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Sábado, 15 de octubre de 2005

TEATRO › CUTULI, PROTAGONISTA DE UNA OBRA DE FO

“Este autor es para reírse, pero sin dejar de pensar”

El Evangelio según Dario Fo, una adaptación de Mistero buffo realizada por Claudio Nadie, en el Teatro de la Ribera.

 Por Hilda Cabrera

No cree en eso del actor que deja su persona colgada en el perchero: “Cuando actúo soy yo jugando a hacer un personaje”, dice el actor Cutuli, conocido artísticamente por su apellido, así, a secas, sin sus nombres Eduardo Rodolfo. La certeza de que lo suyo es un juego le permite frecuentar con idéntica pasión obras dramáticas y humorísticas, y disfrutar sin culpa una cena de sabrosos tallarines luego de interpretar un papel trágico. Lo serio y lo divertido le pertenecen también ahora en sus composiciones de El Evangelio según Dario Fo, espectáculo dirigido por Claudio Nadie que se estrenó en el Teatro de la Ribera, sala del CTBA. “Claudio tomó de Mistero buffo los textos sobre el evangelio, hizo algunas adaptaciones y los enganches entre las juglarías, donde importan el ritmo y las rupturas, que son tajantes”, advierte. El actor participa de los segmentos El ciego y el lisiado y El loco bajo la cruz y de las escenas de conjunto. En esta obra destinada a quienes deseen “reír pensando” todos aportan. Cutuli y los actores David Di Nápoli, Luis Campos, Pyr Zenegam y Antonio Ugo. Jorge Merzari a través del diseño de luces, Alejandro Mateo con su escenografía, vestuario y máscaras y Aníbal Zorrilla con su música e interpretación en vivo. “Claudio opina que la moral que transmite El ciego y el lisiado es la más cristiana de todas las juglarías. Represento a dos personajes que se encuentran y convierten en uno. El lisiado se monta sobre el ciego: es el que pone los ojos, el otro, las piernas. El problema se les presenta cuando el santo milagrero decide curarlos. Fo escribe pensando en los actores, anticipa una situación y recién después la actúa. La transición de un personaje a otro es muy rápida, y eso también resulta gracioso. El loco no puede entender el deseo de muerte de Cristo y quiere salvarlo.”
Es que en las obras de Fo, los locos son razonables, “y ocurrentes”, como apunta Cutuli, quien debutó en teatro en 1975, en un ciclo de sainetes que se ofrecía en el teatro Bambalinas. Poco después, durante los años de la dictadura militar, trabajó en pubs, intentado monologar con humor hasta que en 1985 adhirió a Teatro Abierto y retornó así al teatro de texto. De entonces, recuerda el espectáculo itinerante que dirigió María Visconti para el ciclo: “Comenzaba en la Plaza de los Dos Congresos, donde se encuentra el mojón que marca el kilómetro 0 del país, y continuaba por Callao. Hacíamos paradas en una funeraria, un banco, un juzgado, la iglesia, una distribuidora de Disney (por Lavalle) y finalizábamos el recorrido en el Teatro del Picadero, en el ex Pasaje Rauch (incendiado en 1981 por un comando de extrema derecha)”. Había participado antes de otro periplo auspiciado por la Embajada de Francia. La obra en gira fue La escuela de las mujeres, de Molière. El elenco realizó funciones en estadios y en improvisados escenarios al aire libre de los poblados cordilleranos: “En aquella aventura bajé a la mina Aguilar, a 500 metros de profundidad y hasta sufrimos un accidente.”
Observador agudo, confiesa apropiarse de gestos y actitudes de quienes lo rodean. Le sirven para “armar el monstruito”, el personaje. Algo le aportaron sus trabajos extrateatrales de mozo, gomero, fiambrero y vendedor de flores. Sus monólogos políticos en La revista del Maipo, espectáculo de 1995, lo mostró en otra de sus facetas más queridas. Recuerda que uno fue escrito por Jorge Schussheim y otro por su mujer Eleonora Cambre. En 2002 participó en el musical Historia de varieté, sobre textos de Roberto Cossa y otros de Gogó Andreu, gloria de la revista porteña. Guarda como un tesoro el regalo de una grabación hecha por su amigo Topo con las voces de Luis Arata, Santiago Gómez Cou y muchos otros, tomadas de monólogos y recitados en programas radiales. De su paso por el teatro Babilonia rescata los trabajos con Batato Barea y Cambre durante un ciclo de experimentación y su contribución a Fragmentos de una Herótica (así, con h), que en 1992 dirigió Javier Margulis. Entonces Cutuli lucía sus rutinas como presentador del naïf club. Los monólogos políticos constituyeron su gran métier en la década del ’80. Uno de estos elaborado sobre la famosa frase que el ex presidente Raúl Alfonsín pronunció desde el balcón de la Casa Rosada el 19 de abril de 1987, domingo de Pascua, después de un encuentro con el carapintada Aldo Rico en Campo de Mayo. Aquella frase, “La casa está en orden”, se convirtió para Cutuli en “La casa está en venta”. Así decía, circulando, insistente, por los bares de la avenida Corrientes. “Me echaban de todos”, apunta. Por esa época integraba el grupo de Claudio Nadie, La Víbora Amarilla, y el elenco de Tangogro, creación de Nadie. Con su travesura de monologuista por los bares de La Paz, La Giralda y Azul, arribó al hall del Teatro San Martín, donde –cuenta– se tiraba al piso y gritaba: “Kive, cuándo me vas a llamar para trabajar en la catedral. Entonces venían los de seguridad y me sacaban a la rastra”. Testigos de esas andanzas eran, entre otros, los actores Jorge Mayor, Hugo Soto, Aldo Braga y Horacio Peña. “Ellos me apoyaban, y mi deseo se cumplió. Trabajé y trabajo en la catedral y en las salas del complejo. Hice obras de Brecht, Calderón de la Barca, Oscar Viale, Valle Inclán y ahora Dario Fo. Destrocé a todos los clásicos.”

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Cutuli, como se presenta. Sin su nombre de pila.
 
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