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Domingo, 5 de junio de 2011

TEATRO › UN DEBATE SOBRE LOS MODOS DE PRODUCCION EN EL MICA

Las fronteras desdibujadas

Rubens Correa, director del Cervantes; Sebastián Blutrach, del Metropolitan, y Roberto Castro, de El Portón de Sánchez, cruzaron pareceres y reflexiones sobre tres áreas de producción que, sostuvieron, ya no están tan diferenciadas.

 Por María Daniela Yaccar

La mirada de los participantes coincidió en una tesis: “Ya no son circuitos estancos”.
Imagen: Leandro Teysseire.

Si se repasa la historia, se comprueba que la época siempre hizo al teatro en la Argentina. Estuvo ese que halló en la censura a su principal enemiga y el que tambaleó en la democracia, pero recobró esplendor con la creación del Instituto Nacional del Teatro (INT). La actualidad escénica, con 2700 salas en todo el país, es materia de debate. En el Mercado de Industrias Culturales (hasta hoy en Tribuna Plaza, Avenida del Libertador 4404), ofrecieron su mirada Rubens Correa, director del Cervantes; Sebastián Blutrach, a la cabeza del Metropolitan y productor; y Roberto Castro, actor, director y docente de El Portón de Sánchez. La mesa, una iniciativa del INT, se denominó “Modelos de gestión y producción del teatro”.

La idea era poner a dialogar a las tres esferas desde las cuales surge el teatro: la oficial, la privada y la independiente. En efecto, los oradores eran la cara visible de cada uno de estos ámbitos –y la charla se estructuró en exposiciones individuales–, que podrían presuponerse diferenciados. Sin embargo, la mirada de los tres coincidió en una tesis: “Ya no son circuitos estancos”. La “sinergia” fue el eje de la charla. No prendió en todos los presentes: hubo murmullos y comentarios finales –y hasta alguna pregunta– que destilaban cierto desencanto. Es que todavía hay quienes insisten en remarcar la frontera.

De todos modos, Correa, Blutrach y Castro no escatimaron en argumentos para plantearla como una fantasía. “El teatro alternativo produce con el comercial”, puntualizó Correa. “Somos todos los mismos”, remarcó Blutrach. Por su parte, Castro instó a poner al creador en primer plano, más allá del escenario en el cual se desempeñe. Dieron ejemplos sin esfuerzo e incluso repitieron que han trabajado juntos. Una mujer de la platea hizo a Blutrach una pregunta inevitable. “¿Por qué decís que todo es lo mismo, si las entradas en la calle Corrientes salen 120 pesos?” Blutrach le respondió que “el teatro no es masivo” y que, en muchos casos, quienes pagan 30 pesos para ingresar a una pequeña sala son los mismos que pagan 120 para ver una obra en el Metropolitan. Sin embargo, concedió que “el precio puede influir en el tipo de público”.

El primero de la mesa en tomar la palabra fue Correa, quien, luego de repasar la historia del Teatro Nacional Cervantes –que pasó de iniciativa privada a quedar en manos del Estado–, describió las principales “preocupaciones” de su gestión, “en línea con la de Osvaldo Dragún”: “Que el repertorio lo compusieran obras iberoamericanas y que fuera verdaderamente un teatro nacional”. Luego se refirió a las iniciativas con las que el Cervantes apunta precisamente a “nacionalizar el teatro”: el traslado de obras a las provincias (“el año pasado tuvimos 40 mil espectadores en el interior, la tercera parte del total”), las coproducciones y el ciclo Teatro del País (llegan a Buenos Aires elencos de distintas regiones). Su mayor orgullo es, sin embargo, “El Cervantes va a la escuela”, programa mediante el cual el teatro llega a establecimientos educativos o los alumnos se acercan a la sala. “Para fin de año contaremos 70 mil niños entre los espectadores”, calculó Correa, que quiere repetir la experiencia con sindicatos.

Luego habló Blutrach, productor de una buena cantidad de obras de Daniel Veronese –adelantó que preparan una versión de La gaviota– y de Toc toc. Se autodefinió como un ejemplo de la sinergia: “Estoy en los tres espacios”. Sin embargo, su exposición se centró en la esfera privada. “Se critica tanto al teatro comercial, tiene tufillo de mal teatro. Pero ‘lo comercial’ es sobre todo que viene mucha gente”, expresó. Y planteó su visión sobre cómo se encara la dirección de un teatro que no tiene producción propia y cuenta con dos salas, una para 860 espectadores y la otra para 600. “Sería de mala gestión no hacer un espectáculo masivo. La búsqueda de rentabilidad no está reñida con la calidad”, opinó. Desde su óptica, el gran desafío es “armar una línea sin generar contenidos”.

A su turno, Roberto Castro –director de una pequeña sala de Recoleta– ahondó en las particularidades de la gestión del teatro independiente. Para empezar, eligió distanciarse del concepto que lleva implícito el título del encuentro –“¡el teatro no es una industria!”–, aunque aclaró que tampoco le fascina el rótulo de “alternativo”, porque le recuerda a los cartuchos económicos para las impresoras. “Es el ámbito en el cual se producen estéticas nuevas. Además, el teatro oficial y el comercial se está proveyendo de lo que produce el independiente”, sostuvo. También habló desde su lugar de actor y aludió a los artistas que se mueven en uno y otro ámbito. Negó que hubiera una regla general: “Hay gente que no vuelve a hacer un teatro cuestionador y gente que sigue haciendo sus cosas”.

La “sinergia”, según Correa, Blutrach y Castro la marca del teatro actual, quizás surgida de las cenizas que dejó el 2001, arroja una serie de ventajas. Por ejemplo, que títulos de Tennessee Williams o Arthur Miller empiecen a arribar al teatro comercial, cuando antes sólo se encontraban en los teatros oficiales. Por otro lado, “la inserción de actores no es ya tan traumática”, añadieron. “Todos hacemos de esto una profesión y nos gusta vivir bien”, afirmó Blutrach, en un llamado a terminar con la culpa que a veces puede generar el dinero ganado por la pasión propia. Sobre las razones de la sinergia, se destacó una conclusión de Correa. “El modelo de antagonismo entre el teatro comercial y el alternativo no triunfó, porque el teatro independiente creció. Y cuando crecés, tenés que dejar de ser un nene. Tenés que cambiar el chip.”

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