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Miércoles, 9 de marzo de 2016

TEATRO › CINTIA MIRAGLIA Y NATALIA VILLAMIL ESCRIBIERON LA OBRA DE TEATRO BORDES

Tres mujeres con monólogos intervenidos

Las protagonistas de la obra son una viuda, una amante y una esposa insomne, y todas están atadas a relaciones dolorosas, en plena crisis amorosa. Puede verse los jueves en El Extranjero, con las actuaciones de Leticia Torres, Mónica Driollet y Estela Garelli.

 Por María Daniela Yaccar

“Kartun dice que compartir imaginarios es promiscuidad”, cita Natalia Villamil. Serán promiscuas, entonces, ella y Cintia Miraglia, ya que escribieron Bordes a cuatro manos. Se trata de una obra de fuerte impronta femenina aunque “no feminista”, aclaran las autoras, en la que tres mujeres se ubican, precisamente, en una suerte de “borde emocional”: están atadas a relaciones dolorosas, que las martirizan y atraen. En plena crisis amorosa. Son una viuda, una amante y una esposa insomne, interpretadas con belleza y poesía por Leticia Torres, Mónica Driollet y Estela Garelli. Bordes se compone de monólogos conectados entre sí (las tres actrices están siempre en escena), que a su vez dialogan con la viola del compositor Daniel Quintás. Se presenta los jueves a las 21, en El Extranjero (Valentín Gómez 3378).

Miraglia es la directora. En principio tenía elegidas a las actrices y ciertas intuiciones respecto de la puesta. Había empezado con los ensayos y estaba “mareada” en relación con la dramaturgia. Por eso entró en escena Villamil. Se conocieron el año pasado, ya que juntas cursan la maestría en dramaturgia en la Universidad Nacional de las Artes, además de un taller con Ariel Farace. Villamil empezó a intervenir el texto, “a volar cosas”, mientras que Miraglia probaba los cambios con las intérpretes. Ambas pusieron su mirada en los tres monólogos. Contrariamente a lo que pensaban, escribir de a dos no les resultó tan complicado.

“La obra tenía un exceso de adjetivación y de poesía. La intervención de Natalia le dio claridad”, reconoce Miraglia. “Fue una grata sorpresa, porque es difícil trabajar con el imaginario de otro. Por momentos sentía que le estaba faltando el respeto a ella. Pero a veces en el arte funciona perderle el respeto a ciertas cosas”, completa Villamil, que también es psicóloga y trabaja en el Consejo Nacional de las Mujeres, atendiendo a víctimas de la violencia de género. En tres meses tenían el material terminado. Proyectan seguir trabajando juntas. “Sabíamos en lo que no queríamos caer”, dicen.

–¿En qué no querían caer?

Natalia Villamil: –En el monologo típico de mujeres que se quejan de ciertas situaciones costumbristas. Por eso el vuelo poético del material, más metafórico que ligado a la cotidianidad. Tampoco queríamos caer en “fulanita, menganita y zutanita”: las tres pueden ser la misma persona... o no. Tuvimos la intención de que los tres personajes no sean uno solo, pero que a su vez se unifiquen.

Cintia Miraglia: –Partimos de la idea de que iban a ser tres monólogos, pero no queríamos que funcionen de manera independiente, sino que estén intrincados. Les decimos “monólogos intervenidos”. Teníamos ganas de trabajar en un material que cruce tres historias que convivan en un mismo tiempo y espacio.

–¿Y la idea de incorporar un músico tuvo que ver con sumar una presencia masculina a un universo tan femenino?

C. M.: –La música es la voz masculina y omnipresente. Trabajamos mucho en cómo articular la voz del instrumento y las de las actrices, para que no sea musicalización sino contrapunto. La música opina, calla, pone con el arco el ritmo de la acción. Probamos con varios instrumentos y terminamos con el más obvio. Era el que más nos rendía. Además, teníamos la convicción de sumar una presencia masculina en la escena. Sin ella, la obra no sería la misma. Muchos hombres que vinieron dijeron, medio en joda, que tendríamos que hacer la “versión B” del espectáculo: con los hombres sobre los que estas mujeres hablan.

–¿A qué alude el título de la obra?

C. M.: –Apareció al inicio del proyecto. Cuando empezamos a pensar lo escenográfico, surgió la idea de que no haya un borde definido, sino un mismo espacio fracturado en tres. La palabra “bordes” estaba muy presente. Después apareció en relación a lo emocional: empleamos un procedimiento de actuación que llevaba a las actrices a decir que sobreactuaban. Yo iba corriéndolas al borde de una actuación que se entiende como sobreactuada. Insistí en que se quedaran tranquilas, en que íbamos a cuidar ese borde. Es una palabra que se empleó mucho y decidí que era representativa del proceso. Además, los personajes están en un borde emocional: ellas se ven obligadas a tomar una decisión, a seguir o abandonar lo que no están pudiendo soltar.

–¿Qué reflexiones creen que la obra habilita en relación al rol de la mujer en la sociedad?

N. V.: –Estamos pasando un momento histórico, social, respecto del femicidio. Una no puede hacer teatro alejado de la época, hay algo que nos va marcando. Pero no hay una bajada de línea en la obra, le encuentro resultados que aparecen sin querer. Por ejemplo, cuando la esposa fuma, pienso en el lugar del cigarrillo como metáfora de lo que el hombre considera vulgar en una mujer. Ahora no pasa nada con eso, quizás hoy es con el short corto... Me parece interesante que ella decida fumar, como metáfora. No buscábamos que quede claro el “Ahora te dejo, me reivindico, no soy más víctima”. De hecho, no sabemos si se separa, pero toma una decisión que le da un margen de acción.

C. M.: –Tomamos la decisión de no poner la culpa en el otro, de enfatizar en una mirada introspectiva. ¿Qué hizo que una mujer haya relegado su ser y su deseo de tener hijos, y se haya acostado durante tantas noches al lado de un hombre que le da la espalda y ronca? No pudo tomar una decisión. No pudo soltar. Es nuestro granito de arena para empezar a pensar desde el inconsciente colectivo lo que nos pasa como sociedad.

N. V.: –En Bordes no hay respuesta a esa pregunta que ella hace. Aunque hay mil desde lo emocional o psicológico, la obra apenas bordea eso, porque en ningún momento se cuenta históricamente dónde están ubicadas estas mujeres. No hay cuentito, sino una catarata descriptiva.

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“No se puede hacer teatro alejado de la época”, afirman Miraglia y Villamil.
Imagen: Bernardino Avila
 
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