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Domingo, 12 de junio de 2011

TEATRO › PATRICIA ZANGARO HABLA DE SU NUEVA OBRA, QUE SE PRESENTA EN EL TEATRO DEL PUEBLO

Un continente que sirve como metáfora

“El teatro no puede transformar la realidad, pero sí nuestra mirada”, dice la dramaturga, que en esta pieza juega con la idea de que “en Africa está el origen de la raza humana, pero es la población más segregada del mundo, más excluida y rechazada.”

 Por Cecilia Hopkins

Patricia Zangaro estrenó sus primeros textos hacia fines de los ’80. Claro que la que años después sería autora de Auto de fe... entre bambalinas escribía desde hace tiempo, cuando estudiaba para ser actriz en una época muy difícil en general pero compleja en particular, para las expresiones artísticas: “Estudiaba actuación durante la dictadura, un momento muy difícil para manifestarse en cualquier ámbito”, cuenta la autora a Página/12. Y continúa: “Comencé a escribir en forma autobiográfica: creo que mientras el Estado terrorista aniquilaba al país, cada uno en secreto reconstruía su propia historia”. Precisamente, aquel texto que comenzaba a escribir por entonces, el cual hablaba de su padre y del arroyo Maldonado, con los años se fue transformando en Pascua Rea, una de las primeras obras que dio a conocer Zangaro. La cual, a su vez, le permitió encontrar un lugar de reconocimiento en las filas de la nueva dramaturgia. Una vez que supo que la actuación no era lo suyo (entre otras obras, participó en puestas de Teatro Abierto) integró el primer taller de dramaturgia que coordinó Mauricio Kartun, junto a Marta Degracia, Luis Sáez y Susana Poujol. “Me gusta estar en el proceso de ensayo, pero siempre desde atrás”, justifica su decisión la autora. De esta misma manera participó de la puesta de su obra Africa... un continente, que bajo la dirección de Alejandro Ullúa acaba de subir a escena en el Teatro del Pueblo (Av.Roque Sáenz Peña 943, domingos a las 20), con la actuación de Alejo Ortiz, Stella Matute, Verónica Hassan y Matías De Padova.

Escrita en 2008, Africa... fue concebida, según cuenta Zangaro, “en soledad, sin ningún estímulo de afuera. A veces mis obras surgen de una imagen inicial o de la necesidad de experimentar con algún procedimiento técnico. Es después del estreno cuando puedo tener una lectura más intelectual del material que escribí”, analiza. La pieza se desarrolla en la terraza de una casa de departamentos. En ese espacio coinciden sin proponérselo un pintor que acaba de cometer un acto de desesperación, un joven que intenta concretar una acción violenta y una mujer desencantada con la relación que mantiene con su hija, personaje que también aparece junto a su problemática amorosa.

–Llama la atención el espacio elegido para el encuentro de los personajes...

–Es cierto, una azotea es un espacio paradójico, porque es abierto y, a la vez, acotado. La terraza conecta a los personajes con el exterior pero ellos no pueden dejar de estar allí. Es un espacio común con otros, pero esos otros son desconocidos. Al escribir la obra tenía la imagen de una terraza vista desde arriba, con personas que parecían animales de laboratorio.

–¿Cuál fue el procedimiento que investigó durante la escritura de Africa...?

–Quería experimentar con el lenguaje como un instrumento que no permite la comunicación. En el texto hay variaciones de una misma frase así como también hay una gran austeridad en el lenguaje. Con los años, uno va escribiendo cada vez en forma más despojada. Esto se ve claramente en Griselda Gambaro.

–¿Fue su referente?

–Lo fue y lo sigue siendo. Es un faro ético y literario para mí. Ella significa riesgo, experimentación y búsqueda constante. Tener coherencia y no conceder nada ni al éxito ni a las modas y no tener más compromiso que con la propia identidad como escritora.

–Permanentemente, los personajes dicen no querer involucrarse con historias ajenas.

–Uno de los ejes de la obra es la tolerancia y la dificultad de ver al otro. La dificultad de ponerse en el lugar del otro y la compasión, son cuestiones que tienen que ver con la sociedad contemporánea, en general. Hoy los países centrales tienen el poder económico y armamentístico y hacen de su país un bunker. Pero la masa de excluidos es cada vez mayor y su avance será incontenible. En un país como el nuestro, esto de no querer involucrarse con el otro recuerda también al “no te metás”.

–¿Qué reflexiones sugiere el personaje de la madre?

–Seguimos atravesados por discursos que la realidad superó. Pensemos en el psicoanálisis, que atribuía la culpa de todo a la familia y especialmente a la madre. Hoy hay unas problemáticas sociales que exceden toda posibilidad de contención familiar. Es imposible no poner en duda la capacidad de contención de una madre frente a los efectos de la violencia urbana, tal como la estamos viviendo.

–Africa... también pone de manifiesto la enorme brecha que existe entre las generaciones.

–La madre no puede comprender a los jóvenes. Pero esta imposibilidad de vínculo la afecta profundamente, le produce un gran desconcierto, perplejidad y desolación. Por su parte, los personajes jóvenes son muy diferentes entre sí. La hija está atravesada por la violencia y la necesidad de consumo, pero el amor le abre una perspectiva porque tiene un proyecto. Aunque su elección (el amar a otra mujer) la hace distinta y esto la problematiza. El chico, en cambio, construye su relación de odio hacia los negros a causa de la relación que tiene con su madre.

–Allí es cuando la palabra “Africa” no sirve para referirse a un lugar concreto sino para hablar de racismo e intolerancia.

–Elegí hablar de Africa porque allí está el origen de la raza humana. Y sin embargo, es la población más segregada del mundo, más excluida y rechazada. Africa es la metáfora de la asimetría profunda que se vive en el mundo. Con sus recursos saqueados, su población esclavizada, Africa podría hundirse frente a la total indiferencia del resto del mundo.

–Su teatro siempre abreva en temas de la realidad...

–Es el teatro que a mí me sale. El teatro no puede transformar la realidad pero sí transformar nuestra mirada. Puede hacer visible algo que puede estar oculto por la saturación de estímulos mediáticos. A mí me parece que la realidad mundial que vivimos es horrorosa y yo no me puedo permitir naturalizar esta sensación. Claro que hay muchas otras formas de hacer teatro, un hecho vivo que no puede ser reemplazado por otras tecnologías: el pacto que se establece entre el actor y el espectador es único.

–¿Cómo se inserta su obra en ese panorama?

–El arte es refractario a todo deber ser, es un lugar de libertad. Satisface diferentes necesidades. Hay un tipo de teatro para divertir que es legítimo, especialmente en tiempos sombríos como éstos. Y otro que habla de otras cuestiones. Yo prefiero el que ensancha mi visión del universo y me da otros sentidos a la realidad.

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“Comencé a escribir en forma autobiográfica: en la dictadura, cada uno en secreto reconstruía su historia.”
Imagen: Daniel Dabove
 
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