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Miércoles, 20 de abril de 2011

TEATRO › PEPE SORIANO Y ARTURO PUIG PROTAGONIZAN EL PRECIO

Apuntes sobre los legados del pasado

Desde esta noche, los actores le darán vida a la pieza teatral de Arthur Miller, con dirección de Helena Tritek. La obra pone el acento en los lazos familiares, con el telón de fondo de la crisis bursátil de 1929.

 Por Hilda Cabrera

Los personajes hermanos de El precio no saben a cuánto tasarán los muebles y objetos que pertenecieron a los padres muertos, tampoco cuál es el precio que ellos mismos han pagado por sobrevivir en una sociedad que exige éxitos. El título de esta obra del dramaturgo, escritor y guionista Arthur Miller (1915-2005) juega con esa circunstancia. The Price, estrenada en 1968 en el Teatro Morosco, de Nueva York, desarrolla un viejo conflicto entre hermanos a partir de esa tasación. Un individuo ajeno a la familia, Gregory Solomon, será quien ponga precio a los trastos. Esta obra –vista en Buenos Aires en 1968 por iniciativa del empresario Alejandro Romay– se presentará esta noche en el Teatro Liceo, con un elenco destacable, dirigido por Helena Tritek, y producción de Diego Romay. Los objetos arrumbados sobre el escenario prenuncian la venta y la necesidad de los herederos de prescindir del pasado. El hermano que recorre ese desván es Víctor, papel asignado a Arturo Puig, uno de los dos actores que dialogan con Página/12 en la platea del Liceo. Pepe Soriano, demorado por una filmación en una localidad de la provincia de Buenos Aires, llegará más tarde.

Puig se presta a la charla y dice disfrutar de la buena repercusión que ha logrado Los Marziano, la película de Ana Katz, y se asombra de la coincidencia de haber protagonizado, en esa película y en El precio, una historia entre hermanos. Mientras tanto, hace memoria sobre las piezas de Miller en las que actuó: Panorama desde el puente, donde compuso a Eddie Carbone, emigrante italiano, estibador en los muelles de Brooklyn, y Cristales rotos, protagonizada junto a Selva Alemán, donde el referente es el pogrom nazi desatado en Alemania y Austria durante la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938. “En realidad, El precio es mi cuarta obra –apunta–. Pisé por primera vez un escenario en la versión que hizo Pedro López Lagar sobre Panorama... Era el chico que entraba al final. Entonces tenía doce años. Me había quedado mirando un ensayo de López Lagar y él creyó que estaba ahí para entrar en la escena en que aparece todo el barrio. Mi entrada era mirar e irme. ¡Un gran recuerdo!”

–Tampoco faltan recuerdos en esta escenografía...

–Es de Eugenio Zanetti, uno de los ganadores del Oscar y nominado dos veces más por sus trabajos. Esta es una obra sobre los legados del pasado, las alternativas que se nos cruzan en la vida y el precio que cada uno paga por sus elecciones. Víctor, convertido en policía, abandonó sus estudios por cuidar a los padres; en cambio su hermano, Walter, se alejó de ellos y llegó a ser un cirujano exitoso. Aquellas elecciones determinaron el presente. Esther, mujer de Víctor en la obra, no sabe qué hacer, signada por una vida chata, y Solomon, el tasador, parece haber perdido varias empresas.

–Es el que demora el precio y quien, con sus chistes, amortigua los reproches.

–Tiene todos los trucos de los que saben comprar y vender. Por momentos divierte a Víctor, pero éste quiere que se vaya. Descubre que ese hombre dejó hace tiempo su trabajo, pero continúa empecinado en la transacción. Quizá pretenda recomenzar su vida.

–¿Por qué tanto terror al fracaso?

–No llamaría a eso fracaso. La vida los fue llevando a esa situación. Víctor pudo haber sido brillante; era bueno como estudiante, pero lo dejó todo para cuidar a su padre. Esta es una de las obras de Miller en la que no trata en profundidad un tema social. Por ejemplo, Panorama... mostraba el fenómeno de la inmigración en Estados Unidos, y Las brujas de Salem recordaba un hecho real, el proceso de brujería de 1692, en Salem (Massachusetts). Tenía actualidad por la persecución que vivieron él y muchos otros durante el macartismo.

–O sea, la delación generada por un sistema político que utilizó recursos inquisitoriales.

–Fue en la época en que Miller rehusó dar nombres ante la Comisión de Actividades Antiamericanas (en 1956).

–Sin embargo, en El precio, el telón de fondo es la crisis bursátil de 1929...

–La menciona en dos o tres escenas, pero no profundiza. Pone el acento en los lazos familiares, sobre todo en la relación entre esos hermanos que pelean, pero, en el fondo, se tienen afecto.

–En las biografías sobre Miller se cuenta que aquella crisis del ’29 acabó con la empresa textil de su familia.

