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Sábado, 26 de abril de 2014

TEATRO › GABRIELA IZCOVICH Y SU ADAPTACION DE LA MUSICA DEL AZAR, DE PAUL AUSTER

“Son personajes condenados al fracaso”

Es la primera vez que el autor estadounidense da su consentimiento para una adaptación teatral. Aprovechando su visita a Buenos Aires para la Feria del Libro, estará este fin de semana en una de las funciones que se ofrecen en el teatro La Carbonera.

 Por Cecilia Hopkins

Desde hace años, la actriz y directora Gabriela Izcovich se destaca por su labor de adaptación de novelas al teatro. Comenzó con Nocturno Hindú, de Antonio Tabucchi y, entre otros autores, incluso argentinos, tomó textos de Hanif Kureishi (Intimidad y Cuando comienza la noche), David Lodge (Terapia), Sándor Márai (El último encuentro) y Siri Husdvedt (La venda). Ahora es el turno de Paul Auster: hace dos años que la esposa del narrador y guionista estadounidense (la misma Husdvedt) de visita en Buenos Aires, sugirió a Izcovich tomar La música del azar, novela de 2002, para su traducción al teatro. Es la primera vez que Auster da el consentimiento de llevar una novela suya a la escena. La obra resultante acaba de estrenarse en La carbonera (Balcarce 998) con un elenco integrado por Gerardo Maleh, Alfredo Martín, Carlos Ponte, Agustín Pruzzo y Alejandro Vizzotti y con funciones los viernes y sábados. Este fin de semana habrá una función muy especial, dado que uno de los dos días asistirá el propio autor, recién llegado a Buenos Aires para participar de la Feria del Libro, entre otras actividades. “Ya pasaron por La Carbonera Kureishi, David Lodge y Siri”, enumera sonriente Izcovich en la entrevista con Página/12. Aunque Auster no entiende castellano, la directora confía en que la elocuencia de la actuación impactará al autor, a quien definió como “un artista sensible que va a valorar el desafío que implica el teatro alternativo, sin medios sofisticados”. Sabe también que Auster tiene un “costado artesanal”, ya que en los ’90 supo dirigir películas como Smoke, con pocos medios de producción.

Interpretado por Alfredo Martin, el personaje de la novela de Auster –un ex bombero aficionado a la música clásica– cuenta su historia mediante el recurso del monólogo al público. Así explica el repentino cambio que sufrió su vida al ser abandonado por su mujer y recibir una herencia inesperada de un padre casi olvidado. Ambas circunstancias lo llevan a dejar a su hija a cargo de su hermana, comprarse un cero kilómetro y pasar los meses recorriendo el país y durmiendo en el auto. El resto de las peripecias se organizan en escenas que ocupan diferentes espacios de la sala. De allí en más, el espectáculo se centra en la amistad que entabla el protagonista con un experimentado jugador de poker, con quien espera multiplicar el poco dinero que le va quedando desplumando a un par de millonarios. Pero las cosas no salen bien, y para pagar sus deudas deberán pasar el tiempo construyendo un muro, un capricho de sus excéntricos acreedores.

–¿Le hizo alguna advertencia Auster antes de que comenzara su trabajo de adaptación?

–Lo que llama la atención es que él no quería que la obra sonara discursiva y que, como autor, defendiera la síntesis, algo que es esencial en el teatro.

–¿Qué es lo que más le costó lograr?

–Lo más complejo de solucionar fue el planteo espacial: la acción comienza en la ruta, sigue en un hotel, luego en la mansión de dos millonarios para después pasar a la intemperie. Creo que a Auster lo intriga la manera en que se resuelva la presencia del muro, que yo no lo muestro en escena más que sugerido con algunas piedras. Por otro lado, sus novelas están traspasadas por la realidad de Estados Unidos y yo tenía el desafío de erradicar ese paisaje ajeno al espectador y encontrarle otro.

–¿El muro tiene un valor simbólico?

–Sí, tiene múltiples lecturas: es el Muro de los Lamentos, el Muro de Berlín y también es un monumento conmemorativo de sí mismo, como dice uno de los personajes. Hasta implica la construcción de un túnel que le permita al protagonista pasar hacia otro lado. Podría vérselo como la expresión del pasado que todos llevamos dentro.

–¿Cómo ve a los personajes?

–Los dos fueron abandonados por sus padres. Y hay una construcción vincular que se arma entre ellos que, en función de la diferencia de edad, remite a la relación padre e hijo. Son personajes condenados al fracaso porque son víctimas de su pasado. Creo que estamos presos del pasado. Podremos analizar lo que vivimos con inteligencia y, sin embargo, repetiremos comportamientos que detestamos, tal vez los mismos que adoptaron alguna vez nuestros padres.

–¿Cómo pesa en ambos el tema del azar?

–Como en otras novelas de Auster, aquí también está muy presente el azar. Un encuentro casual puede cambiar completamente el rumbo de las cosas. Todos creemos que manipulamos nuestra vida, que todo depende de nosotros mismos pero el azar puede cambiar todo en un instante. Estos personajes se encontraron por casualidad y ambos trazaron su propia fatalidad.

* La música del azar, teatro La Carbonera (Balcarce 998) viernes a las 21 y sábados a las 19.

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“Auster es un artista sensible que valora el desafío que implica el teatro alternativo”, dice Izcovich.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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