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Lunes, 13 de junio de 2011

TEATRO › CAMINANDO CON ANTONIO MACHADO, CON JOSé SACRISTáN Y EL PIANISTA FACUNDO RAMíREZ

Un bello glosario de sensibilidades

En esta sucesión de poemas y música, el actor transparenta con sabiduría aspectos de la personalidad de Machado y de la historia de una España que el poeta quiso distinta.

 Por Hilda Cabrera

Dos oscuras siluetas recortadas contra el fondo azul celeste del escenario preludian el rescate de los últimos días de un poeta admirado. Esas siluetas son las del actor José Sacristán y el pianista y compositor Facundo Ramírez, quien instala una fecha. Parte del 22 de febrero de 1939, día en que murió el poeta Antonio Machado, a sólo un mes exacto de abandonar la asediada Barcelona, tomada por las tropas nacionales el 26 de enero de ese año. Los pulmones de Machado no resistieron el crudo invierno de aquel éxodo ni la travesía a pie hasta llegar a uno de los pasos fronterizos de los Pirineos. Murió en el pueblo pesquero de Collioure (Francia), perdida toda esperanza de cura y de recuperación de una maleta perdida que –se dijo– contenía manuscritos. En la puesta que acaba de presentarse en La Trastienda, un ámbito tipo café concert, con mesas en lugar de butacas, la valija no ha desaparecido. Allí, Sacristán y Ramírez enhebran un intenso y a la vez pudoroso diálogo musical y poético sin perder el hilo con la realidad. Abrazan la figura del exiliado, que el actor caracteriza llevando abrigo y sombrero con la actitud del que debió dejar atrás lo propio. Esta es una vuelta a los años vividos, a las verdades poéticas y a los textos ingeniosos y sencillos de Juan de Mairena, ese autor de ficción y profesor con biografía propia que no es sino invención y el mismo Machado.

En el recorrido escénico que protagoniza Sacristán, su poeta muestra un semblante bondadoso, ironiza sin alardear y tensa el gesto cuando su verso retrata una ausencia o apunta a la guerra, ésa que dividió a los españoles y “dio al amor el tajo fuerte”. La guerra es muerte, experiencia que para este poeta nacido en Sevilla, en 1875, fue real y lo afectó profundamente. Uno de sus poemas más conmovedores, incluido en Caminando..., es La muerte del niño herido.

No faltan tramos en los que el recital denuncia la compulsión que sufre la persona sometida a la arbitrariedad de un poder que fija límites a la libertad. Pero aun en esos pasajes de protesta ante la degradación, los intérpretes se toman un respiro y modifican la atmósfera con una acotación de distinto cariz o el despliegue de un tema musical. Sacristán/Machado pide al pianista amigo que lo conduzca hasta el mar, y Ramírez acepta la propuesta y recrea ese camino ofreciendo al público una composición de la que es autor. Este es otro momento trascendental, pues recuerda aquel pedido que Antonio, muy enfermo, hizo a su hermano José, quien lo acompañó en Collioure. Por ese hermano se sabe que fue un deseo del poeta y su última salida del hostal en que se hospedaba.

En esta sucesión de poemas y música, Sacristán, en su carácter de creador de los enlaces y de la puesta, transparenta con sabiduría actoral aspectos de la personalidad de Machado y de la historia de una España que el poeta quiso distinta. “Fue un tiempo de mentira, de infamia. A España toda,/ la malherida España, de Carnaval vestida/ nos la pusieron pobre, escuálida y beoda. Para que no acertara la mano con la herida.” Así escribe Machado, y en el mismo poema (Una España joven) se esperanza: “El hoy es malo, pero el mañana... es mío”. Acaso porque el español ha sido, como otros, un pueblo que no aprendió a protegerse, surgen el dolor y la injusticia, y el homenaje a los que no cedieron, como Federico García Lorca, el poeta cuyos versos y personajes han ido siempre a la búsqueda de la libertad. Y Machado lo recuerda así: “Se lo vio caminar.../ Labrad, amigos/ de piedra y sueño en El Alhambra,/ un túmulo al poeta/ sobre una fuente donde llore el agua/ y eternamente diga:/ el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”. De estos pasajes apasionados, Sacristán sale contenido, tal vez porque el drama no es de héroes sino de personas, y crea otros climas apelando a un gesto mínimo, una mirada atónita o una media sonrisa. Transmite entonces, siempre a través de los versos, experiencias cotidianas, algunas dominadas por la ternura y la necesidad del amor, como en los poemas a Guiomar, ese nombre eufónico inventado por Machado que para unos correspondió a una mujer real y para otros fue una invención poética.

Un tono apaciguado resguarda la memoria de la niñez y el imaginario sobre el paisaje. Esto se produce cuando el diálogo entre palabra y música se torna juguetón, liviano, como en el recuerdo de la ciudad de Soria, donde el poeta se casó con Leonor Izquierdo Cuevas. La visión de los olivares de Baeza es tan plena como risueña la mención a los textos de Mairena y las observaciones de este profesor apócrifo sobre la diferencia entre retórica y poética. En este cruce de composiciones aparece otro heterónimo de Machado, el inventado Abel Martín y su Poemas de un día.

En escena, Ramírez, pianista y actor, acompaña entre aciertos el trabajo de Sacristán, conmovedor en varios pasajes. Entre éstos, su interpretación de uno de los poemas de Campos de Castilla que Machado dedicó a Leonor, la esposa que amó y murió muy joven, enferma de tuberculosis: “Una noche de verano/ –estaba abierto el balcón/ y la puerta de mi casa–/ la muerte en mi casa entró./ Se fue acercando a su lecho/ –ni siquiera me miró–,/ con unos dedos muy finos,/ algo tenue se rompió./ Silenciosa y sin mirarme,/ la muerte otra vez pasó/ delante de mí, ¿qué has hecho?/ La muerte no respondió./ Mi niña quedó dormida,/ dolido mi corazón./ ¡Ay!, lo que la muerte ha roto/ era un hilo entre los dos.”

Cuando promedia el espectáculo, y dirigiéndose al pianista, Sacristán propone: “¿Nos indignamos?”. Obtiene el sí, y despliega más poemas. Algunos versan sobre la España “de charanga y pandereta”, tan distinta a esa otra “que alborea/ con un hacha en la mano, vengadora”. Machado dice que ésa es la España “de la rabia y de la idea”. Y siguen los poemas y los cambios de clima, como el festivo de Pegasos lindos pegasos y los nostálgicos referidos al sol de Sevilla. Finalizando el recital, Autorretrato y los otros poemas se transforman en adiós, en glosario de sensibilidades y calidoscopio de formas y ritmos que tensan y definen el trabajo de Sacristán y su relación con lo genuino de Machado.

9-Caminando con Antonio Machado

(De los días azules al sol de la infancia)

Intérprete: José Sacristán

Artista invitado: Facundo Ramírez (piano)

Realización escenográfica: Genevieve Petitpierre

Lugar: La Trastienda, Balcarce 468.

Próximas funciones: los días 20, 21 y 22; 27, 28 y 29; y 4, 5 y 6 de julio. Gira por teatros de Junín, La Plata, Bahía Blanca, Mar del Plata, Lomas de Zamora, Tigre, Rosario, Paraná, Santa Fe, Tandil y Azul.

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El Machado de Sacristán muestra un semblante bondadoso e ironiza sin alardear.
Imagen: Gentileza Carlos Furman
 
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