–Justamente, mi personaje dice en un monólogo que él no quiere que le pase lo mismo que a su padre. Cuando el padre de la ficción comunica a la familia que perdió todo, la madre, enferma, vomita sobre el padre. Se dice que esa escena parte de un recuerdo de Miller, real, donde el que vomitó fue su padre. En la obra, otro personaje observa algo interesante acerca de los padres y los hijos; que en esa familia todo se derrumbó porque no había amor.

–¿Qué significa en ese clima la grabación de risas y las entradas, misteriosas, de Solomon, el tasador que parece no tener edad?

–Esa grabación era parte de un juego que se practicaba en familia en los años ’20. Se reunían para comprobar quién resistía y permanecía serio y quién se contagiaba. Puede ser que esto haya impresionado a Miller en la adolescencia. En cuanto al ingenio de Solomon, creo que nace de la experiencia de vida. Más misterioso es Walter, el hermano que protagoniza Antonio Grimau, porque es difícil saber cuándo miente y cuándo dice verdades.

A las apreciaciones de Puig, ya dispuesto a reanudar su trabajo sobre el escenario, se suman las del actor Pepe Soriano, quien ingresa a la sala algo agitado por el largo viaje desde la provincia. Esto no le impide asumir con excelente humor el diálogo con Página/12 , impactado, también él, por la escenografía de Zane-tti: “Es un artista –apunta–. Lo define ese vitral del fondo, que luce maravilloso con el diseño de luces de Ariel Del Mastro. Esta obra me produce una gran alegría: mis compañeros de elenco y la directora Helena Tritek llevan la profesión bien adentro, tienen historia y no son producto de promociones ni de inventos sin valor”, resume. No es la primera vez que Soriano se acerca a El precio, y lo cuenta: “Con Juan Carlos Gené habíamos pensado en esta obra y en el personaje de Solomon, que hago ahora. Creíamos que Solomon se le había ido de las manos a Miller. En esta versión es menos notorio, pero manda salir al personaje y no lo recupera rápidamente. Hay que hacer un trabajo muy intenso para que esa impresión desaparezca. Aquella vez le escribimos a Miller y él lo reconoció, pero después quedó en nada, porque perdimos la obra. Cuando le íbamos a girar el dinero a través de Juan Granica, Alejandro Romay ya había acordado. De modo que la estrenó Romay, con Myriam de Urquijo, Oscar Ferrigno, Fernando Labat y Raúl Rossi.

–Por lo visto, Romay no perdía obras. En un libro reciente, publicado en homenaje al Teatro SHA, se cuenta que para la inauguración de la sala, en 1968, la intención era abrir la programación teatral con la puesta de El violinista en el tejado, pero también entonces se adelantó a la SHA.

–Hubiera sido lindo presentarla también allí. Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock, de Les Luthiers, me hablaron de la reinauguración. Estuve en aquellos primeros años. Emilio Stevanovich había organizado un recital cuando el teatro todavía no estaba terminado. Se hicieron homenajes a gente muy querida. Participé con un recitado. Hablando de la SHA, pienso en mi relación con los personajes judíos. En El precio hago de Gregorio Solomon, pero compuse otros, en El décimo hombre, de Pady Chaievsky, que presentamos en el teatro de San Telmo que dirigían Carlos Gorostiza y Lydée Lisant; en Los gauchos judíos, Visitando al señor Green, El violinista en el tejado y Holocausto, una filmación para la TV. Creo que nadie vio ese trabajo, porque lo pasaron de madrugada. Cuando empecé con El precio, me pregunté qué otro viejo judío haría. Sabía que tenía que ser distinto a los otros. Acepté el desafío, y estoy aquí, esperando, como todos, tener un público interesado en lo que hacemos.

–Un público que habrá de multiplicarse ante tantos estrenos.

–Esa diversidad le hace bien. Estamos hablando de cuatrocientos espectáculos anuales. No alcanzan los días del año para ver todo. Parece que el teatro da algo que no se encuentra en otro lado.

–¿Tal vez la oportunidad de acercarse a los actores?

–El actor ocupa un lugar afectivo muy grande en Argentina. Si ahora no nos esperan a la salida del teatro es por este drama de la inseguridad. Pienso que si se organizara una charla abierta después de la función el público participaría. Hice la experiencia con El loro calabrés y fue siempre maravillosa. No puedo explicar qué se produce en la sala, o en un hospital o un espacio comunitario, donde también llevé ese trabajo. Al final del espectáculo, cuando reparto el pan entre la gente se producen momentos emocionantes. Quisiera hacer una propuesta, y espero que alguien recoja el guante. Ya que éste es un buen momento para el teatro, los autores, directores, actores y críticos de teatro debiéramos armar encuentros para buscar el camino que ofrezca al público lo mejor de nosotros. Estar sobre el escenario es semejante a correr con los ojos cerrados. Por eso, la palabra que nos llega de afuera, y no sólo la de una noche sino la del trabajo de todos los días, nos conduciría a un teatro fuerte. Tratemos entonces de dar lo mejor para que Buenos Aires sea realmente un polo de teatro.

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Puig y Soriano, experiencia para un clásico.
Imagen: Lucía Granovsky
 
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