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Jueves, 10 de febrero de 2011

TEATRO › LEONARDO KREIMER DIRIGE EL DEALER MANDA, DE PATRICK MARBER

Cuando jugar no es un juego

La obra del autor de Closer habla de seis hombres que se reúnen ante la mesa de poker todos los domingos y cuyas vidas están pautadas por lo que sucede en cada encuentro. “Estos personajes son arquetipos de una sociedad como la nuestra”, afirma el director.

 Por Cecilia Hopkins

En el sótano de un restaurante, seis hombres se reúnen todos los domingos a jugar al poker. Para ninguno de ellos las partidas son un pasatiempo, sino una necesidad imperiosa: no hay nada en sus vidas –ni anhelos, roles o emociones– que no esté pautado por lo que sucede en cada encuentro. Así, el ritual del poker les sirve a los jugadores para discutir y resolver toda cuestión pendiente, además de brindarles los medios para efectivizar venganzas y anudar pactos. Primera obra escrita por el inglés Patrick Marber (el mismo de Closer), El dealer manda (en inglés, Dealer’s choice) se estrenó en 1995 en el Royal National Theatre, pero luego hizo temporada en el West End. La obra, que también fue montada en Nueva York, Los Angeles, Chicago, Melbourne, Berlín, Viena y Zurich, ahora se presenta en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) los jueves a las 21.30, bajo la dirección de Leonardo Kreimer. La interpretación está a cargo de Mariano Caligaris, Leonardo Castillo, Fernando Margenet, Nicolas Martín, Gaby Paez, Gian Carlo Pia Mangione.

La obra se desarrolla en tres ambientes: el salón del restaurante, la cocina y el sótano. La escenografía y la iluminación, obra de Andrea Patron, conjugan los diferentes ámbitos con el objeto de crear una dinámica de corte cinematográfico. “La iluminación funciona aquí como la cámara en el cine: todo aquello que no narra, no sirve”, le explica el director a Página/12 y subraya: “Todo objeto superfluo ha sido eliminado, así como también toda acción superflua fue descartada, de modo que el trabajo del actor está en el centro de la estructura dramática”. Según explica Kreimer, el ritmo que pautan las sucesivas partidas es un factor decisivo: “Los personajes actúan bajo los efectos de la adrenalina del juego: la excitación está allí, latente, hagan lo que hagan y hablen de lo que fuere, porque lo que los mueve es ese deseo permanente de acción”, describe.

–¿La obra habla en términos de adicción?

–Para estos personajes, el juego no forma parte de sus vidas, sino que es al revés: su vida está “dentro” del juego y está pensada en términos del juego. Muchos de noso-tros hemos tenido, tenemos o al menos hemos estado cerca de alguna adicción y sabemos cómo eso puede entrometerse en todos los aspectos de la vida.

–También se podría pensar que la obra es una excusa para hablar sobre el vínculo padre-hijo.

–Esa es una de las cosas más interesantes. Pasa algo singular con algunos textos: cuanto más ensayo, mejor puedo apreciar lo bien escritos que están. Empiezo a degustar los temas como un caramelo mágico que va entregando capas y capas de sabores distintos. La relación padre-hijo es uno de los grandes temas de la obra. Un hijo que busca desesperadamente una figura paterna en cualquiera que se cruce por el camino, pero que ignora al padre; y un padre que ama a ese hijo que lo decepciona una y otra vez, sin dejar de amarlo.

–¿Es una historia sin solución?

–Hay que pensar que el padre de la obra se vincula desde el rol de padre con todos los personajes, no sólo con su hijo de sangre. Será un tercer personaje el que influya directamente en la relación familiar, alguien que se interpondrá entre padre e hijo como un espejo para que puedan mirarse y ver la verdadera dimensión de su patetismo.

–¿Cree que la obra tiene intención de realizar una crítica social?

–No, pero a la vez la realiza. La obra es divertidísima y a veces se pierde el foco porque entra en una especie de delirio muy gracioso del que cuesta salir. Como director me encantan esos momentos, siempre y cuando estén dentro de un marco que les dé sentido. Pero a medida que la obra avanza, la cosa se va poniendo verdaderamente densa, y el espectador puede entonces captar que estos personajes son arquetipos de una sociedad como la nuestra. Entonces la crítica social es inevitable.

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“El juego no forma parte de las vidas de estos personajes, sino que es al revés”, asegura Kreimer.
 
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