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Lunes, 12 de septiembre de 2005

TEATRO › ENTREVISTA CON EL AUTOR Y DIRECTOR TEATRAL RAFAEL CURCI

“El títere es una gran metáfora”

Con el Grupo de Titiriteros del San Martín está presentando la obra El Caballero Vacilante... en el Teatro de la Ribera.

 Por Sebastian Ackerman

En una época en la que desde los escenarios del Teatro San Martín se mira al pasado (con Enrique IV y La resistible ascensión de Arturo Ui), el grupo de Titiriteros no se quedó atrás y presenta en el Teatro de la Ribera (Pedro de Mendoza 1821, los fines de semana a las 15.30) El Caballero Vacilante, la espada y el dragón, obra en la que reaparecen los títeres pupi, traídos desde el sur de Italia a principios del siglo XX a nuestro país. Rafael Curci, integrante del grupo y director de la obra, en diálogo con Página/12 explica: “Cuando un títere vive es porque hay alguien detrás que está simulando esa vida y es consciente de cómo la sostiene. Cada movimiento del títere es un pedacito de alma que el titiritero pone ahí. Tiene el encanto del muñeco que se mueve, con el que nosotros nos relacionamos de chicos con el juego, de esta cosa de que parece una persona pero no es, que puede tener una vida paralela a la nuestra o diferente. Es netamente simbólico”.
En un esfuerzo que demandó dos años de investigación, los Titiriteros del San Martín recrearon los modelos de los muñecos (de 90 centímetros de altura), su manipulación, los escenarios y la temática de las obras de los pupis, títeres surgidos en Italia a principios del siglo XIX, traídos a Argentina por los inmigrantes que llegaron a La Boca en los primeros años del siglo XX, donde hicieron sus primeras presentaciones, y también de donde desaparecieron cincuenta años después. Las obras originales (y también El Caballero Vacilante..., con el agregado de algunos personajes) tratan sobre historias de caballería en las que el emperador Carlomagno pelea contra las tropas sarracenas por el dominio de España. No es casual, entonces, que la obra se presente en el Teatro de la Ribera: “Yo pedí que sea en La Boca –cuenta Curci– porque era devolver a los pupis al lugar que los había recibido. Le dieron a La Boca una identidad característica en su momento, y a mí me pareció importante reintegrar a La Boca un acerbo propio cultural que se había gestado en ese barrio y que se perdió”.
Hacer un espectáculo con títeres es como trabajar con un alter ego; pero, a diferencia de la actuación, es un sujeto distinto a uno mismo. Curci explica que “una cosa es mover un títere y otra cosa es darle vida. El títere es una gran metáfora del hombre. Arriba del escenario está vivo, y esa convención la aceptan tanto los chicos como los grandes”. Y también pueden ser un movilizador de emociones, más en este caso de títeres que hace cincuenta años no subían al escenario. “Hay gente que vio los pupis originales y sale lagrimeando. Una mujer una vez mandó una caja de bombones y una nota que decía que ella había visto a los pupis cuando era chica. Cuando pasó por el teatro, vio que estaba la foto y entró con la nieta. Dijo que cuando se apagaron las luces y aparecieron Vacilante y Carlomagno casi se muere porque creía que nunca más iba a verlos en su vida. Salió llorando. Creo que ahí tiene sentido. O cuando los chicos se van cantando la canción de Vacilante; es cuando el esfuerzo cierra”.
Como la obra mantiene la temática original (con algunos ligeros cambios y la introducción de un nuevo héroe: el Caballero Vacilante), es entretenida “para todo público”. El autor afirma que tal vez un adulto entienda “algunas cosas más”, como el contexto histórico o un chiste, pero que los chicos se maravillan con los muñecos, el dragón o las peleas. “Si me divierte a mí, cuando estoy escribiendo una obra, cuando la estoy dirigiendo, estoy seguro que le va a gustar tanto a un chico como a un grande, porque creo que tengo los dos condimentos: tengo un poco de chico y un poco de grande”, confiesa.
En El Caballero Vacilante la misión que se le encomienda al Caballero parece excederlo, y sin embargo la cumple. Ese esfuerzo por lograr un objetivo genera cierta empatía con el público, sobre todo con los chicos, que ven en él a un héroe. Pero a veces se muestran situaciones difíciles que podrían angustiar a los chicos si no se trataran con cuidado. “Yo creo que el teatro infantil debe buscarle el corazón al chico, porque no está mal que se emocione –opina Curci–. O que se toquen temas difíciles siempre que estén planteados con mucho respeto y cuidado. Si son temas que pasan. El chico vive en un mundo de adultos, no lo podés meter en un frasquito de cristal porque le va a resultar perjudicial. Nosotros podemos acompañar ese crecimiento dándoles buenos elementos. Eso es el buen teatro.”
Para Curci, el teatro infantil hoy cumple un rol: la formación de espectadores, ya que, asegura, la atención que demanda una obra hace que el chico aprenda a escuchar. “El tipo que escucha está abierto, es más perceptivo, y está elaborando. Genera una tensión interesante, una atención, cosa que no es frecuente en los chicos. Escuchar genera tolerancia, genera una reflexión y una devolución a esa escucha. Eso, que es importantísimo, es lo que el teatro pide: que te sientes en una butaca, que escuches y veas la historia. Es importantísimo el rol del teatro en la formación de un chico porque estimula esas actividades”, remarca.

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Curci concibió una puesta que divierte tanto a chicos como a grandes.
 
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