿Por qué despolitizó la vida de su abuelo en esos aspectos?

–Pensé la obra para que de alguna manera la gente la completase. Si el artista le da todo demasiado masticado al espectador, éste no cumple ningún rol. En cambio, si sugiere y quien mira completa con su propia historia, el público tiene un rol activo, hay interacción. Entonces, no quise caer en el lugar común. Se toca la guerra, pero sin golpes bajos. Y si bien la historia es sobre un inmigrante ruso y judío, la temática es universal. Es como en la película Visitando al señor Green. Lo ves a Pepe Soriano, que es un zeide, sobre un tema recontrajudío pero universal: un padre que no acepta que su hija se case con alguien que no es de su religión. Acá es lo mismo. El venía de la Rusia de los ’20. Tenía tres hermanas mayores y los nazis las mataron. Después murió el padre y a los quince días, la madre. Tuvo una vida así. Y él no era uno de esos inmigrantes que llegaron sin saber nada. Había terminado el colegio y estaba preparado. Pero tenía una contradicción, eso de “cuando se abandona el pago y se empieza a repechar, tira el caballo adelante y el alma tira pa’trás”. Y ahora, a medida que pasa el espectáculo, siento que lo desato de su historia.

Mientras Lichtensztein desanuda (o abre la ventana), la sintomática sensación que prima es la melancolía, acentuada por los aquí sombríos muros de ladrillos a la vista del Café Velma, que en la cúspide del desarrollo se vuelve un espacio incluso mortecino, aun a pesar de la evocación festiva a Tita Merello y algún recuerdo chistoso sobre el anciano y su esposa. Acentúan ese pesar un fondo negro, las ropas de luto y un dúo de bandoneón y clarinete que lloran lo que el intérprete evita. “Me pasó de emocionarme mucho, pero ahora lo controlo”, celebra. Ojo: es melancolía, no tristeza. “Me doy cuenta de que el aplauso final es un aplauso acongojado, pero siento que la obra transmite una emoción linda”, sostiene.

–Allí alega que parte de la frustración de su abuelo provenía de no haber podido ser lo que hubiera querido...

–Es una interpretación mía en base a su carácter. Creo que él fue destetado antes de tiempo. No sé si supo lo que podría haber sido, pero sé que lo que le pasó no fue lo que soñó. Tal vez ninguno de los inmigrantes que vino a la Argentina vivió lo que soñó. Por eso la gente se identifica tanto con la obra. Las familias van tomando un camino y hay muchas partidas, como la de Shike. Pasó en 2001, ya hace casi diez años, cuando muchos partieron a España o Portugal. De alguna forma, vivimos en una sociedad de nietos.

–¿Pero cómo puede alguien no frustrarse de vez en vez?

–No está mal tener frustraciones. De hecho, la maduración de una persona es proporcional al nivel de frustraciones que haya tenido. Y además, ¿quién pudo ser todo lo que quiso? Lo malo es no haberlo tratado. El se enojó con Dios, pero yo digo todo el tiempo en la obra que yo no pienso lo mismo. Mis hijos van a una escuela judía y voy al templo en las fiestas. Pero lo entiendo, porque qué dios podía permitir que le pasaran las cosas que le pasaron. Era obvio que lo mandara a la mierda.

–¿Tiene temor de repetir la historia de su zeide?

–Creo que todos tenemos ese miedo. En la obra hago consciente lo inconsciente.

–¿Cómo se elige qué se puede contar de una historia íntima?

–La premisa fue no herir sensibilidades. Hablé mucho con mi mamá. Lo demás, el que habla soy yo. Es mi historia sobre mi abuelo. Y este abuelo no es el mismo que para sus otros once nietos. Cuando yo era chico, mis padres me decían: “Los queremos a vos y a tu hermana igual”. Y es mentira. Tengo tres hijos y no los quiero igual. No más a uno que a otro: son vínculos diferentes.

–¿Es cierto lo que dice en la obra, que los judíos responden con una pregunta?

–¿Es cierto? (risas). Cuando mi abuela le preguntaba qué quería comer, mi abuelo decía: “Cualquier cosa”. “Bueno, te hago ravioles.” “¿Ravioles? No” “¿Bife?” “¿Bife? No.” “Entonces, ¿qué querés?” “Cualquier cosa.”

* Zeide Shike se presenta éste y los dos próximos domingos a las 19 en el Velma Café (Gorriti 5520). Lichtensztein estará acompañado por los músicos Oscar Kreimer (saxo y clarinete) y Norberto Vogel (piano y bandoneón). Divina Gloria y Zully Goldfarb rotarán como artistas invitadas.

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“Tal vez ninguno de los inmigrantes que vino aquí vivió lo que soñó. Por eso la gente se identifica con la obra.”
Imagen: Rafael Yohai
 
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