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Miércoles, 4 de junio de 2014

TEATRO › EVA HALAC DIRIGE LA SEñORA KLEIN EN EL TEATRO LA COMEDIA

“Todos tenemos sentimiento de culpa”

La obra del británico Nicholas Wright muestra una confrontación entre la psicoanalista Melanie Klein y su hija Mellita Schmideberg. “El conflicto entre una madre y su hija es un tema universal, donde se juegan los afectos y reclamos”, dice la directora.

 Por Hilda Cabrera

“Un teatro de personajes insignificantes me resulta muy tedioso”, dice la titiritera, dramaturga y directora Eva Halac. Coherente con esa afirmación, ha presentado trabajos que dan cuenta de su empeño por ofrecer algo más que entretenimiento. Basta repasar los títulos de sus puestas y los aportes hechos al teatro de títeres y a la lírica: Sonata de otoño, de Ramón del Valle Inclán; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; El ruiseñor, La Divina Pintura, Los pianistas, El reñidero, Un guapo del 900, Código de familia, Los Kaplan y, entre otras piezas, Ceremonia de hombres solos y Café irlandés. No extraña, entonces, el placer que le proporcionan esos “personajes fuertes, muy enteros” que se imponen en la escena, calificativos que emplea para referirse a La señora Klein, obra de 1988 del británico Nicholas Wright, que dirige en el Teatro La Comedia (Rodríguez Peña 1062). Se trata de un conflictivo encuentro de la psicoanalista Melanie Klein (1882-1960) con su hija Mellita Schmideberg (1904-1983) –su “cobayo”, según se ha escrito–, médica y psicoanalista pero no en la línea de su madre. Testigo de ese enfrentamiento es Paula Heimann (1899-1982), también psicoanalista. Personalidades, todas reales, que en la ficción tensan la escena, se exponen y atrapan con sus parlamentos, algunos expresados a la manera de esos personajes de feria que vocean el “pasen y vean”, como adelanta Halac, en diálogo con Página/12. En este punto, vale aclarar que el espectador de esta obra (estrenada por primera vez en Buenos Aires en 1990) no necesita saber de antemano quién es la señora del título, pues, lo fundamental es “el conflicto entre una madre y su hija; un tema universal, donde se juegan los afectos y reclamos”.

–O sea que el eje es la actuación, ¿acaso hoy relegada por lo decorativo?

–Hoy tenemos un poco de todo, y si algo ha quedado relegado es el texto. No es el caso de La señora Klein. El material que nos ofrece Wright es tan poderoso y desafiante que invita a la aventura. Sería difícil para mí dirigir un espectáculo donde los textos fueran endebles.

–¿Qué destacaría de esa confrontación entre madre e hija?

–Lo que uno siente y piensa acerca de esa relación va mutando a medida que avanza con los ensayos. Esos cambios se relacionan con los distintos puntos de vista que surgen de la observación, que es permanente cuando se trabaja sobre una obra. Uno de los temas fundamentales de esta pieza es la culpa. A partir de ese reconocimiento, surge la posibilidad de reflexionar sobre un sentimiento que nos muestra a una señora Klein menos culpable ante los reclamos de su hija. Ese trayecto me conmueve, porque pienso que cada uno de nosotros, como protagonistas de nuestra propia vida, nos sentimos culpables. Frente a las tragedias buscamos un culpable o nos sentimos culpa. El accidente del hijo de Klein no es accidente para Mellita. Ella afirma que ha sido un suicidio y culpa a su madre. Pensé en el Edipo de los trágicos griegos, y quise plantear la obra como si en esa historia hubiera un Edipo y una trama policial donde se inician pesquisas y se buscan coartadas.

–¿Semejantes a las coartadas que se fabrican en la vida real?

–En la real y en la íntima, donde también intentamos justificarnos. ¿Acaso no vivimos aventurándonos y pidiendo disculpas, desafiando y arrepintiéndonos? El personaje de Melanie es como el de la vida real. Melanie Klein era fiel a sus convicciones y se inmoló en defensa de sus teorías científicas. Recién al final de su vida –circunstancia en la que arranca la obra de Wright–, la duda sobre cómo murió su hijo la enfrenta al fracaso de su andamiaje teórico. Esa situación es tremenda y ella la encara analizando sus emociones en torno de la idea de la reparación. Demuestra fortaleza, inteligencia y coraje. Por eso no interesa mostrar quién tiene la culpa, sino cómo se afronta un hecho tan doloroso. Como padres y como hijos, todos cargamos con el sentimiento de culpa. Melanie podrá decir que no supo darle contención a su hijo, o que no estuvo junto a él, pero la raíz de lo sucedido seguirá estando en el pasado, en una infancia que fue dañada. Sabemos que analizó a sus propios hijos y que su hija Mellita polemizó ferozmente con ella y la mostró como victimaria.

–A pesar de esto, el autor se prende al humor...

–Que es humor negro. El personaje de Melanie tiene respuesta para cada interpelación de su hija. Desvía el camino de la discusión, expone sus razones y mantiene al espectador en vilo. La intención, también nuestra, es que el público se sienta jurado en una especie de juicio público. Trabajamos mucho con las actrices para darle color a la obra y creo que lo hemos logrado, porque además de ser buenas actrices, tienen un estilo diferente y sus personajes se expresan desde sus verdades. Pensemos que Melanie desafió con sus teorías y con su rol de profesional y madre. Esto no era fácil en los años ’30; tampoco hoy, a pesar de los cambios. La maternidad sigue siendo un obstáculo para las mujeres que se dedican con pasión a su trabajo. Las exposiciones de Melanie son brutales y las protestas de la hija que compone Fabiana García Lago son permanentes. Los sentimientos se mezclan con las palabras, y hay dolor y emoción contenidos, como sucede en el teatro inglés, un equilibrio que logra la actriz María Leal (Melanie). El personaje de Paula Heimann, que interpreta Laura López Moyano, es el de la observadora, especie de fiscal en este enfrentamiento.

–¿Qué le ofrece la dirección, tan frecuente dentro de su actividad?

–Hay algo muy creativo en la dirección. Exige una composición continuada, una tarea que se realiza día a día y en la que intento alejar ideas preconcebidas en torno de los personajes. Prefiero construirlos a medida que organizo el elenco y avanzo en los ensayos. Las fantasías demasiado definidas entorpecerían mi trabajo con el actor o la actriz, porque ellos quizá no puedan hacerlas realidad. Es un gran placer observar cómo la obra empieza a corporizarse, sobre todo porque mi anhelo es trabajar sobre personajes importantes. Prefiero decir extraordinarios, porque ellos alientan este deseo mío de saber hasta dónde sentimos que nos identifican y hasta qué punto pertenecen a un mundo que creemos extraño al nuestro. Lo importante es valorar lo extraordinario que hay en los otros y en uno y no darle valor a lo común.

–¿Se refiere a lo que hoy abunda en el teatro y supuestamente acerca?

–Sí, porque no apreciamos lo extraordinario que está más cerca de lo que creemos. Hay personas que han dado su tiempo, y en muchos casos su vida, por ser fieles a sus ideas. No tiene sentido identificarnos a través de lo insignificante. No lo tiene en la ficción ni en la vida. Lo insignificante lo conocemos. Mucho más interesante es saber hasta dónde podemos reunirnos en eso que llamamos extraordinario.

–¿Qué diría del “teatro de lo insignificante”?

–Que es producto de la vanidad del que se coloca en un nivel superior, y desde allí observa lo insignificante y decide darle una oportunidad. Hablo de esas historias mínimas, donde esa persona no se incluye. La mirada de esa gente es compasiva, como la del que piensa “no soy eso que estoy mostrando, pero lo cuento porque me despierta piedad”. Rechazo esas actitudes. Prefiero y necesito entender y compartir las ideas de los que aspiran a la grandeza, a los desafíos y a la voluntad de ser.

–¿Inciden en esa voluntad los referentes?

–Sí, y ojalá que siempre haya referentes. Los busco también en mi trabajo, donde me está yendo bien. Ceremonia de hombres solos, de Humberto Rivas, cumple su segunda temporada en Andamio 90; Café irlandés, donde hice la dramaturgia y dirijo, pasa del Centro Cultural San Martín al Teatro La Comedia; y estoy preparando, con muñecos, Príncipe y mendigo, de Mark Twain, una obra para todo público. Me interesan los trabajos en los que el autor revela una cosmogonía, una concepción personal del mundo que habita, de sus fenómenos y sus reglas. Un autor de esas dimensiones abre puertas, a nosotros y a sus personajes. Si hablamos de los personajes de La señora Klein, vemos cómo Nicholas Wright toma distancia de esos seres y nos ofrece una perspectiva distinta del callejón sin salida en el que se encuentran. Un camino distinto de la culpa, a esa condena que alimentan el odio y el fracaso, y esto es importante porque nos conecta con la vida y el arte y trasciende a los personajes y al psicoanálisis.

–Que Wright critica cuando traspasa límites.

–Pero el cuestionamiento es apenas un aspecto, lo fundamental es la admiración del autor por Melanie Klein, más allá de las contradicciones y fracasos de esta psicoanalista. Si no fuera así, estaríamos ante un estudio sobre el psicoanálisis, que si bien no ha perdido su aureola positiva, sigue siendo criticado. Mi opinión es que se mantiene porque nos hemos dado cuenta de que somos distintos, de que para unos representa un camino posible aunque otros lo crean destructivo. En La señora Klein, Wright se inclina por otros temas, por el riesgo que implica ser fiel a lo que se piensa y a los propios anhelos, y lo complicado que es sostenerlos en la vida cotidiana.

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“El material que ofrece Wright es tan poderoso y desafiante que invita a la aventura”, afirma Halac.
Imagen: Pablo Piovano
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